
A menos de 60 días del inicio del Mundial, ya estoy entrando en pánico: todos mis intentos por conseguir entradas para ver a Argentina y a Lionel Messi en el mayor evento futbolístico han fracasado estrepitosamente.
Me quedé afuera en el sorteo de preventa del año pasado. Tampoco tuve suerte en el periodo de “selección aleatoria” de febrero. Y cuando se abrió la fase de venta de última hora a principios de este mes, ni siquiera pude acceder al portal de tickets de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), a pesar de haber iniciado la sesión una hora antes desde tres dispositivos diferentes (culpo de ello a sus recurrentes desastres tecnológicos).
Ahora me queda esa cámara de tortura al consumidor conocida como el mercado de reventa: no sabes realmente cómo se fijan los precios ni por qué estás pagando exactamente, pero tienes garantizado el dolor de comisiones infladas. La entrada más barata que encontré en el mercado oficial de la FIFA para uno de los tres partidos de la fase de grupos de Argentina rondaba los US$ 2,200 —básicamente, precios de zona VIP—. Se pueden encontrar opciones más baratas en plataformas de terceros como StubHub o Viagogo, pero con el riesgo de que las entradas nunca lleguen a materializarse.
Esto no es lo que tenía en mente. En mi ingenuidad, la idea era que mi esposa y yo lleváramos a nuestros dos hijos a un viaje por carretera durante el Mundial, siguiendo a Argentina por todo Estados Unidos, conduciendo hacia lugares que no conocemos como Kansas City junto a miles de aficionados que ondean banderas y para quienes el fútbol es más que un juego. No creo que Argentina vaya a repetir título (mi apuesta es Brasil, seguido de Francia), pero vivir el último Mundial de Messi sería inolvidable para nuestros dos hijos, obsesionados con el fútbol.
Ahora me doy cuenta de que ese plan era una quimera. El presupuesto que había calculado para un viaje de dos semanas ahora apenas cubre la entrada a un par de partidos. Así que he rebajado mis expectativas a un solo partido, con un viaje exprés a Texas desde Ciudad de México, donde resido. Y, aun así, incluso eso está resultando exhorbitante.
Esto es, por supuesto, el resultado de la controvertida política de precios dinámicos del torneo, que ha convertido la venta de más de seis millones de entradas en algo parecido a una subasta online masiva gestionada por la FIFA con total opacidad. El stock, el acceso y la información están estratégicamente racionados, lo que distorsiona lo que debería ser un proceso sencillo de oferta y demanda y eleva los precios hasta tres o cuatro veces por encima del valor nominal.
El organismo rector con sede en Zúrich ha construido una máquina de ordeño extraordinariamente sofisticada para extraer hasta el último dólar a los aficionados, sin preocuparse apenas por los seguidores que dan al torneo su aura única, en particular los de Sudamérica y Europa, cuna de todos los ganadores de la Copa del Mundo.
Pero el impacto de los precios también es un claro recordatorio de las disparidades de ingresos entre los consumidores estadounidenses y los latinoamericanos. Con unos 24 millones de millonarios en EE.UU., no resulta difícil encontrar suficientes personas dispuestas a gastar unos cuantos miles solo para ver de qué va todo este alboroto, dejando fuera al resto.
Puede que la FIFA sea indecentemente codiciosa, sí, pero no es precisamente la primera promotora en exprimir el mercado deportivo y de entretenimiento más lucrativo del mundo. El auge de los eventos en vivo y las experiencias tras la pandemia no ha hecho más que acelerar esa tendencia (¿el “estacionamiento preferente” en Coachella cuesta realmente US$ 299?).
Y no se habla mucho del aumento de las tarifas aéreas en torno a las fechas de los partidos, lo que hace que toda la experiencia sea aún más dolorosa para cualquiera que no resida en una de las 16 ciudades anfitrionas. No se sorprenda si un vuelo de ida y vuelta de dos horas entre Ciudad de México y Dallas cuesta US$ 1,000 o más durante un fin de semana del Mundial. Lo he comprobado.
A pesar de todas estas artimañas, aún no estoy dispuesto a rendirme. Mi WhatsApp sigue vibrando con opciones remotas: conocidos que podrían cancelar en el último momento, promociones corporativas milagrosas de puntos por entradas o que la FIFA ceda de repente a las súplicas de los aficionados (sí, claro...). Pero estoy empezando a aceptar que quizá este Mundial no sea para mí, al menos no de la forma en que lo imaginaba: una escapada familiar de verano, unas vacaciones memorables en torno a la pasión por el fútbol, el drama y la búsqueda de levantar el trofeo más bonito del deporte.
Sé que muchos otros, especialmente familias, sienten lo mismo. Lo que debería ser una celebración popular se ha convertido en el Hermès de los eventos deportivos: tan exclusivo que incluso un asiento alejado y con visión parcial parece un artículo de lujo (por no hablar de otros factores disuasorios, desde las tensiones geopolíticas hasta las políticas poco acogedoras de ICE).
A medida que asumo esto, al menos puedo compartir tres lecciones de este doloroso reconocimiento:
Lección n.º 1: Aproveche los precios dinámicos a su favor. A medida que se acerque la inauguración, los precios de algunos partidos caerán debido a la menor demanda y a la enorme capacidad de los estadios. La FIFA lo vio en la Copa Mundial de Clubes del año pasado, cuando las entradas para las semifinales bajaron a solo US$ 13. Dudo que eso ocurra con equipos como México, España o Inglaterra, donde la demanda es abrumadora, pero aun así podría conseguir algo como Paraguay contra Australia en San Francisco o Suecia contra Túnez en Monterrey y vivir una auténtica experiencia mundialista.
Lección n.º 2: Reconsidere su plan de viaje. Si volar a una ciudad sede como Dallas le cuesta un ojo de la cara, considere alternativas cercanas como Austin. Ahorrará mucho en vuelos, lo suficiente como para compensar el trayecto adicional, y además podrá explorar otra ciudad.
Lección n.º 3: No necesita una entrada para vivir el Mundial. Sí, el ambiente en los estadios es único, pero puede disfrutar del espíritu del torneo en reuniones con amigos y compatriotas. Ciudades anfitrionas como Ciudad de México han organizado múltiples eventos culturales y puede ver los partidos en pantallas gigantes junto a aficionados de todo el mundo. Mi experiencia al asistir a una docena de partidos durante la fantástica Copa del Mundo de 2014 en Brasil, cuando las entradas desde US$ 90 ya parecían caras, fue que la mayor parte de la emoción se vive en las calles. Eso es algo que la política de precios de la FIFA no puede quitarle.
Escrito por Juan Pablo Spinetto









