El crecimiento económico de India no ha sido impulsado por un boom manufacturero clásico, sino en un sector servicios sofisticado, donde conviven centros de datos, servicios financieros, consultorías globales y un ecosistema tecnológico que ha sabido prosperar en medio de las turbulencias internacionales.
El crecimiento económico de India no ha sido impulsado por un boom manufacturero clásico, sino en un sector servicios sofisticado, donde conviven centros de datos, servicios financieros, consultorías globales y un ecosistema tecnológico que ha sabido prosperar en medio de las turbulencias internacionales.

Opinión.- Durante años, el mapa económico mundial giró alrededor de los mismos puntos cardinales: Estados Unidos, Europa y, más recientemente, . El debate parecía condenado a moverse dentro de ese triángulo, como si no existieran otros polos capaces de alterar el equilibrio global. Sin embargo, mientras las grandes potencias intentaban resolver sus propios problemas —deuda, estancamiento, envejecimiento—, una economía aceleraba silenciosamente, sin hacer demasiado ruido, hasta volverse imposible de ignorar..

Su ascenso no solo reordena el tablero mundial; también abre una ventana de oportunidad para regiones que necesitan diversificar sus estrategias de inserción internacional. América Latina, en particular, tiene ante sí un socio potencial que puede abrir nuevos caminos en un contexto global cada vez más fragmentado.

Rafael Pampillón, profesor de Economía del IE Business School.
Rafael Pampillón, profesor de Economía del IE Business School.

La historia reciente ayuda a comprender por qué India se ha vuelto tan relevante. Mientras Japón, la economía a la que está a punto de superar, apenas crece alrededor del 1%, lleva años moviéndose a un ritmo cercano al 7% anual, y las previsiones apuntan a que lo sostendrá. Lo extraordinario es que no lo hace impulsada por un boom manufacturero clásico, sino en un sector servicios sofisticado, donde conviven centros de datos, servicios financieros, consultorías globales y un ecosistema tecnológico que ha sabido prosperar en medio de las turbulencias internacionales.

Pero más allá del dinamismo económico, India juega con una ventaja difícil de replicar: la escala. Con más de 1.400 millones de habitantes, cualquier innovación, avance productivo o aumento de la demanda interna tiene una magnitud continental. Esa magnitud funciona como un blindaje frente a los vaivenes externos: cuando el comercio mundial se ralentiza, su impresionante mercado doméstico sostiene el crecimiento.

Esta diferencia resulta clave frente a Europa o Japón, cuyas poblaciones envejecen. India, en cambio, es joven, urbana, con un sistema político democrático y angloparlante.

Esta diferencia resulta clave frente a Europa o Japón, cuyas poblaciones envejecen. India, en cambio, es joven, urbana, con un sistema político democrático y angloparlante. (Foto: Pixabay)
Esta diferencia resulta clave frente a Europa o Japón, cuyas poblaciones envejecen. India, en cambio, es joven, urbana, con un sistema político democrático y angloparlante. (Foto: Pixabay)
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Diversificar: una lección para América Latina

Este escenario adquiere especial relevancia para América Latina, una región que en las últimas dos décadas apostó casi todo al mismo socio: China. Esa relación, sin duda, permitió a América Latina aprovechar el ciclo alcista de las materias primas, pero dejó al continente expuesto a una dependencia que hoy genera vulnerabilidad.

India aparece, entonces, no como sustituto, sino como contrapeso, como un destino alternativo que permite diversificar geográficamente sus exportaciones y reducir riesgos.

Las afinidades no terminan ahí. Pese a la distancia geográfica, India y América Latina comparten desafíos estructurales: economías grandes pero desiguales, infraestructuras que requieren modernización y la aspiración de crecer sin perder autonomía política. Esa coincidencia de trayectorias crea un terreno fértil para vínculos más profundos.

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Oportunidades para América Latina

Y las oportunidades, vistas desde la región, tienen nombres concretos. La primera, inevitable, es la alimentación. India necesita importar aceites vegetales, legumbres, frutas, carne procesada y otros productos agroindustriales. Es una demanda estructural, no coyuntural. América Latina, con su capacidad de producción y su competitividad, puede situarse como proveedor estratégico de una clase media india que crece a gran velocidad.

La segunda oportunidad se abre en sectores vinculados a la transición energética. El litio, del que la región posee algunas de las mayores reservas mundiales, se ha vuelto pieza crítica en la electrificación del transporte. India, en plena expansión de su sector automotriz eléctrico y de servicios tecnológicos necesita asegurar suministros estables.

Incluso el turismo podría convertirse en un sector atractivo. A medida que la renta per cápita india aumenta, también lo hace el número de viajeros internacionales. Hoy, Europa y el sudeste asiático absorben la mayor parte, pero nada impide a América Latina posicionarse como destino emergente si trabaja en conectividad y promoción.

No obstante, sería ingenuo imaginar que el desembarco en India será sencillo. El país sigue marcado por un proteccionismo selectivo y un entramado regulatorio que puede desconcertar incluso a empresas experimentadas. Exportar a India requiere paciencia.

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El auge indio también se explica desde la política. El Estado ha invertido de forma masiva en infraestructuras —puertos, carreteras, ferrocarriles— y, quizá más importante aún, en arquitectura digital: identidad biométrica, pagos electrónicos instantáneos, plataformas gubernamentales simplificadas. Es un salto silencioso, pero transformador.

En este escenario, América Latina tiene la oportunidad de mirar hacia Nueva Delhi con una estrategia más clara. No se trata solo de vender más productos, sino de construir una relación estable, de largo plazo, que combine comercio, inversión y cooperación tecnológica. La diplomacia económica y los acuerdos bilaterales pueden desempeñar un papel decisivo.

India no solucionará los problemas estructurales de América Latina. Pero sí puede ayudar a equilibrar dependencias, ampliar mercados y ofrecer una alternativa en un mundo donde la globalización se está fragmentando. Y en ese nuevo mapa, mirar hacia India no es una moda pasajera: es una decisión estratégica cuyo momento parece haber llegado.

*Por: Rafael Pampillón, profesor de Economía del IE Business School.

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