
Escribe: Alejandro Deustua, internacionalista
El año se inicia con la posibilidad de que la guerra provocada por la invasión rusa a Ucrania concluya con un acuerdo de paz, según los presidentes Trump y Zelensky. La probabilidad de que ello ocurra es alta, se ha dicho.
Sin embargo, el progreso sobre los elementos de un acuerdo para discutirse con Rusia (y con los países europeos) no parece aún real. En efecto, si aspectos sustanciales de ese acuerdo no han sido precisados (p. ej., los territorios ucranianos que serían cedidos, la consulta ciudadana requerida, las garantías de seguridad creíbles que deben prestar europeos y norteamericanos), debe suponerse que el avance es bastante menor. En cambio, las premisas del mismo sí parecen clarificarse: Ucrania perdería la guerra, Rusia lograría buena parte de sus objetivos territoriales y Europa confirmará que sus fronteras orientales estarán bajo presión a ser militarmente contenidas.
Ello implica que, si bien la violencia del conflicto actual sería neutralizada, la inestabilidad en el corazón de Occidente se mantendrá. Una manera de disminuirla sería el fortalecimiento de los países europeos, la recuperación de Ucrania, su integración a la Unión Europea (no a la OTAN, opción ya descartada) y la renovación de la interacción funcional de Rusia con Europa. Estos factores son, sin embargo, difícilmente ponderables a la luz de las reparaciones de guerra exigibles y de las cargas de la reconstrucción ucraniana.
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La magnitud de recursos europeos para afrontar este nuevo horizonte será extraordinaria, especialmente si Estados Unidos ya derivó la mayor responsabilidad económica y de seguridad a Europa, la cual deberá incrementar sustancialmente sus gastos de defensa, mientras la primera potencia se resarce en Ucrania explotando, bajo contrato, tierras raras.

Además, la Unión Europea deberá dedicar recursos adicionales al fortalecimiento de su competitividad y a perfeccionar el mercado interno, en medio de fuertes presiones nacionalistas, mientras las economías nacionales se recuperan y procuran superar obstáculos a su muy bajo crecimiento. Por lo demás, la diversificación de su comercio exterior, luego del shock arancelario impuesto por Estados Unidos, es hoy obstaculizada por requerimientos sectoriales internos (p. ej., el agropecuario en el caso del moroso acuerdo con el Mercosur) y por aquellos provenientes de su relación con China.
En este marco, las posibilidades de que el Perú se vea afectado por ese proceso no son menores. El peligro mayor es nuestra pérdida de arraigo occidental, si un pilar civilizacional se debilita y se incrementa el costo del cambio en el sistema internacional. Otro riesgo, más concreto, es un eventual deterioro de la demanda de importaciones por parte de nuestro tercer socio comercial. Ello disminuiría los términos del intercambio, esenciales para nuestro crecimiento.
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Teniendo en cuenta la erosión esperada del dinamismo del comercio internacional, es necesario asegurar el acceso a los mercados europeos, diversificar las exportaciones y reafirmar nuestra identidad occidental.









