
Escribe: José Ricardo Stok, profesor emérito del PAD
Muchas empresas se ufanan de tener una sólida cultura, inspiradora, y, sin embargo, cuando se les pregunta a los ejecutivos, suelen señalar cosas variadas; a veces, no coherentes e incluso, contradictorias.
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La misma definición ya representa un problema; el diccionario no nos ayuda, ya que la señala como “desarrollo intelectual”.

En el ámbito empresarial, se la identifica como un elemento motivador, inspirador y hasta integrador. Así, por ejemplo, se dice que si los trabajadores no se adaptan a la cultura de la empresa estarán desmotivados, fuera de sitio; pero si lo hacen, serán reconocidos y valorados. Con este limitado (y equivocado concepto) no son pocas las empresas que se abocan a desarrollar actividades que creen y difundan cultura en la misma: organizan actividades lúdicas, deportivas, y confunden cultura con pasar unos buenos ratos, “integrarse”. Otros llegan a decir que es necesario que los empleados se “diviertan” en la oficina, que organicen festejos, que se expresen libremente, etc. La empresa no es ni debería ser un circo…
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Levantando el punto de mira, algunos declaran que su cultura se apoya en valores como honestidad, integridad, respeto. Como bien señala Erin Myer: “Es un grave error creer que la cultura deba enfocarse en valores absolutos en abstracto, como los mencionados. No hay empresa que afirme lo contrario”. Aunque, como diría María Elena Walsh: “En el reino del revés, nada el pájaro y vuela el pez”.
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No obstante, en toda empresa hay una cierta cultura, sea definida, tácita o incluso desconocida. Algunas serán muy precisas; otras, anodinas, cual zombis… Como todo individuo tiene una personalidad (aunque no sepa identificarla o expresarla), podríamos decir que la cultura en las empresas es su personalidad y se manifiesta en su comportamiento. Y así como cada individuo en un grupo es diferente a los demás, también la cultura del grupo influirá en la conducta de los individuos.
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La palabra clave es comportamiento. Como muchas veces, la referencia a la familia nos ilustrará. En toda familia hay una personalidad: una manera en la que se obra o se tratan las cuestiones (“en esta casa, esto se hace así”), cómo se comportan sus integrantes. Y eso tiene una fuerza arrolladora.
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Meyer sostiene que es en los dilemas que se plantean en las empresas donde se puede identificar o construir su cultura, pero también advierte que comportamientos diversos ante los problemas pueden llegar a confundir y destruir lo armado. Por eso, se entiende bien la célebre afirmación atribuida a Peter Drucker: “la cultura se come la estrategia en el desayuno”.
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Me parece muy importante destacar que, como en las familias, los fundadores son los verdaderos creadores de cultura en una organización; los sucesores la ampliarán o explicitarán; si la cambian radicalmente, habrán mutado la empresa.

Profesor emérito del PAD, Escuela de Dirección de la Universidad de Piura.






