
Inflación fuera del rango meta (entre 1% y 3%). Camisea con el suministro interrumpido durante toda la primera quincena de marzo. Factores climáticos presionando alimentos. Petróleo al alza por el conflicto en Medio Oriente. Y, además, la incertidumbre del resultado de una segunda vuelta presidencial que terminaría con menos de 60 mil votos de diferencia sobre 18 millones válidos y un conteo oficial que se prolonga por semanas.
Con ese cóctel, cualquier inversionista razonable habría esperado que prestarle dinero al Estado peruano se volviera más caro; que quienes compran deuda del gobierno exigieran una mayor compensación por el riesgo; y que las tasas subieran. Sin embargo, nada de esto ocurrió.
Los datos no pintaban nada bien. En mayo, la inflación llegó a 3.9%, una cifra por encima del límite que el Banco Central considera aceptable. Pero el número que realmente inquieta es otro: la inflación subyacente, que excluye los precios más volátiles como alimentos y energía, y que permite ver la tendencia de fondo, también rompió ese techo y llegó a 4.4%. Cuando hasta el termómetro más estable empieza a marcar fiebre, la pregunta deja de ser cuánto dura el malestar y pasa a ser si el paciente tiene algo más serio.
Por otro lado, el resto del mundo tampoco ayudaba. El bono del Tesoro americano a 30 años superó el 5.0% en mayo, su nivel más alto desde el 2007. Para ponerlo en contexto: ese es el instrumento que el mundo entero usa como referencia de lo “seguro”, y hoy está pagando más que en casi dos décadas. Cuando al activo más seguro del planeta se le exige una mayor tasa, todo lo demás debería moverse en esa dirección.
Y, sin embargo, el bono peruano a 10 años se mantuvo relativamente tranquilo, alrededor del 6%. Hoy ese número empieza a lucir bien: con la inflación convergiendo de regreso al rango meta en los próximos trimestres, según proyecta el propio Banco Central, ese 6% representa un retorno real positivo y sostenible, mejor que el que ofrecen la mayoría de alternativas en países desarrollados que acumulan deudas cada vez más difíciles de justificar.
¿Por qué? Porque, debajo del ruido, los cimientos aguantan. La deuda pública se mantiene en 30%, menos de la mitad del promedio de economías similares en el mundo, que ronda el 70%. El país exporta más de lo que importa. El cobre sigue siendo un ancla. Y el Banco Central ha hecho su trabajo sin sorpresas ni improvisaciones. En ese contexto, ese 6% se ve aún mucho más atractivo.
Perú no es un país sin problemas. Es un país donde los problemas todavía no rompen el marco. Y en el ciclo electoral más fragmentado de su historia reciente, con más de 30 candidatos y ninguno superando el 17% de los votos, la deuda soberana no se desordenó. No es suerte. Es la huella de una economía que, con todo y sus “traspiés”, sus gabinetes que duran tres semanas y su ruido político permanente, sigue siendo predecible donde más importa.
En un mundo donde hasta el bono americano “perdió” su condición de ancla universal, eso no es poco. La estabilidad se ha vuelto escasa. Y lo que es escaso, tarde o temprano, tiene precio.
Carlo León es gerente de Renta Fija en Prima AFP.
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.







