
Es necesario que el hombre de marketing sepa descubrir cuándo el deseo se vuelve una necesidad. Por ejemplo, el deseo es el anhelo de poseer algo. Por tanto, es una fuerza impulsora, caprichosa, asfixiante, progresiva, que hace que cuando el usuario y/o cliente satisface uno aparezcan dos o tres más. Por ejemplo, la necesidad de ser comprendido. Quienes eligen su servicio necesitan sentir que se están comunicando en forma efectiva; esto significa que deben interpretarse correctamente los mensajes que envían. Las emociones o barreras del lenguaje pueden interponerse e impedir una comprensión adecuada.
También existe la necesidad de ser bien recibido. Ninguna persona que esté tratando con alguien que ofrezca un producto o servicio y se sienta como una extraña o maltratada regresará. La gente necesita sentir que le agrada su presencia.
Asimismo, existe la necesidad de sentirse importante. El ego y la autoestima son poderosas necesidades humanas que, por lo general, son mal tratadas o ignoradas. La mente de los clientes es uno de los aspectos más difíciles de manejar en el servicio; los consumidores sienten entusiasmo por los productos y/o servicios que les permiten cambiar la identidad a su antojo.
Más aún, estamos expuestos al ataque publicitario que nos produce una conmoción interna. Por ejemplo, la saturación de marcas incrementa esta situación y la gente toma sus decisiones según su estado de ánimo y, en algunos casos, prefiere tener a alguien que les elija el producto y/o servicio, porque lo que prefieren es contar con la tranquilidad y seguridad de haber tomado la decisión correcta.
El eje central de las actividades de su propia empresa es uno mismo. Es decir, el que dirige la organización, es el protagonista del servicio y, por tanto, el principal responsable de su creación y ejecución, además de mejorar las oportunidades del progreso y desarrollo de su empresa.
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