La diferencia entre crecimiento y desarrollo

OPINIÓNDaniel CórdovaPRESIDENTE DEL INSTITUTO INVERTIR

Exponer ante un auditorio de empresarios españoles sobre la economía peruana, ahora que por acá todo es crecimiento y por allá todo es desempleo, me generó cierto desconcierto. Nuestras cifras macroeconómicas son sin duda ejemplares. Y las de ellos, complicadas. Su "Estado de Bienestar" ha quebrado y no son capaces de reducir el gasto público. Nos miran con envidia por nuestro bajo nivel de deuda pública y alto crecimiento.

No obstante, basta salir a la calle en Madrid (y luego volver a Lima) para pisar tierra. España es un país desarrollado que pasa por una fase de estancamiento. Y el Perú es un país pobre que crece, pero no sabemos aún si se está desarrollando.Cuando estudiábamos economía allá por los ochenta, aun se discutía con pasión en la aulas sobre cuál era el mejor modelo de desarrollo. Se destacaba que no bastaba con solo crecer, pero no se disponía de marcos conceptuales adecuados para distinguir una economía que crece de una que se desarrolla.

Luego se confirmó que los países del Este asiático no eran simples "maquiladoras de mano de obra barata", como decían muchos escépticos de los modelos de economía abierta, sino auténticas experiencias de desarrollo económico. Esto, a diferencia de la mayor parte de América Latina, en donde el populismo proteccionista y las dictaduras militares aún prevalecían.

Durante seis años, a comienzos de los noventa, me dediqué a comparar la historia económica de Corea del Sur, con la de Perú. Aún recuerdo cómo en Seúl de 1992 se respiraba un dinamismo económico similar al del Perú ahora, pero con una gran diferencia: allá la infraestructura acompañaba y el avance de la democracia, no sin conflictos ni contradicciones, iba de la mano con el imperio de la ley. Además, el Estado lideraba claramente el impulso de la inversión privada.

Felizmente para el Perú, después de la debacle de la heterodoxia económica de los 70 y los 80, triunfó el manejo responsable de la macroeconomía. Se abrió la economía al mundo, se impuso el rigor fiscal y monetario, y se realizaron reformas orientadas a permitir que el emprendimiento privado avance. Con ello, la población empezó a beneficiarse, los ingresos reales crecieron y la pobreza se reduce año a año.

El problema es que, desde hace veinte años, este dinamismo sustentado en la competencia privada, este orden macroeconómico ejemplar, no está siendo acompañado al mismo ritmo por la inversión en infraestructuras, el imperio de la ley y mejoras en los servicios públicos de educación y salud, entre otros. Todo lo cual depende de los gobiernos locales, regionales y también del nacional.

Cuando un español viene a Lima o Arequipa (ciudades colapsadas, sin planeamiento urbano, con un parque automotor asfixiante y muy pobre e inseguro transporte público) constata el abismo que existe entre la infraestructura de un país y otro. Se escandaliza con el poco respeto que inspira la Policía (y peor si ve el estado de las comisarías) o la forma en que actúa el Poder Judicial. No entiende cómo así la educación púbica no es mejor que la privada ni la separación entre Essalud y el Ministerio de Salud, producto de la informalidad predominante. En suma, constata la necesidad de darle un impulso al Estado para que pueda cumplir su rol de pasar del crecimiento al desarrollo. Y comprende la gran oportunidad que esta situación de solvencia macroeconómica nos da, al sector privado y al sector público, para terminar con ese famoso divorcio que existe entre el dinamismo privado y la capacidad ejecutora de instituciones públicas.

Si queremos pasar del crecimiento al desarrollo hay que romper paradigmas. Hay que terminar con el divorcio entre economía y política.

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