
Asesora política de la Embajada de Finlandia y docente de la Facultad de Educación de la UPC
En respuesta a la pandemia de COVID-19 en curso, países de todo el mundo han tomado medidas sin precedentes en un esfuerzo por prevenir y contener la propagación del virus. Algunas de estas medidas de contención han incluido cierres de escuelas y servicios de cuidado infantil, pautas para el distanciamiento físico, cierre de negocios no esenciales y suspensión de servicios y programas comunitarios y recreativos.
Estas interrupciones en la vida cotidiana significan que muchos niños pequeños están en casa sin poder asistir a la educación y el cuidado de la primera infancia y, por lo tanto, ahora dependen completamente de sus familiares para que los cuiden y satisfagan todas sus necesidades de desarrollo (físicas, emocionales, sociales y cognitivas).
Esta carga adicional sobre las familias para equilibrar el cuidado de los niños y las responsabilidades laborales, agravada por la inestabilidad económica y el aislamiento social en muchos casos, es un terreno fértil para entornos domésticos caracterizados por estrés tóxico.
El 90 % del cerebro se desarrolla durante la primera infancia
El cerebro de los niños está condicionado tanto por sus genes como por su entorno. La forma en que crece el cerebro está fuertemente influenciada por lo que sucede en el entorno del niño y sus interacciones con las personas que lo rodean.
Los bebés nacen listos para aprender, y alrededor del 90% del desarrollo del cerebro ocurre en los primeros cinco años de vida. Las vías de visión y audición son las primeras en desarrollarse, seguidas de las habilidades lingüísticas tempranas y de las funciones cognitivas superiores. El vocabulario de un niño a menudo se cuadruplica entre los dos y los cuatro años.
Estas conexiones se vuelven más complejas con el tiempo a medida que los niños crecen, e influir en el desarrollo del cerebro para crear conductas de aprendizaje positivas desde una edad temprana es mucho más fácil que intentar remediar el daño más tarde.
El desarrollo óptimo del cerebro requiere un entorno estimulante y enriquecedor, una nutrición adecuada, así como oportunidades de aprendizaje e interacción social con cuidadores atentos. En el contexto actual de la pandemia, el acceso a estas oportunidades se ha visto gravemente restringido, comprometiendo la trayectoria de desarrollo saludable de muchos niños.
Las condiciones inseguras, las interacciones negativas y la falta de oportunidades educativas durante los primeros años pueden conducir a resultados irreversibles, que pueden afectar el potencial de un niño por el resto de su vida.
La educación infantil temprana forma la base del aprendizaje a lo largo de la vida
Al hablar del “aprendizaje a lo largo de la vida” como un objetivo de la política educativa para mejorar la productividad y llegar a desarrollar sociedades del conocimiento, es importante tener en cuenta, que los cimientos para un aprendizaje autónomo se construyen en la primera infancia.
El entorno de un niño y sus experiencias en los primeros años establecen los componentes básicos para el aprendizaje en el futuro, incluida la preparación para la escuela. Las investigaciones muestran que los niños que participan en programas preescolares de calidad tienen más probabilidades de llegar a la escuela equipados con las habilidades sociales, cognitivas y emocionales que necesitan para ayudarlos a continuar aprendiendo.
Además de conducir a un mayor éxito educativo, la participación en una educación infantil de calidad se ha relacionado también con mayores tasas de empleo y con mejores habilidades sociales para una vida en comunidad. Finalmente, la atención en la primera infancia puede corregir o reforzar las desigualdades sociales.
Según el famoso estudio Perry realizado por el profesor James Heckman, resulta 17 veces más económico para la sociedad invertir en educación preescolar que atender problemas posteriores (policía, sistema judicial, cárceles, rehabilitación, subsidios, atención psicológica etc.). Por ende, ninguna sociedad debería olvidarse de la importancia de los primeros años – incluso en un momento de crisis como el que estamos viviendo. Invertir en los primeros años es invertir en la seguridad, en la productividad, en la innovación y en la cohesión social – con la mayor tasa interna de retorno posible.
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