La Salada, Argentina

BUENOS AIRESDE LA EDICIÓN IMPRESA

Son las 5 de la mañana pero los clientes del mercado La Salada en Buenos Aires ya están regresando a sus casas, arrastrando costales llenos de camisetas, zapatillas y DVD piratas a través del estacionamiento para subirse a buses y combis. Algunos han venido para surtir sus tiendas y otros para llenar sus roperos. Comenzaron a comprar cuando el mercado abrió a las 3 de la madrugada y han venido de lugares tan lejanos como Neuquén, una ciudad de la Patagonia a quince horas de la capital argentina.

Se cree que La Salada es el mercado informal más grande de Sudamérica, con alrededor de 30,000 puestos de malla de alambre levantados dentro y fuera de tres enormes almacenes en un barrio poco agradable en la periferia de la ciudad. Sus administradores estiman que los martes, jueves y domingos, días en los que el mercado funciona, más de 250,000 personas recorren sus instalaciones.

Decenas de miles de personas ayudan a mantener operativo el lugar: vendedores, vigilantes, limpiadores y suministradores de productos. En el almacén Punta Mogote, donde la mayoría de puestos se ubica en el sótano, tanta gente sufre desmayos que una ambulancia está siempre disponible.

Es imposible contar con estadísticas concretas, pero los administradores estiman que las ventas suman entre 150 millones y 300 millones de pesos (entre US$ 18.75 millones y US$ 37.5 millones) los días que La Salada atiende al público. De acuerdo con Jorge Castillo, administrador de Punta Mogote, los vendedores pagan hasta US$ 100,000 en efectivo por un puesto de cuatro metros cuadrados —más de lo que pagarían por una tienda de Hermès en la avenida Alvear, la más elegante zona de compras de Buenos Aires—.

Pero La Salada tiene su lado turbio. En un caso bizarro, un hombre que adquirió un cachorro de caniche (poodle), afirmó que fue embaucado y que en realidad le vendieron un hurón. Nacho Girón, periodista que ha escrito un libro sobre el mercado, insiste que esta noticia refleja que La Salada es un lugar de comercialización de falsificaciones. Es innegable que la piratería campea en el lugar: los puestos en Punta Mogote ofrecen copias de polos Tommy Hilfiger por 110 pesos y en la calle hay imitaciones de zapatillas Nike y lentes Ray Ban.

Jorge Castillo es bastante abierto en torno a la dudosa mercancía que algunos vendedores ofertan y reconoce que puede que estos comerciantes no sigan las reglas cuando se trata de propiedad intelectual, "pero esto es Argentina y aquí nada es blanco o negro".

Ciertamente, los impuestos son un área gris. Todas las compras se realizan en efectivo, lo cual deja amplio espacio para amañar las cuentas. Los funcionarios de la autoridad tributaria tienen problemas para hacer cumplir las normas: en una redada efectuada el 2009, los vendedores de Punta Mogote arrojaron miles de huevos a los agentes hasta que se fueron. Y se estima que la Policía actúa en complicidad, exigiendo sobornos a cambio de ignorar el ingreso de bienes contrabandeados.

Considerando la popularidad de La Salada entre los pobres del país, el gobierno ha entendido por mucho tiempo que atacar el mercado sería políticamente riesgoso. De acuerdo con el libro de Girón, el expresidente Néstor Kirchner describió el lugar como "un fenómeno social de una Argentina en crisis".

"Los compradores nos aman porque les permitimos comprar lo que necesitan y disponer de algún dinero extra para darse un gustito", señala Castillo. "Los compradores nos aman porque no nos apropiamos del dinero que ganan con tanto esfuerzo".

Esta racionalidad se remonta a la fundación del mercado en 1991 por un grupo de confeccionistas de ropa bolivianos. Hartos de ser explotados por los dueños de las grandes fábricas, quienes les pagaban poco y tarde, reunieron dinero suficiente para adquirir un lote abandonado que antes había sido sede de unos baños termales.

El mercado obtuvo un éxito inmediato. Castillo, que había trabajado como fabricante de calzado femenino, comenzó a comprar puestos en el segundo almacén en 1994, antes de liderar la apertura de Punta Mogote en 1999.

En busca de las gangasLa competencia es la base del modelo de negocio de La Salada. Cuando fue fundado, el peso argentino estaba fijado al dólar lo que provocó que los textiles importados fuesen mucho más baratos que las telas producidas internamente. Para salir adelante, los vendedores tuvieron que reducir sus precios inmediatamente.

La competencia con las importaciones ya no es un problema gracias a los controles del tipo de cambio y elevados impuestos: la medida más reciente del gobierno es exigir, a quienes compran productos de websites foráneos, recogerlos en las oficinas de Aduanas a fin de que paguen los impuestos correspondientes. Pero con tantos puestos uno al lado del otro, la competencia en el mercado continúa siendo feroz.

"La Salada representa lo bueno y lo malo de Argentina", sostiene Girón. "Es, al mismo tiempo, una muestra de su creatividad, inteligencia, resiliencia y empeño, pero también de su rapacería y corrupción".

Traducido para Gestión por Antonio Yonz Martínez© The Economist Newspaper Ltd,London, 2013

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