
BOMBAYDE LA EDICIÓN IMPRESAEn la mañana del pasado 17 de agosto, la mayoría de encargados de la política económica de India se reunieron en la casa del Primer Ministro en Nueva Delhi para lanzar una historia económica oficial del país para el periodo 1981-97, el cual incluyó la crisis de la balanza de pagos de 1991. El ambiente era tenso: el primer ministro, Manmohan Singh, dijo que India enfrenta "circunstancias muy difíciles", en tanto que el presidente del Banco de Central (RBI), Duvvuri Subbarao, preguntó si la historia se repetía a sí misma, "como si no aprendiésemos nada de una crisis tras otra".
El día previo, los mercados financieros indios tuvieron su sesión más tortuosa en muchos años. Tanto la moneda local, la rupia, como los precios de las acciones se hundieron, entre ellas las de los bancos que estarían lidiando con créditos incobrables o cuyas captaciones de depósitos han acusado caídas pronunciadas. La situación fue consecuencia de los nuevos controles al capital introducidos el 14 de agosto, en respuesta a incipientes señales de fuga de capitales, que reducen los montos que los residentes y empresas pueden sacar del país. Los inversionistas foráneos se asustaron, temerosos de que India congele su dinero, tal como lo hizo Malasia durante su crisis de 1998.
Las autoridades indias lo han descartado, pero los mercados siguen nerviosos. El 20 de agosto, el RBI anunció que intervendrá para intentar poner calma. El valor de la rupia respecto al dólar ha caído al nivel más bajo de su historia y el consenso es que el país se halla en sus peores apuros económicos desde 1991. Pero India no es el único.
Desde mayo, cuando la Reserva Federal de Estados Unidos informó que reduciría sus compras de activos, los inversionistas han comenzado a ajustarse a un mundo sin dinero extra barato. Ha habido un gran retiro de fondos en los mercados emergentes y en la mayoría, sus monedas han caído entre 5% y 15% respecto del dólar en los últimos tres meses.
Desde Brasil hasta Tailandia, los rendimientos de los bonos han aumentado y algunos gobiernos han tenido que intervenir. El 11 de julio, Indonesia elevó su tasa de interés de referencia para reforzar su moneda y el 21 de agosto, su presidente señaló que pronto anunciará nuevas medidas para asegurar la estabilidad.
India, la tercera economía asiática, es más vulnerable. Las noticias económicas han sido desalentadoras los últimos dos años: el crecimiento del PBI se ha situado entre 4% y 5%, la mitad de la tasa del periodo del boom (2003-08); y puede ser que siga reduciéndose. Las medidas dictadas para impulsar reformas y liberar grandes proyectos industriales de los trámites burocráticos no ha funcionado.
Además, su fuerte dependencia del capital extranjero se ha elevado. El déficit en cuenta corriente saltó a casi 7% del PBI a fines del 2012, aunque se espera que este año termine entre 4% y 5% del PBI. El endeudamiento externo no ha crecido mucho respecto del PBI —el ratio está en 21%— pero la proporción de la deuda de corto plazo es mayor y, por ende, más riesgosa. Las reservas internacionales suman US$ 279,000 billones, con lo que el ratio de cobertura es 1.1 veces, cuando en el periodo 2007-08 era de 3 veces, haciendo que el país luzca más débil que muchos otros emergentes.
En consecuencia, es vital que los inversionistas foráneos no huyan. El valor de sus activos a precios corrientes sumaría US$ 200,000 millones y apenas han vendido US$ 3,000 millones desde mayo, pero si deciden irse, India no tendría ninguna defensa.
No obstante, no se trata de una repetición de 1991. En ese entonces, India tenía un tipo de cambio fijo y el Estado casi entra en bancarrota debido a sus intentos de defenderlo. Hoy, tiene un tipo de cambio flotante y su gobierno casi no tiene deuda en moneda extranjera, de modo que un derrumbe de la rupia no impone ninguna amenaza inmediata a la solvencia del gobierno.
El dolor se sentirá de otras formas. Las empresas privadas que adeudan la mayor parte de la deuda externa india estarán bajo gran tensión, en particular si la rupia continúa cayendo —algunas quebrarán— y las tasas de interés seguirán altas, causando estrecheces de liquidez. Todo esto hará que la vida sea más difícil para los bancos estatales, cuyos créditos de cobranza dudosa equivalen a entre 10% y 12% de sus portafolios. La inflación aumentará y las finanzas del gobierno se verán afectadas a medida que el costo de sus subsidios a la importación de combustibles se agrande.
Probablemente es poco lo que las autoridades pueden hacer para anclar la rupia en el corto plazo, pues es una de las monedas más transadas en el mundo y al menos la mitad se negocia en el extranjero. El gobierno podría buscar el incremento de impuestos a la importación de oro, al que los indios son adictos, en parte debido a que es una cobertura contra la inflación. También podría reducir los subsidios a los combustibles, lo cual reduciría la demanda y ayudaría a alcanzar la meta de déficit fiscal (alrededor de 7% del PBI).
La solución de largo plazo al problema de la balanza de pagos india pasa por impulsar su sector manufacturero y, por tanto, sus exportaciones industriales. Pero ello demandará una enorme mejora en el entorno empresarial y no solo una moneda barata. A pesar de la caída de 27% de la rupia en los últimos tres años, hay escasas señales de que las compañías manufactureras globales estén trasladando su producción a este país.
La posición de India podría empeorar, pero asumiendo que las cosas se estabilicen, cuando la historia oficial del 2013 sea escrita, ¿qué dirá? Muy probablemente que la caída de la rupia causó un severo shock a la economía que ocasionó que la recuperación del crecimiento fuese más difícil. Pero quizás también que generó un debate más serio en torno a las políticas que el país necesita para ser menos vulnerable a los caprichos de un mundo implacable.
Traducido para Gestión por Antonio Yonz Martínez© The Economist Newspaper Ltd,London, 2013
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