
El inicio de este 2026 ha estado marcado por un contraste llamativo entre la abundancia de focos de riesgo y la solidez del desempeño de los activos financieros. Conflictos geopolíticos, volatilidad en energía y episodios de tensión en tasas no han logrado alterar de forma duradera la trayectoria del ciclo. Este comportamiento no es fortuito: refleja una economía global más resiliente de lo que se suele asumir y, sobre todo, una base de utilidades corporativas que continúa fortaleciéndose.
Estados Unidos sigue siendo un pilar central de este escenario. La actividad manufacturera ha comenzado a mostrar señales claras de reactivación y la inversión asociada a inteligencia artificial actúa como un potente motor de crecimiento. Los resultados corporativos del primer trimestre lo confirman: las utilidades del S&P 500 crecieron alrededor de 25% interanual, mientras que las ventas avanzaron cerca de 11%. Más relevante aún, el crecimiento ha dejado de estar concentrado exclusivamente en tecnología y comienza a extenderse hacia sectores más cíclicos, lo que eleva la calidad y sostenibilidad del ciclo de ganancias. Estados Unidos, en ese sentido, sigue ofreciendo profundidad, innovación y visibilidad.
Sin embargo, es en los mercados emergentes donde seguimos viendo un entorno particularmente atractivo. Con valoraciones relativas más bajas, balances macroeconómicos en mejora y una mayor sensibilidad a la recuperación del comercio y de la industria global, estos mercados presentan un perfil riesgo-retorno cada vez más convincente. La gradual rotación del crecimiento desde Estados Unidos hacia el resto del mundo, junto con un dólar con sesgo a la debilidad, debería prolongar el contexto favorable para emergentes, tanto por el lado de flujos como de utilidades. En un portafolio global de renta variable, esto justifica un sesgo hacia mercados emergentes, complementado por exposición a Estados Unidos.
Un factor clave para el segundo semestre será la evolución del precio del petróleo. La experiencia histórica sugiere que los grandes shocks de oferta suelen ser seguidos por excedentes una vez que las tensiones se disipan.
Hoy, la economía global es estructuralmente menos dependiente del crudo que en los años 70: el gasto energético solo representa aproximadamente 3% del PBI y la capacidad ociosa de producción supera los 4 millones de barriles diarios. Una normalización de flujos podría implicar una caída relevante del precio del petróleo, con efectos desinflacionarios y un impulso directo a márgenes corporativos y consumo. No obstante, es importante subrayar que una resolución parcial, tardía o desordenada del conflicto en Medio Oriente sigue siendo un riesgo relevante que generaría episodios adicionales de volatilidad antes de que ese escenario se materialice plenamente.
En renta fija, el mensaje es más equilibrado. La volatilidad de tasas podría persistir en el corto plazo, pero un eventual descenso sostenido de la inflación abriría espacio para un mejor desempeño de crédito frente a bonos soberanos de larga duración, especialmente en deuda de mercados emergentes y algunos nichos de renta fija norteamericana.
En síntesis, aunque el escenario no está exento de riesgos –en particular geopolíticos–, la combinación de crecimiento resiliente, utilidades robustas y la probabilidad de un shock energético en reversa mantiene inclinado el balance a favor de una toma moderada de riesgo. En el 2026, el desafío no será evitar la volatilidad, sino posicionarse para capturar un ciclo que sigue ofreciendo oportunidades, especialmente fuera del centro tradicional del mercado.
Jorge Beingolea es director de Soluciones de Portafolio en Credicorp Capital Asset Management.
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.







