
Escribe: Julia Velarde Sussoni, docente de la Universidad de Lima
En un contexto empresarial marcado por la incertidumbre y la presión por resultados, las empresas familiares suelen priorizar decisiones operativas y financieras de corto plazo. Sin embargo, pocas definiciones influyen tanto en la continuidad del negocio como la decisión de invertir en gobernanza. No se trata de una cuestión formal ni de cumplimiento, sino de una elección estructural que determina la capacidad de la empresa para sostenerse y crecer en el tiempo.
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La gobernanza no es un gasto administrativo ni un lujo corporativo. Es, en realidad, una de las inversiones más rentables que puede realizar una empresa familiar, aunque su retorno no siempre se refleje de inmediato en los estados financieros. Su impacto se manifiesta en la calidad de las decisiones, en la estabilidad del liderazgo y en la capacidad de anticipar riesgos antes de que se conviertan en crisis.

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En la empresa familiar, la gobernanza comprende el conjunto de estructuras, reglas y procesos que ordenan la toma de decisiones y alinean los intereses de la familia, la propiedad y la empresa. Su propósito no es burocratizar la organización, sino reducir la incertidumbre, prevenir conflictos y proteger la creación de valor de largo plazo. Cuando estos elementos no están claramente definidos, las decisiones se concentran, los roles se confunden y la empresa se vuelve vulnerable.
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La experiencia demuestra que muchas crisis empresariales no se originan en el mercado, sino en fallas de gobernanza: sucesiones improvisadas, ausencia de contrapesos, interferencias familiares en la gestión o directorios que operan solo de manera formal. Estas fallas generan costos invisibles pero significativos: pérdida de talento clave, retrasos en decisiones estratégicas, deterioro de la confianza y tensiones familiares que terminan afectando el desempeño del negocio.
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Invertir en gobernanza implica, en primer lugar, contar con un directorio que cumpla un rol estratégico real. Un directorio con agendas claras, información oportuna y diversidad de miradas fortalece la calidad del análisis y reduce la dependencia de personas específicas. La incorporación de directores independientes aporta objetividad, disciplina y una perspectiva externa que resulta especialmente valiosa en organizaciones donde la cercanía familiar puede limitar el cuestionamiento interno.
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Un elemento central en este esquema es el Consejo de Familia, cuyo rol suele ser subestimado o mal interpretado. El Consejo de Familia no gestiona la empresa ni administra el patrimonio –función propia de un family office–, sino que actúa como un espacio de alineamiento y comunicación entre los miembros de la familia empresaria. Su función es canalizar expectativas, prevenir conflictos y acordar principios que orienten decisiones sensibles como la sucesión, la participación de familiares en la empresa o la preservación del legado. Cuando este órgano funciona adecuadamente, contribuye a que las tensiones familiares no se trasladen al directorio ni a la gestión.
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Desde una perspectiva económica, la rentabilidad de la gobernanza se refleja en la capacidad de la empresa para anticipar riesgos, adaptarse al cambio y sostener una estrategia coherente en el tiempo. Las empresas familiares con estructuras de gobierno sólidas suelen mostrar mayor resiliencia frente a entornos inciertos, precisamente porque cuentan con reglas claras y procesos de decisión previsibles.
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En un entorno económico desafiante, la gobernanza actúa como un seguro estratégico. No elimina los riesgos, pero permite gestionarlos con mayor disciplina y menor costo. Las empresas familiares que lo comprenden dejan de ver la gobernanza como un gasto y empiezan a reconocerla como lo que realmente es: la inversión que define su capacidad de continuidad.
Porque, al final, la rentabilidad más valiosa no siempre es la que se mide en el corto plazo, sino la que garantiza que la empresa siga siendo viable, ordenada y cohesionada en los años por venir.







