La buena vida: entre la austeridad y el derroche

OPINIÓNJosé Ricardo StokPAD, UNIVERSIDAD DE PIURA

A menudo, encontramos en las noticias el reclamo que hacen gobernantes, ministros, dirigentes de algún sector de la sociedad que claman por una cuota de austeridad, como medio para enfrentar una grave crisis económica. Lamentablemente, lo hacen cuando la situación ya es de gran riesgo. Por lo general, escuchar a un dirigente hablar de la imposición de un plan de austeridad suele causar escalofrío; y en no pocos casos se originan violentas reacciones callejeras. Esto ocurre porque lo más frecuente es que se toque este tema cuando el agua llega al cuello.

Afortunadamente, el Perú está en una situación económica de crecimiento, con buena demanda laboral y con una población que tiene acceso a vivienda, salud, educación y, por qué no decirlo, a un ritmo de gasto y consumo como pocas veces se ha visto. La gran pregunta es si esto implica una mejora en su calidad de vida.

La experiencia confirma la fábula de la hormiga y la cigarra: la mejor manera de sobrellevar las crisis es teniendo la cautela de actuar con austeridad. El diccionario define "austero" como sobrio, morigerado, sin excesos.

Hace pocos días, fue el Papa Francisco quien sorprendió al mundo con varios gestos austeros y haciendo un llamado a recapacitar en este sentido. La familia no queda al margen de esto. Sin dejar de reconocer que en muchos casos el ingreso familiar está por debajo de lo requerido para solventar los gastos de primera necesidad, en otros, en cambio, el salario sí alcanza, pero muchas veces, tanto en uno como en otro, no existe una conciencia de moderación que permita decir no a los gastos superfluos.

Hoy en día parece que la palabra superfluo no existiera, ahogada por una publicidad y unos estilos fatuos y veleidosos de vida que llevan a una espiral de consumismo. También ocurre esto en muchas organizaciones que incurren en gastos que, en una situación levemente ajustada, ni siquiera se pensaría realizar. En ocasiones, pareciera que es vista con buenos ojos una cultura donde no tiene cabida la austeridad, donde el desembolso indiscriminado y la ostentación parecen indicadores de la buena imagen de una empresa. Es la lucha entre el tener y el ser; si no se vive como se piensa, se termina pensando como se vive. No nos engañemos: no hay que confundir lo morigerado con lo tacaño o con la carencia; la diferencia es clara. Un millonario puede ser mesurado en sus gastos, mientras que una persona pobre puede derrochar lo poco con que cuenta. Hasta el más adinerado es capaz de ceñirse el cinturón sin caer en la tacañería. Puesto que ser austero no es otra cosa que una virtud que independiza a las personas de las cosas.

Las pequeñas como las grandes empresas deben "educarse" en el concepto de austeridad. En ellas, el criterio para discernir gastos es un factor clave para una buena gestión. Por un lado, ver en qué y cómo se gasta; por otro, evaluar cuáles son los gastos que generan valor y cuáles aquellos que no lo aportan. Es importante tener en cuenta que un recorte no siempre es sinónimo de no gastar, sino también de emplear adecuadamente los recursos –medida que, además, puede engendrar innovación para beneficio de la compañía.

Adicionalmente, la realidad de muchas personas que aún están en pobreza, constituye un reclamo silencioso que interpela nuestra conciencia y anima a la solidaridad. Hay que aprender a no gastar innecesariamente, hay que aprender a ahorrar y a dar.

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