
Periodista
¿Sorprende que el Congreso apruebe las normas que siempre dijo que impulsaría y aprobaría?, ¿sorprende el énfasis populista que estuvo presente desde la campaña electoral?
Desde octubre del 2019 se señaló desde algunas tribunas –esta entre ellas– que este iba a ser un Parlamento cuyos grupos políticos y/o congresistas iban a tratar de aprovechar al máximo el corto tiempo que tenían para “trascender”, y consolidar sus posibilidades para el 2021 y el 2022; que la proximidad de elecciones iba a provocar actitudes y acciones populistas y electorales; y que la no reelección, más que un disuasivo, iba a ser un incentivo para el populismo en este corto periodo.
Varios de los proyectos presentados por las bancadas tienen su origen en las promesas de campaña. ¿Acaso no era clarísimo que las AFP y los bancos, por ejemplo, iban a ser algunos de los objetivos? La emergencia por la pandemia agudizó, apuró y radicalizó un populismo que iba a darse de todas maneras; y generó la competencia entre el Congreso y un Ejecutivo, que también cayó en ese juego con la devolución de los aportes de las AFP, su anunciado impuesto a los altos sueldos, la amenaza de la expropiación de las clínicas, etcétera, y terminó probando de su propia medicina.
Lo que sorprende ahora es la sorpresa que esto genera. Y sobre todo que, sabiendo que todo esto se venía, no se hizo nada por prepararse para frenarlo, neutralizarlo, moderarlo o mejorarlo.
Varios proyectos convertidos luego en leyes se han anunciado, discutido y aprobado durante semanas, a vista y paciencia del Gobierno, y de todos los involucrados. Las votaciones fueron literalmente “entre gallos y medianoche”, pero la intención y las discusiones fueron a plena luz del día.
Pongamos un solo ejemplo reciente: ¿desde cuándo estaba caminando el proyecto de la devolución de los aportes a la ONP?, tenía muchas semanas. ¿Por qué el Ejecutivo esperó la noche previa a su aprobación –semanas después– para ir corriendo al Congreso a presentar recién una propuesta de bonos?, ¿por qué no buscó dialogar, influir, negociar, debatir, privada o públicamente, desde el primer momento?, ¿por qué el MEF –sabiendo lo que todos sabíamos, que el Congreso apuntaría a las leyes que le den “beneficios” económicos a la población– no formó con tiempo un buen equipo, o encabezó oportunamente un gran esfuerzo –técnico, político y/o mediático– para lograr con habilidad un buen acuerdo con el Congreso o reducir el impacto negativo, por último?
Es claro que el Ejecutivo no tiene ni la capacidad, los instrumentos, ni la estrategia para influir, enfrentar o frenar al Legislativo. Las armas que tenía el presidente –¿eran las únicas?– ya perdieron efectividad o ya no las puede usar. Los mensajes a la Nación ya no son eficaces; y ya no puede amenazar con cuestiones de confianza o cierres del Congreso.
Ni siquiera tiene ya el apoyo firme de la pequeña y única bancada más cercana. En la última votación se dividió, y algunos de sus congresistas terminaron votando al lado del bando llamado “populista e irresponsable”. Esto último nos lleva a la pregunta: ¿hay una sola mano que mueve el Congreso y que lleva a las demás bancadas a donde quiere, o ese “populismo” es un virus que ya contagió a todas las bancadas?
El presidente se ha refugiado en el Pacto Perú que se trabaja en el Acuerdo Nacional, con muy poco interés de los partidos, las bancadas y la ciudadanía. Está viendo sus cinco temas para el futuro, y se apura para presentar todo en octubre. También piensa en la vacuna…para el próximo año. Pero nos dice muy poco del presente tan difícil que enfrentamos. ¿Ha dejado todo en piloto automático?
En su Pacto presidencial ha tratado –con poco éxito–de incorporar el asunto de la ONP, que es coyuntural, y que puede generar que otros sectores también busquen que sus problemáticas se discutan en ese ambiente, convirtiendo al Pacto presidencial en un buzón de reclamos.
¿Choque de poderes entre el Ejecutivo y el Congreso?, eso sería si el Ejecutivo tuviera los poderes que tuvo en el 2019. Hoy ya no los tiene, y parece ya no tener reflejos, fuentes de energía o vacunas para generar otros. Ese choque tiene hoy otros protagonistas: el Congreso y el Tribunal Constitucional. El Gobierno, si no se reinventa, solo va a recurrir al TC para que lo salve de “los populistas”, y el Parlamento tiene en sus manos el reemplazo de los tribunos. ¿Qué llegará primero, la inconstitucionalidad de las leyes, o el cambio de magistrados?
Quedan once meses hasta el cambio de mando. Porque tiene que haber cambio de mando en julio del 2021, aunque aparezcan rumores de extensiones de mandato con la excusa de la emergencia.
El Gobierno tiene que reaccionar y reinventarse. Tiene que buscar ahora ese equilibrio de poderes que antes eliminó para su beneficio, y que ahora pierde para perjuicio del país. Tiene que hacer política, tiene que convocar, dialogar, dejar ese aislamiento que lo convierte en la gestión de un presidente y sus ministros amigos, y no en un Gobierno.
El problema es fundamentalmente el presente, y no solo el futuro. Sin presente no hay futuro.
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