
Periodista
Es imposible guiarse o tomar como referencia las encuestas para aventurarse a decir quiénes ganarán el pase para la segunda vuelta.
No sabemos si es la duda o la volatilidad del elector; la dificultad para recoger la real intención de voto en medio de tanta fragmentación; el tamaño de las muestras en una competencia tan reñida; o las consecuencias diarias de una guerra de todos contra todos, en la que cada palabra bien o mal dicha o cada exabrupto cuenta.
Lo cierto es que estamos en una campaña en la que los decimales cuentan más que nunca, y en la que el ausentismo o los errores al votar pueden inclinar la balanza. La lucha será “a muerte” hasta las siete de la noche del domingo.
El problema es lo que puede pasar a partir del día siguiente, o, incluso, desde la misma noche del domingo.
Ya se ha señalado la posibilidad de que más de un grupo político, frente a la difusión de “bocas de urna” o “conteos rápidos” con márgenes tan estrechos, levanten la acusación de fraude, y se genere un ambiente muy complicado.
La carga de la tarea y la mayor responsabilidad estarán en la ONPE. No puede demorarse una eternidad para hacer el conteo. Mientras más se demore y menos clara sea la difusión de los resultados –incluyendo los del exterior–, el ambiente se tornará más violento. Lo mismo debe ocurrir con los encargados de resolver los reclamos y las nulidades de las actas.
La incertidumbre será el signo vigente. Si las tendencias se mantienen viviremos una semana de infarto con acusaciones y versiones de todo tipo.
La fragmentación será una realidad. Y lo más preocupante es la escasa votación que tendrán los que pasen a la segunda vuelta. Porque los números con los que han cerrado o los que siguen circulando en las encuestas, son realmente bajos. Doce, quince o veinte por ciento, es poco como para darle estabilidad a cualquier gobierno, aunque en la segunda vuelta alcance un 45% prestado.
Y lo del Congreso no es diferente. Muchas bancadas con pocos congresistas, de tan diferentes tendencias, hacen muy difícil la posibilidad de formar bloques sólidos que pongan frente a frente a oficialismo y oposición. La bancada más nutrida podría tener entre 25 y 30 congresistas, lo que no es suficiente para poner la agenda. Más todavía con congresistas que por primera vez se sentarán en una curul, y que casi no han hecho vida política ni partidaria.
Lo más probable es que sigamos con el mismo esquema del Congreso actual: altas votaciones para leyes populares o populistas (con miras a las elecciones regionales y municipales que estarán a la vuelta de la esquina), y un renovado enfrentamiento entre Ejecutivo y Legislativo. Y, además, con la posibilidad de que “la independencia” de los congresistas salga a flote, y se formen minibancadas.
El panorama para el día después del domingo no es muy alentador. Ojalá los electores se esfuercen, y nos ofrezcan un resultado más claro de lo que nos dan las proyecciones.
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