
Por Mac Margolis
América Latina respondió ambiciosamente —aunque no siempre de manera eficiente— a la pandemia de coronavirus, y muchos países apoyaron con efectivo, crédito y aplazamientos de impuestos a empresas y hogares vulnerables.
El estímulo por emergencia ha inyectado abundantes recursos en economías de la región (12% del producto bruto interno para Perú, 18% en Brasil, 5% en Argentina) y ha ayudado a aquellos que ya se encontraban en dificultades, así como a 45 millones más en riesgo de volver a caer en la pobreza.
Ha reducido la pérdida de empleos, aliviado la desigualdad de ingresos y evitado colapsos aun más calamitosos en los mercados y el bienestar general.
Sin embargo, a medida que la crisis de este año se convierte en una enfermiza recuperación pospandemia, la generosidad inducida por la emergencia ha creado un dilema para varios Gobiernos. ¿Cómo desacostumbrar a los países de un gasto que ha sido una bendición social pero podría terminar en una maldición fiscal?
Brasil es a la vez un caso destacado y de alerta para la transición que se avecina. Tras haber enfrentado inicialmente la pandemia con mucho más poder adquisitivo que sus pares del hemisferio, la nación de 210 millones de personas ahora es el primer caso en haber caído en la trampa del “dar”.
El presidente Jair Bolsonaro, un escéptico empedernido de la pandemia, se adhirió reaciamente a la idea de los rescates de emergencia. Luego, frente a una economía acelerada y decidido a no dejar que el Congreso lo superara, triplicó la apuesta, elevando la asistencia de emergencia al triple, a cerca de US$ 108 al mes. Las mujeres cabeza de familia obtienen el doble de esa cantidad.
Las entregas de efectivo se convirtieron en la pieza central del “presupuesto de guerra” gubernamental contra el coronavirus. Este gasto está encaminado a alcanzar 4.6% del PBI este año, informó el Fondo Monetario Internacional el 5 de octubre. Eso es 10 veces más de lo que Brasil gasta en Bolsa Familia, el programa insignia de asistencia en efectivo del país, que Bolsonaro una vez denunció como premio para los holgazanes. Sin embargo, siete meses después, el efectivo covid es casi lo único de lo que habla.
¿Quién podría culparlo? El torrente (US$ 57,000 millones y contando) ha llegado a casi un tercio de la población brasileña (67.7 millones) y ha dado vida a algunas de las regiones más abatidas del país. Unos 15 millones de brasileños salieron de la pobreza desde el 2019 hasta agosto del 2020, ya que la tasa general de pobreza cayó en casi 24%, la mejora más rápida en la movilidad social ascendente en cuatro décadas, me comentó el economista Marcelo Neri, de la Fundación Getulio Vargas.
Los analistas dan crédito a la asistencia de emergencia diciendo que evita un colapso económico absoluto. Algo inesperado es que el efectivo suplementario también ayudó a mantener a los brasileños a salvo, convenciendo a millones de personas de bajos ingresos a permanecer en casa en lugar de arriesgarse a contraer infecciones al salir a las calles en búsqueda de comida y trabajo, detalló Neri. Es un gana-gana en términos sanitarios en un país donde las clases acomodadas ignoran los protocolos de salud en el bar más cercano.
Mejor aún, incluso cuando el virus amenazaba vidas y medios de vida, las entregas de efectivo impulsaron los decepcionantes ratings laborales bajo Bolsonaro a niveles no vistos desde que asumió el cargo hace 19 meses. En una cultura política imbuida de generosidad, tal vez no sea sorprendente que Bolsonaro ahora quiera que este regalo se convierta en permanente.
Para mantener abierto este grifo de dinero, Bolsonaro tendrá que recortar gastos o aumentar los impuestos. Cualquiera de estas soluciones es políticamente tóxica para un líder que intenta congraciarse con votantes asediados por una enfermedad y una economía en crisis.
También es tóxica la alternativa de traspasar el límite de gasto del Gobierno brasileño, la enmienda constitucional del 2016 que limitó los aumentos en los gastos federales totales a no más que la inflación del año anterior. El histórico proyecto de ley ayudó a tranquilizar a los inversionistas, lo que permitió a Brasil reducir las tasas crediticias y, por lo tanto, la inflación, a mínimos históricos. Sin embargo, aun falta que Bolsonaro diga de manera convincente cuál es el límite.
“Bolsonaro quiere ambas cosas”, me dijo el exministro de Finanzas de Brasil, Mailson da Nobrega. “Quiere mantener la popularidad pero sin renunciar a ningún capital político. El problema es que ese mundo no existe”.
Tratar de jugar tanto al avaro como al mago ha enfrentado al ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, con el ministro de Desarrollo Regional, Rogerio Marinho, cuyos aliados en el Congreso son el salvavidas político de Bolsonaro.
Esto ha resultado en cacofonía regulatoria, lo cual no ha pasado desapercibido para los inversionistas. Los mercados han sido tolerantes con los excesos al presupuesto debido al brutal impacto de la pandemia y porque todos los países del mundo están gastando más allá de sus posibilidades. Pero esa tolerancia no está garantizada, sobre todo para un país con pagarés oficiales que se proyecta alcanzarán el 100% del PBI este año.
“Brasil se está recuperando más rápido que casi cualquier otro país”, dijo Carlos de Sousa, economista principal de mercados emergentes de Oxford Economics. “Sin embargo, si se expande el gasto para que el estímulo sea permanente, cuando ya se está en una trayectoria de deuda inestable, se destruirá la confianza del mercado”.
Algo revelador es que Brasil se está endeudando a un menor plazo, con un vencimiento promedio de la deuda pública que se ha reducido a la mitad desde enero.
Estas son malas noticias para el país más grande de América Latina, que entró cojeando en la pandemia, con una de las recuperaciones más débiles a nivel mundial en los últimos 50 años, según el FMI, y podría salir cojeando igual a menos que termine el despilfarro.
Si bien el FMI dijo que podría ser necesario más estímulo fiscal, advirtió sobre la necesidad de mantener el límite presupuestario y llevar a cabo reformas estructurales. Como Adriana Dupita, de Bloomberg Economics, señaló: “Si Bolsonaro y su equipo económico abandonan la disciplina fiscal para impulsar el crecimiento a corto plazo, podrían terminar con una moneda más débil, una inflación más alta, tasas de interés más altas y de todas maneras sin crecimiento”.
Brasil ha estado en esta situación antes, en 2016, cuando un Gobierno obstinado intentó lograr la prosperidad a través de gastos bajo una “contabilidad creativa” y autocontrol fiscal. Como resultado, se generó la peor recesión registrada y un tremendo choque partidista que dio lugar al segundo juicio político de la joven democracia en 24 años.
Un exultante Bolsonaro llegó con una revuelta cívica a la presidencia, prometiendo conversaciones claras, un Gobierno honesto y la redención capitalista. Ahora, aparentemente, existe el riesgo de que desperdicie todo eso al rendirse extasiado ante la misma locura fiscal.
“Si abusa del poder de gasto, podría él también perder el poder”, dijo Sousa. En Brasil, se pasa fácilmente de las buenas a las malas.
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