
Escribe: José Deustua, especialista en innovación y startups
Con el inicio de un nuevo año se renueva, al menos en el papel, el compromiso de muchas organizaciones por lanzar nuevos negocios. Los planes estratégicos aprobados en los directorios de fin de año suelen incluir capítulos ambiciosos sobre diversificación, innovación y crecimiento. Sin embargo, la distancia entre esa intención y la creación efectiva de nuevos motores de ingresos sigue siendo considerable. El 2026 no será la excepción, salvo para aquellas empresas que entiendan que el contexto ya no admite aproximaciones tibias ni iniciativas simbólicas.
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Este año se perfila como uno de definición. No tanto por la aparición de tecnologías radicalmente nuevas, sino por la consolidación de tendencias que ya vienen reconfigurando industrias completas y que, ahora sí, empiezan a impactar procesos críticos y decisiones de negocio.

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La primera de ellas es la inteligencia artificial. Si los últimos años fueron los de la introducción, 2026 será recordado como el año de la consolidación y masificación de su uso. Las soluciones han madurado, los costos de adopción se han reducido y la curva de aprendizaje es cada vez menos empinada. Más importante aún: la IA está dejando de ser un experimento aislado para convertirse en un componente estructural de operaciones clave —desde pricing y riesgo, hasta logística, mantenimiento, atención al cliente y toma de decisiones gerenciales. Las empresas que este año no integren IA de manera tangible en sus procesos centrales no solo perderán eficiencia; quedarán estratégicamente relegadas frente a competidores más ágiles y mejor informados.
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La segunda tendencia relevante sigue siendo el avance del ecosistema fintech. En 2026 veremos una mayor oferta de soluciones financieras, impulsada por el ingreso de actores internacionales. A ello se le debería sumar un hito largamente esperado: la implementación efectiva del sandbox regulatorio, que debería facilitar el lanzamiento controlado de nuevas propuestas, reduciendo fricciones y tiempos de salida al mercado. En paralelo, el desarrollo de la plataforma nacional de pagos instantáneos del Banco Central de Reserva del Perú abre la puerta a una nueva ola de productos y servicios, especialmente en pagos, inclusión financiera y eficiencia transaccional. El mensaje es claro: habrá más espacio para innovar, pero también mayor presión competitiva.
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Un tercer vector lo marca el ciclo de precios de los minerales. Los niveles altos y relativamente estables continúan incentivando inversiones en nuevos proyectos, ampliaciones y, sobre todo, optimización de procesos. Esto no solo impacta a la minería tradicional, sino a toda su cadena de valor: tecnologías de eficiencia operativa, automatización, analítica avanzada, mantenimiento predictivo y soluciones que permitan extraer más valor de activos existentes. En este contexto, los nuevos negocios no necesariamente pasan por descubrir yacimientos, sino por hacer más inteligente y eficiente la operación.
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Finalmente, los temas ambientales dejan de ser un eje principalmente reputacional para consolidarse como una variable económica de primer orden. La presión regulatoria, las exigencias de inversionistas y clientes, y la propia escasez de recursos están acelerando la demanda por soluciones que reduzcan huella ambiental y promuevan un uso más circular de los recursos. En 2026, la sostenibilidad dejará de ser un “plus” para convertirse en un diferenciador real de mercado.
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Frente a este panorama, la pregunta clave no es qué tendencias observar, sino qué hacer como organización. La respuesta incómoda es que las ideas, por sí solas, ya no alcanzan. Identificar oportunidades es relativamente sencillo; capturarlas requiere capacidades que muchas empresas aún no han desarrollado. Se necesita un equipo con mandato claro, habilidades complementarias y autonomía real para ejecutar. Y, sobre todo, se necesita un proceso estructurado pero ágil, que permita evaluar, priorizar y lanzar nuevas iniciativas sin quedar atrapado en ciclos interminables de aprobación.
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Responder con velocidad a estas oportunidades implica repensar cómo se toman decisiones, cómo se asignan recursos y cómo se mide el avance. Implica aceptar que no todos los proyectos nacerán grandes, pero que los aprendizajes deben ser rápidos y accionables. Y, quizás lo más desafiante, implica confiar más en las personas encargadas de llevar estas apuestas a la práctica.
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El 2026 no debería ser otro año más de discursos sobre innovación, sino uno de ejecución disciplinada. Las empresas que logren traducir estas tendencias en nuevos negocios concretos no serán necesariamente las más grandes ni las más sofisticadas, sino aquellas que hayan entendido que crecer hoy exige algo más que planificación: exige capacidades organizacionales, foco estratégico y la valentía de decidir y actuar a tiempo.









