
Soy directora de empresas. Hice una carrera, llegué a directorios, presidí un gremio ocho años. Confieso que esa trayectoria me volvió algo ciega: cuando una llega, es fácil creer que el camino –duro, pero transitable– es más o menos el mismo para todas. No lo es. Mi realidad tiene poco que ver con la de la mujer peruana promedio.
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Hace unas semanas Carolina Trivelli escribió en estas páginas sobre la caída del Perú en el Global Gender Gap Report del Foro Económico Mundial: bajamos 37 puestos en un solo año, del 57 al 94, los últimos de América Latina. Ella señaló, con razón, los aspectos más visibles de ese retroceso: directorios con pocas mujeres, gabinetes casi sin ellas, paneles solo de hombres.
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Ser mujer en el Perú es difícil, y las excepciones somos eso: excepciones. Por eso quiero continuar el punto de Carolina y hablar de la escalera –esa que muchas peruanas no encuentran porque nunca se construyó bajo sus pies–.
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Empieza temprano. En el campo, una de cada cuatro mujeres mayores de quince años no sabe leer ni escribir. No es un problema del siglo pasado: es hoy. Una niña que no aprende a leer no elige su vida; la vida la elige a ella.
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Sigue en la adolescencia. El embarazo adolescente bajó a 7.4%, una buena noticia, hasta que se mira de cerca: en la ciudad es 5.4%, pero en el campo trepa a 16.3%, el triple. En partes de la Amazonía, peor aún. Y detrás del promedio hay algo que no debería existir: casi dos mil partos de niñas de entre diez y catorce años en un año. Niñas. Esa adolescente, madre tras una violación, casi nunca vuelve al colegio, y la escalera, que ya era corta, se parte ahí.
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Continúa en el trabajo. Más de tres de cada cuatro trabajadoras peruanas están en la informalidad: sin contrato, sin seguro, sin aportes. Las que tienen empleo formal ganan cerca de un cuarto menos que un hombre por el mismo trabajo. Si tienen un hijo, muchas veces las despiden, y volver a emplearse con niños pequeños es una carrera de obstáculos que los hombres no corren.
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Y termina donde era previsible desde el primer peldaño que faltó. En las zonas rurales, más del 99% de las personas mayores no recibe pensión alguna. Una mujer que trabajó toda su vida –en la chacra, en la casa, en la informalidad– llega a la vejez sin nada propio. La desigualdad funciona como interés compuesto: cada brecha temprana paga, décadas después, una brecha mayor.
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Nada de esto es casual ni destino. Es una escalera que decidimos no construir, peldaño por peldaño. Y cuando el país la reclama, todavía hay quien dice que es “una agenda de mujeres”. No lo es. Un país que desperdicia la mitad de su talento no está defendiendo ninguna tradición: se está disparando al pie.
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Que el próximo reporte del Foro nos encuentre recuperando esos 37 puestos. Pero, sobre todo, construyendo la escalera para las que vienen detrás, no celebrando que unas pocas logramos trepar sin ella.
Leonie Roca es directora de empresas.







