Cooperación anticlimática

Alejandro Deustuainternacionalista

Haciendo honor a la dimensión de los temas globales, representaciones de 195 Estados y alrededor de 10 mil visitantes inauguraron la COP 20. Aunque no es esta una cumbre, tampoco es una reunión técnica, sino una de alto nivel político multilateral cuyo masivo proceso decisorio no es garantía de eficiencia.

Contextualizada en el marco de la ONU esta reunión tratará un vital problema transnacional felizmente aún bajo la imprescindible autoridad de los Estados nacionales. Del buen criterio de estos depende la sustentabilidad del crecimiento internacional, la mitigación del impacto del calentamiento global hacia el umbral de 2º C (desde los 0.8º C de hoy), la adaptación de los países en desarrollo a la emergencia climática y, en consecuencia, una mejor gestión de las vulnerabilidades consecuentes.

Ese objetivo inhibe la alternativa catastrófica (un incremento de 4º C en este siglo) y es lograble en tanto los grandes contaminadores difícilmente puedan desvincularse de sus ofertas unilaterales de reducción de gases que potencian el efecto invernadero (China empezará a reducir emisiones en el 2030, Estados Unidos cortará 26%/28% hacia el 2025 sobre la base del 2005 y la Unión Europea ha ofrecido reducir 20% de las emisiones sobre la base de 1990 y un incremento de 20% en eficiencia energética).

En tanto esta reunión concierne más a la acción global que a las indispensables políticas locales, el buen éxito de la COP se medirá en la concreción de las ofertas unilaterales en el marco de un tratado que debe formalizarse el próximo año en París en reemplazo del ya extendido acuerdo de Kyoto. Ese tratado, que entrará en vigencia en el 2020, deberá contener, además, los medios financieros (el "fondo verde", p.e.) que permitan a los países en desarrollo cumplir de acuerdo a sus capacidades (la responsabilidad peruana es de 0.4%) y la transferencia tecnológica correspondiente.

Aunque el calentamiento global es una realidad, su detalle prospectivo depende todavía del consenso metodológico (no existe una métrica única). Es más, las vulnerabilidades particulares de cada sistema ecológico dependen del nivel de exposición al problema (sequías, inundaciones), de la sensibilidad al mismo (pobreza, presión sobre los recursos) y de la capacidad de mitigación del afectado (fortaleza institucional, educación).

De acuerdo a estos criterios resumidos por la CAF, la vulnerabilidad de América Latina y el Caribe se expresa en 16 países de riesgo extremo y 11 de alto riesgo (entre los que se encuentra el Perú). Solo 6.6% de los países de la región tienen bajo riesgo climático. El buen éxito de la COP 20 nos interesa, por tanto, sustantivamente.

Un buen resultado es, además, políticamente importante para el Perú. Y no solo porque Lima esté deviniendo en un foro recurrido, sino porque el país es crecientemente percibido como un país generador de consensos y porque, como anfitrión, puede priorizar su agenda interna.

Lo primero se debe a su buena relación con el mundo, a la mejora constante de su inserción externa y a su estatus como país de renta media alta que no pone en riesgo a grandes ni a chicos. Lo segundo se expresa en la particularidad de su agenda: Amazonía, bosques, glaciares, agua y pesca. Esta singularidad no reemplaza a las responsabilidades locales del buen gobierno.

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