
Los resultados de las elecciones de Brasil del domingo dejan algo claro: el país está girando aún más a la derecha, y ni siquiera el histórico referente de la izquierda latinoamericana, Luiz Inácio Lula da Silva, parece capaz ya de detener ese avance.
Eso se ve en el resultado mejor al esperado de Flávio Bolsonaro. El hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, de 45 años, sorprendió a los encuestadores al superar a Lula por 47% a 45% en la primera vuelta de Brasil, lo que los lleva a un balotaje para el 25 de octubre.
Pero el giro resulta aún más evidente al observar las elecciones legislativas y locales: el Partido Liberal de Bolsonaro está en camino de tener el bloque más grande del Senado al inicio de una legislatura desde que el país adoptó la Constitución de 1988, y sus aliados ganaron o retuvieron estados clave, entre ellos São Paulo, Minas Gerais y Paraná.
La familia Bolsonaro ahora no solo tiene una posibilidad real de regresar a la presidencia —ningún candidato ha perdido un balotaje en Brasil después de terminar primero en la primera vuelta—, sino que además logró elegir al Congreso a otros dos hijos de Jair, a su esposa y a su hermano.

¿Qué explica un resultado tan sólido de una familia cuyo patriarca está bajo arresto domiciliario por conspirar para dar un golpe de Estado? El Partido de los Trabajadores (PT) de Lula seguramente puede ofrecer varias explicaciones: con casi 81 años, Lula parece y suena como un hombre de otra época; el presidente subestimó a su rival, incluso al negarse a asistir a un debate crucial con Bolsonaro días antes de la votación; los gobernantes en ejercicio están teniendo dificultades en todas partes; la economía no está precisamente en auge y el costo de vida está golpeando a los brasileños; la aprobación del gobierno de Lula se ha mantenido sistemáticamente por debajo del umbral de 50% necesario para ser competitivo; los escándalos en torno a la Corte Suprema han erosionado aún más su popularidad. Además, el presidente ha olvidado convenientemente que había prometido no volver a presentarse a la reelección.

Hay algo de todo eso. Pero esta votación también equivale a un rechazo fundamental a Lula, al PT y a sus ideas de izquierda. Brasil, históricamente un país conservador, se está volviendo cada vez más de derecha. El país tiene una población de mayor edad, es más rico y más religioso, con más trabajadores independientes y una menor influencia de los sindicatos que sustentaron la carrera política de Lula.
La delincuencia, la corrupción y el narcotráfico figuran sistemáticamente entre las mayores preocupaciones de los brasileños, asuntos para los que el PT ha tenido dificultades para ofrecer respuestas convincentes. La campaña dejó al descubierto a un partido atrapado en su burbuja ideológica y con problemas para atraer a los votantes independientes que necesita para ganar. Sus estrategas solo reaccionaron en los últimos días, al presentar medidas que olían a populismo y desesperación.
No hay mejor símbolo de este cambio estructural que ver a la mayor figura política del Brasil moderno luchando por derrotar a un senador poco inspirador que también ha quedado marcado por escándalos y acusaciones de corrupción.
“Si tuvieran que elegir entre mí y un genio, sería una cosa. Pero eso no es lo que está sobre la mesa”, dijo Lula a empresarios antes de la votación, desestimando a su rival. Pues bien, este supuesto no genio parece estar a punto de poner fin a la carrera política de más de 50 años de Lula.
El giro de Brasil hacia la derecha coincide con el cambio ideológico que hemos visto recientemente en América Latina. Un triunfo de Bolsonaro en el balotaje supondría la séptima victoria consecutiva de un candidato presidencial de derecha en la región durante el último año, una señal de que, más allá de los problemas que enfrentan los gobernantes en ejercicio, está en marcha un cambio filosófico más profundo. Es algo que agradará a la Casa Blanca







