Editorial de Gestión. No se trata de un desplome repentino, marcado por algún evento puntual, sino que es la continuación de una tendencia a la baja.
Editorial de Gestión. No se trata de un desplome repentino, marcado por algún evento puntual, sino que es la continuación de una tendencia a la baja.

CONFIANZA. El presidente Pedro Castillo parece vivir en una realidad paralela en la que gobernar equivale a pronunciar arengas a favor del “pueblo” y proseguir con esos shows itinerantes mal llamados “Consejos de Ministros Descentralizados” –en los que se promete de todo y se culpa a otros de los errores propios–. Pero para manejar un país de manera aceptable, o por lo menos no seguir arrastrándolo al abismo, hace falta mucho más que discursos y giras al estilo de campaña electoral. Y la población percibe esa falta de rumbo.

Las encuestas e indicadores han estado mostrando un continuo deterioro de la confianza y las expectativas de la ciudadanía, pero en meses recientes, el descontento ha empeorado. Es el caso del Índice de Confianza del Consumidor (Indicca), que elaboran mensualmente Apoyo Consultoría e Ipsos, que mide el nivel de optimismo de los consumidores de Lima Metropolitana sobre el estado actual y futuro de la economía (nacional y personal). El correspondiente a junio se situó en 32 puntos, lo que refleja un elevado nivel de pesimismo, aunque lo más saltante (e inquietante) es que es el más bajo de los últimos 18 años.

No se trata de un desplome repentino, marcado por algún evento puntual, sino que es la continuación de una tendencia a la baja –en febrero, el Indicca se ubicó en 40 puntos y en marzo cayó cinco–. Para hacerse una idea de la situación económica de las familias en Lima Metropolitana, ni siquiera durante las últimas calamidades globales el índice había sido tan bajo: ni con la crisis financiera del 2008 ni tampoco con los momentos más duros de la pandemia (2020). Las cifras oficiales muestran que en el interior del país las familias la están pasando igual de mal, o incluso peor.

Los factores que explican dicha tendencia son la precarización del empleo (crece la informalidad, bajan los ingresos), el fuerte incremento del costo de vida (por la inflación) y la falta de una respuesta efectiva del Gobierno. Por ejemplo, para hacer frente al encarecimiento de combustibles y alimentos básicos, se optó por exonerar impuestos –con la ayuda del Congreso, siempre listo para meter la pata–, pese a las advertencias de que esa solución era costosa y poco efectiva. El MEF acaba de decir que dará marcha atrás.

El desaliento no es exclusivo de los consumidores, pues las empresas tienen pésimas expectativas, sobre todo para la situación de la economía, de sus negocios, contratación de personal e inversiones para el muy corto plazo (tres meses), según las encuestas mensuales del BCR. ¿Habremos tocado fondo?

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