
Si algo aprendimos de esta crisis, es que nunca más debemos depender del resto del mundo para nuestras medicinas y equipos esenciales”, bramó el asesor en comercio exterior de la Casa Blanca, Peter Navarro, el 3 de abril. Días después, el presidente Donald Trump presionó a la multinacional estadounidense 3M, que fabrica mascarillas médicas, a destinar más al mercado doméstico, en detrimento de otros países.
Navarro y su jefe son proteccionistas, pero con el mercado de mascarillas trastornado por el covid-19, sus preocupaciones son entendibles, lo mismo que clamores similares de otros líderes. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, a menudo retratado por sus críticos como neoliberal, ha dicho que es una “locura” depender del suministro de alimentos de otros países y su ministro de Finanzas ha pedido a los supermercados que solo compren productos agrícolas locales.
La Unión Europea (UE) ha limitado la exportación de indumentaria médica e India, el mayor productor mundial de medicamentos genéricos, ha hecho lo mismo con la hidroxicloroquina, un antipalúdico que algunos sugieren —con escasa evidencia— podría tratar el covid-19. Países desde Kazajistán hasta Vietnam han reducido sus exportaciones de alimentos.
Muchas restricciones serán levantadas cuando pase la pandemia, pero no todas, pues el virus ha reforzado una vieja idea que ya estaba volviendo a ganar terreno: en un mundo incierto, algunos sectores son “estratégicos”, demasiado importantes para que sus países los encarguen al libre mercado y, por ende, merecedores de protección especial. La noción es atractiva en teoría, pero peligrosa en la práctica.
Nadie se pone de acuerdo sobre cuáles son. La definición más estrecha cubre actividades directamente vitales en la guerra: armas, acero y energía. Hasta en la integrada UE, la mayoría de países protege a sus empresas de defensa nacional. La definición más amplia incluye cualquier sector económico, dado que todos contribuyen con la capacidad defensiva del Estado. En Corea del Norte, todo es estratégico.
Muchas opiniones razonables se sitúan entre esos extremos. Estados Unidos y China tratan como estratégicas la producción de chips, la inteligencia artificial y la ingeniería genética. En Estados Unidos, el Comité para Inversión Extranjera (Cfius) analiza las implicancias en la seguridad nacional de transacciones que involucran a empresas locales, mientras que la UE ha pedido a sus miembros endurecer sus reglas sobre adquisiciones en sectores como servicios públicos y transporte.
En principio, tales reglas son sensatas. El problema comienza cuando su opacidad —las del Cfius son notoriamente difusas— permite a los políticos ampliar la definición de “estratégico” para incluir rubros que no están ligados a la sobrevivencia sino a la grandeza nacional. Por ejemplo, los gobiernos miman a aerolíneas deficitarias, pretextando que se trata de la relevancia estratégica de la aviación.
Muchas empresas codician la designación, pues puede ser un boleto para jugosos contratos (caso de Boeing), subsidios (caso de Huawei) y protección contra fastidiosos competidores foráneos. Casi cualquier empresa puede argumentar que sus productos merecen la distinción, pues en una crisis, ¿quién puede predecir qué será útil?
Sin embargo, los gobiernos deben resistirse a consentir a las empresas con demasiada generosidad, por dos motivos. Primero, protegerlas bajo argumentos de seguridad nacional es, como todo proteccionismo, oneroso. Por ejemplo, la industria de semiconductores tiene una cadena de suministro que incluye firmas ultraespecializadas en Taiwán, Japón, Corea del Sur y Países Bajos que invierten miles de millones en investigación. Hasta una superpotencia bregaría para replicar ese modelo dentro de sus fronteras; ni China ni Estados Unidos han podido.
Sería más sencillo hacerlo con fabricantes de medicamentos genéricos, pero están en ascenso cadenas de suministro globales eficientes. Revertir esto es costoso para consumidores y contribuyentes. También lo es la tendencia de las protegidas a la ineficiencia y el sobredimensionamiento, y —como ocurre con Boeing y su 737 MAX— a ser potencialmente peligrosas. Además, todo esto reduce su capacidad de responder con eficacia ante una crisis.
Segundo, los gobiernos que derrochan en proteccionismo estratégico corren el riesgo de alentar la lógica del dilema del prisionero: que las acciones de un país conduzcan a un mundo de nacionalismo y desconfianza. La actual pugna por equipamiento médico está causando escaramuzas incluso entre aliados. Alemania ha acusado a Estados Unidos de desviar embarques de mascarillas, y luego que la UE limitó la exportación de equipamiento médico, el presidente de Serbia, Aleksandar Vucic, declaró que la solidaridad europea “no existe”.
Mientras más países adopten tales políticas, otros sentirán que es racional hacer lo mismo. Esto genera el riesgo de dejar un mundo dividido para la próxima crisis, ya sea otra pandemia, otro crash financiero o un desastre lento como el cambio climático. Quizás ciertos sectores sean “estratégicos”, pero los gobiernos deben ungirlos con prudencia.
Traducido para Gestión por Antonio Yonz Martínez
© The Economist Newspaper Ltd, London, 2020
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