
La semana pasada, cuando se le pidió a un hombre -que usaba una gorra de “Make America Great Again” (MAGA)- que usara mascarilla en un restaurante suburbano de Kansas City, como lo exige la ley estatal, él dijo que tenía una exención, luego, se levantó la camisa y mostró un arma de fuego enfundada. Esta semana en Michigan, un cliente, tras negarse a usar una mascarilla en una tienda de alimentos, apuñaló a otro y luego cayó muerto a tiros a manos de la Policía.
A pesar de las recomendaciones de las autoridades de salud, las exigencias de un número cada vez mayor de tiendas minoristas y la fuerza de las leyes -o tal vez debido a ellas-, muchos ciudadanos aún se resisten a las mascarillas. El COVID-19 ha provocado un enredo de crisis sanitaria, económica y política. Para los partidarios del presidente Donald Trump, sin embargo, esas crisis han producido otra: una respuesta brutal al pensamiento mágico que es fundamental para el credo del MAGA.
En tanto, el gobernador de Georgia, Brian Kemp, promulgó esta semana una peligrosa derogación de las ordenanzas locales que exigen mascarilla, incluso pese a que los casos de COVID-19 se están multiplicando en su estado. El senador republicano Ted Cruz, de Texas, fue fotografiado sin mascarilla en un vuelo. Cuando Trump finalmente se mostró usando una mascarilla, recibió todo tipo de elogios. Pero la mascarilla presidencial no ha regresado.
La revelación de información nueva sobre el virus se ha ido deteniendo y parece confusa. Por el contrario, la multitud antimascarilla (hasta ahora) se ha mantenido enfática y absoluta. En el condado de Orange, California, la junta escolar, dominada por los republicanos, votó para permitir que las escuelas reabrieran, incluso pese a que sus vecinos de Los Ángeles y San Diego anunciaron que el rebrote de COVID-19 había hecho inviable la apertura escolar. La junta también recomendó que no se exija a estudiantes ni maestros usar mascarillas o mantener la distancia social.
“La politización es bastante aguda en el condado de Orange”, me dijo Tom Umberg, senador demócrata del estado, cuyo distrito se concentra en la parte norte del condado. “La decisión de ignorar lo que dictan las políticas de ciencia y educación es una declaración política que refleja lo que el presidente está tratando de hacer al confundir al país”.
Obviamente, la resistencia fanática a las mascarillas en medio de una pandemia letal tiene poco que ver con la eficacia o el decoro de los forros de tela. La mascarilla se ha convertido en un foco de ansiedad del MAGA, un recordatorio impertinente de la deshonestidad e incompetencia de Trump. Como señaló David Frum, una mascarilla “cuelga una acusación de oreja a oreja”. Es un muro facial, y México tampoco pagará por este.
Entre la multitud del MAGA, la mascarilla también es una mordaza simbólica. Indica no solo la rendición a expertos y gruñones liberales, que una vez más exponen a su héroe, sino también la inminente desaparición del discurso desinhibido, especialmente la libertad de decirle a alguien más moreno que “regrese de donde vino”.
Las muertes de 135,000 estadounidenses han alterado el comportamiento y cambiado las opiniones, incluso entre los republicanos. “Si todos nos pusiéramos una escudo facial por las próximas cuatro o seis semanas, creo que podríamos controlar esta epidemia”, dijo esta semana el Dr. Robert Redfield, director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades. Tate Reeves, gobernador republicano de Mississippi, tuiteó el lunes: “En este momento, pese a los discordantes mensajes al principio, parece que las mascarillas son la mejor opción. Son mucho mejores que los confinamientos generalizados. ¡Por favor, úsenlas!”.
Sin embargo, la brecha partidista en el uso de mascarillas es amplia. Según Gallup, 27% de los republicanos dice que “nunca” usan mascarilla, al igual que 18% de los independientes. Entre los demócratas, es de 1%. Es verdad, algunos de esos republicanos viven en áreas rurales donde el uso de mascarillas es en gran medida innecesario, pero incluso los habitantes de zonas rurales van a las tiendas con más frecuencia que nunca.
La mascarilla puede ser la línea divisoria entre conservadores que comparten una realidad común con el resto de la nación y aquellos que insisten en una vida separatista de difamación y fantasía política. La libertad de propagar una enfermedad letal se perfila como una Causa Perdida del siglo XXI, una lucha envuelta en mitos y mentiras que dejará espantosas cifras en el país.
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