
Desde la crisis de los misiles cubanos de 1962, Estados Unidos no había tenido tanto poder sobre el destino de Cuba. Al hacerse con el control de la distribución del petróleo venezolano tras la captura de Nicolás Maduro, el dictador de ese país, Estados Unidos ha aislado a Cuba de su último proveedor energético fiable.
La amenaza de nuevos aranceles ha impedido que otros países amigos, como México, intervengan. Muchos países que empleaban a médicos cubanos y pagaban directamente al régimen por sus servicios han sido intimidados para que los envíen de vuelta, lo cual corta una valiosa fuente de divisas.
El 16 de marzo se produjo un apagón en toda Cuba por cuarta vez en cinco meses. Las protestas van en aumento. La temperatura aumenta. No es la primera vez que el objetivo de una campaña de presión estadounidense no está claro. “Creo que tendré... el honor de tomar Cuba”, dijo Donald Trump el 16 de marzo. “Ya sea que la libere o la tome, creo que puedo hacer lo que quiera con ella”.
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Marco Rubio, su secretario de Estado cubano-estadounidense, es más diplomático, pero igual de opaco. “El ‘statu quo’ de Cuba es inaceptable”, dijo el 25 de febrero, tras reunirse con funcionarios del régimen en San Cristóbal y Nieves. “Cuba necesita cambiar… y no tiene que cambiar de golpe”.
¿Quién sabe qué significa esto? Lo que está claro es que el régimen se ha visto obligado a negociar. El 13 de marzo, Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, admitió públicamente haber hablado con los estadounidenses. Parece que se está gestando un acuerdo, con base en el arreglo que el gobierno de Trump acordó con el régimen de Venezuela.
Los estadounidenses han estado permitiendo el envío de combustible a Cuba desde mediados de febrero, pero solo a través del sector privado. En virtud del acuerdo, este arreglo se ampliaría. El país se abriría a la inversión estadounidense, particularmente en el sector energético. Se liberaría a los presos políticos y se permitiría el regreso de los exiliados, no solo como turistas, sino como empresarios.

Fundamentalmente, parece probable que la familia Castro y la mayoría de las figuras del régimen que la rodean se mantengan en el poder. Entre los cubanos en San Cristóbal se encontraban el sobrino y el sobrino nieto de Fidel. Díaz-Canel tiene poco poder real, pero bien podría terminar siendo destituido para satisfacer a Trump y proteger a los Castro.
Es notable que un régimen comunista haya logrado sobrevivir durante 67 años con la nación más poderosa del mundo, a solo unos 160 kilómetros de distancia, empeñada en su destrucción. Para lograrlo, el régimen ha incumplido de manera regular acuerdos como el que está considerando Trump.
Muchos de los que se preocupan por Cuba, en particular los cubanoestadounidenses en Estados Unidos, se oponen a cualquier acuerdo que no implique la salida de la red de los Castro de la isla y el fin del régimen.
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Sin embargo, tras seis décadas de gobierno de partido único, el régimen está demasiado arraigado como para ser derrocado de un plumazo. En cambio, Trump y Rubio están en condiciones de negociar una apertura que, con el tiempo, podría conducir a la propia desaparición del régimen.
Los estadounidenses deberían hacer cumplir las normas en una medida mucho mayor de lo que lo han hecho en el pasado. Si el régimen comienza a utilizar petroleros de la flota en la sombra para importar combustible, eludiendo al sector privado, Estados Unidos podría confiscarlos. Si la liberación de presos políticos se estanca, el suministro de petróleo también podría estancarse. Las sanciones se mantendrían, y se utilizarían licencias para permitir la inversión en Cuba.
Si se ayuda al sector privado a crecer más rápido que la economía controlada por el Estado, el margen de maniobra del régimen para ejercer control seguramente se reducirá. Con el tiempo, Estados Unidos debería exigir también una liberalización política. Llegar a un acuerdo podría permitir que el régimen se aferrara al poder. No obstante, las alternativas son peores.
Si Trump pone fin a su bloqueo sin nada que mostrar a cambio, el régimen podría salir fortalecido. Seguir ejerciendo presión con la esperanza de desencadenar protestas que derroquen al régimen podría no funcionar. Los cubanos han mostrado poco interés en desafiar a sus líderes en los últimos años, pues prefieren simplemente abandonar el país.
Un bloqueo prolongado corre el riesgo de crear una crisis humanitaria a las puertas de Estados Unidos. Eso sería negativo para los cubanos y para Estados Unidos, y corre el riesgo de poner a Cuba aún más en la bandeja de plata de China y Rusia.
Trump cree de manera errónea que puede dirigir el hemisferio occidental solo mediante la agresión. En lo que respecta a Cuba, tiene la oportunidad de hacer lo que cree que hace mejor: llegar a un acuerdo. Luego debería cumplirlo.









