
El papa León XIV visitará el Perú en noviembre o diciembre de este año, según informó la Conferencia Episcopal Peruana (CEP) el jueves pasado. Una visita papal siempre es bienvenida, pero el hecho de que el actual sumo pontífice haya vivido y evangelizado en nuestro país, además de poseer la nacionalidad peruana, la hace más especial. Sin embargo, tanto en los medios masivos como en el ámbito político y económico, la noticia está siendo vista como si se tratase de la visita de una celebridad, tal como ocurrió cuando fue elegido papa, el pasado 8 de mayo.
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Está muy bien que se comente y escriba de su gusto por la gastronomía norteña o de que cantaba en eventos pastorales, pero lo que lo diferencia de la farándula es el mensaje que transmite. Por ejemplo, siendo obispo de Chiclayo, organizó una colecta durante la pandemia para adquirir una planta de oxígeno –obtuvo más donaciones de lo esperado, así que compró dos–. Hay fotos que lo muestran ayudando a limpiar calles tras una inundación, a caballo, camino de algún pueblo en la sierra, o sirviendo potajes a personas comunes y corrientes.
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El 2015, tras ser nombrado obispo de la “Capital de la Amistad”, el entonces sacerdote agustiniano Robert Prevost tuvo que nacionalizarse, para cumplir un requisito de un tratado entre el Perú y la Santa Sede. El saludo que envió a Chiclayo, en castellano y ante millones en todo el mundo, cuando fue anunciado papa, confirmó el amor que siente por nuestro país, donde ha desempeñado la mayor parte de su labor pastoral, en tres periodos (1985-86, 1988-98 y 2015-2023). Estuvo en el país en la época del terrorismo y la dictadura de Fujimori, régimen al que criticó duramente. También ha denunciado la corrupción política y manifestado su apoyo a los inmigrantes venezolanos.
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Quizás necesitemos un “jalón de orejas” cuando venga, aunque seguramente lo hará con cariño. Es que la corrupción no cesa y los venezolanos siguen siendo vistos como los causantes de todos nuestros males (junto con migrantes internos). La situación sociopolítica del Perú es una réplica en menor tamaño de lo que está ocurriendo en Estados Unidos, y que el domingo, Bad Bunny expuso, de manera contundente, con un espectáculo que en medio de ritmos latinos, tuvo un inconfundible trasfondo de reivindicación.
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Quizás León XIV no necesite ser artista pop, pero es una certeza que cuando regrese a este, su país adoptivo, nos cantará nuestras verdades. Y también es seguro que preferirá reunirse con feligreses y no las nuevas autoridades que tendremos para entonces.






