
El Perú se dirige a las elecciones generales más complejas de su historia reciente sin haber hecho el trabajo previo indispensable: explicar, con claridad y a tiempo, cómo se vota. En abril próximo, los ciudadanos enfrentarán una cédula inédita por su tamaño y por su contenido, con cinco elecciones simultáneas y casi 40 organizaciones políticas en competencia. Sin embargo, la preparación del elector ha quedado rezagada frente a la magnitud del cambio.
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Los datos confirman que el problema no es menor. Más de un tercio del electorado (36.4%), según una encuesta de Daum, se declara indeciso al mismo tiempo para la elección presidencial y para el Senado. Esta cifra no solo refleja incertidumbre política, sino también dificultad para procesar un sistema electoral más exigente, que obliga a tomar decisiones múltiples en un solo acto de votación.

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El desconocimiento sobre el Congreso bicameral es aún más preocupante. Solo el 22% de los encuestados afirma saber distinguir entre senadores y diputados; el 78% reconoce no conocer la diferencia. En la práctica, esto implica que una mayoría acudirá a las urnas sin comprender con precisión qué funciones cumple cada cámara ni qué tipo de representación está eligiendo. En ciertas zonas del país, como en el oriente, este nivel de desconocimiento supera el 80%.
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La situación es especialmente crítica entre los jóvenes. En el grupo de 18 a 24 años, hasta el 85% no logra diferenciar entre Senado y Cámara de Diputados. Este dato adquiere mayor relevancia si se considera que 2.5 millones de ciudadanos votarán por primera vez este año. Son nuevos electores que enfrentarán una cédula extensa y múltiples reglas. No es apatía generacional, sino una falta evidente de orientación.
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A esta complejidad se suma la fragmentación de la oferta política. Con cerca de 40 partidos en competencia y la posibilidad de voto cruzado y voto preferencial, la probabilidad de error es más alta que nunca. Un error en el marcado, un número mal consignado o una confusión entre columnas puede alterar la intención del voto, aun cuando el elector haya acudido informado sobre sus preferencias políticas.
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Las entidades responsables del proceso electoral han cumplido con los plazos formales, pero no lo suficiente con la tarea más delicada: acompañar al ciudadano en la comprensión del nuevo sistema. La ONPE, el JNE y el conjunto del sistema político han reaccionado tarde y de manera fragmentada frente a un cambio que exigía campañas sostenidas y pedagógicas.
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Si el próximo proceso termina marcado por votos erráticos, confusión en el escrutinio o decisiones tomadas sin comprensión plena, la responsabilidad no recaerá en el elector. Recaerá en un sistema que modificó las reglas del juego sin asegurarse de que todos supieran cómo jugar.







