Los papeles cambiantes y crecientes de los bancos centrales independientes requieren una reconsideración de su mandato
Mientras en nuestro país las narrativas económicas dominantes en torno a nuestro banco central es que todo es maravilloso e inmejorable, en el mundo hay una discusión sobre el rol y funciones de los institutos emisores. Lo anterior en particular en sus relaciones con los gobiernos, la sociedad y los retos del futuro.
Efectivamente, por el momento, se han reducido las presiones inflacionarias globales, pero habría que evaluar si esto se ha realizado al menor costo (productivo, de empleo, distributivo y fiscal). Sobre este tema, como en otros, debe primar tanto un enfoque de mejora continua sin dejarnos llevar por el conformismo, como sistémico evaluando sus impactos integrales. Los bancos centrales no son islas.
Autores
Los autores del artículo original son Charles Goodhart y Rosa Lastra. El primero es profesor emérito de la London School of Economics and Political Science; mientras que la segunda es profesora de la Cátedra Sir John Lubbock de Derecho Bancario, Centro de Estudios de Derecho Comercial, del Queen Mary University of London, Londres. Se público en inglés en 2024 y en español en octubre-diciembre de 2025.
En el documento original se analiza el porqué de los papeles cambiantes y crecientes de los bancos centrales independientes requieren una reconsideración del mandato. Lo interesante del artículo es que es una mirada desde la economía estándar, no de la vertiente radical. https://www.eltrimestreeconomico.com.mx/index.php/te/article/view/3178
Estructura
El artículo original se divide en cuatro secciones. En la primera sección se analiza el contexto de las teorías económicas vigentes y la situación macroeconómica que a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990 condujeron a adoptar una combinación de banca central más autónoma, con independencia operativa, y el mandato de alcanzar una meta de inflación, como medio para mantener la estabilidad de precios. Se explican cómo las condiciones económicas subyacentes hicieron que el funcionamiento de dicho sistema fuera tan distinto, y mucho más sencillo, del que se había previsto inicialmente.
Por otra parte, en la segunda sección se describe cómo una serie de acontecimientos llevaron a incorporar objetivos adicionales para los bancos centrales más allá de la estabilidad de precios: estabilidad financiera, gestión de crisis y cambio climático. En la tercera sección se analiza cómo la Covid-19 y las medidas utilizadas para contrarrestarla, así como la guerra de Ucrania, han aumentado la presión sobre los bancos centrales, y también han forzado a reformular la relación entre el Tesoro (ministerio de Finanzas) y el banco central.
Por último, en la cuarta sección, a la luz del panorama descrito en las secciones anteriores se plantea que la separación de las operaciones de las políticas monetaria y fiscal requiere una reconsideración y, quizás, una reformulación. Goodhart y Lastra recomiendan un nuevo acuerdo institucional que reconozca que las medidas deben coordinarse, sin menoscabar las virtudes de la independencia del banco central.
Antecedentes
Los autores inician su documento planteando un reto del futuro inmediato. Anotan que una cuestión que está surgiendo actualmente es que las energías renovables, solar y eólica, son mucho más sensibles al costo de capital que los combustibles fósiles, puesto que sus insumos son casi gratuitos y el costo de construcción (es decir, el capital) representa prácticamente el costo total.
De ahí, que el sector verde disponga de un argumento muy sólido para alcanzar la meta de emisiones netas cero más rápidamente. Al respecto, se debería subvencionar el costo de capital para la construcción de proyectos de energías renovables. La sugerencia entonces es que el banco central debería estar listo para proporcionar dicho subsidio, en el mismo sentido que las operaciones de financiación a más largo plazo con objetivo específico del Banco Central Europeo.
Estas últimas son operaciones del Eurosistema que proporcionan financiamiento a las instituciones de crédito. Al ofrecer a los bancos financiamiento a largo plazo en condiciones atractivas, mantienen condiciones favorables de préstamo para los bancos y estimulan el crédito bancario a la economía real. La respuesta a esto, sin embargo, es que cualquier decisión de este tipo es inherentemente política. Si los políticos quisieran esto, tendrían que modificar el mandato del banco central. Este último no podría, ni debería, hacerlo por su propia cuenta.
Recordatorio histórico
Goodhart y Lastra señalan que los bancos centrales son criaturas de la historia. Sus mandatos se han ajustado con el tiempo desde la fundación de los primeros bancos centrales, el Riksbank y el Banco de Inglaterra, en el siglo XVII. Desde la financiación de guerras hasta la estabilidad del dinero y la banca prudencial (en términos modernos, estabilidad monetaria y financiera), la evolución de los objetivos y las funciones de los bancos centrales se caracteriza por su carácter dinámico.
El énfasis en la estabilidad de precios (en sí mismo un mandato limitado) debe entenderse en el contexto histórico de la última parte del siglo XX. Desde principios de la década de 1990 se desarrolló un consenso en torno a un modelo de banca central de acuerdo con la regla de Tinbergen de una agencia, un objetivo principal (la estabilidad de precios) y un instrumento principal (las medidas sobre las tasas de interés). Esto se convirtió en la norma. Sin embargo, el consenso en torno a este modelo comenzó a fragmentarse con la crisis financiera internacional 2007-2009 y después con la pandemia de la Covid-19 y la guerra entre Rusia y Ucrania.
Reconsiderar vínculos
Los autores sostienen que dicha separación entre la política monetaria y fiscal requiere una reconsideración y, quizás, una reformulación. Se planteó que, en el pasado, al establecer los instrumentos de política monetaria, el Comité de Política Monetaria concerniente de cada país debe considerar la política fiscal como dada y no debe expresar ninguna crítica a ella, al menos en público. De igual manera, se supone que los funcionarios de los ministerios de Finanzas no debían hacer comentarios ni críticas sobre la gestión de la política monetaria.
Sobre esta última crisis inflacionaria señalan que en la medida en que las perturbaciones que afectaron la economía fueron principalmente de demanda, el logro de la meta de inflación conduciría también a lograr una brecha de producción (entre capacidad productiva y producción) de equilibrio estable. En ese caso, la política fiscal no necesita ocuparse de los problemas de estabilización, sino que podría centrar su atención en cuestiones relacionadas con la asignación de recursos y la distribución del ingreso.
Al anticipar la posibilidad de futuros déficits fiscales y cambios en la deuda del sector público como porcentaje del PBI, los organismos responsables de estos podrían operar en el supuesto de que la inflación se mantendrá dentro del objetivo en años venideros y que, con ello, las tasas de interés nominales y reales permanecerán estables, de preferencia bajas, como en los últimos años previos a la crisis reciente.
Antigua separación
Goodhart y Lastra anotan que esta separación formal funcionó en verdad bastante bien hasta hace poco, independientemente de la visión de que la crisis financiera internacional sobrevino en parte como resultado de una supervisión financiera inadecuada, que en muchos países era responsabilidad del banco central.
Dicho esto, los bancos centrales reaccionaron en forma rápida y eficaz a esa caída. Aunado a esto, la inflación desde la década de 1990 hasta 2021 se mantuvo, en promedio, extraordinariamente cercana al objetivo. Además, salvo la crisis financiera mundial, la brecha de producción se mantuvo baja. Tras un periodo de crecimiento exitoso durante la Gran Moderación (1986-2006) el crecimiento conjunto se volvió algo decepcionante, pero esto difícilmente podría atribuirse a la política monetaria o a la separación de políticas.
Nuevo contexto
Sin embargo, anotan los autores, en los últimos dos años, el contexto, y con él la separación de políticas, se ha vuelto mucho más difícil de sostener. En primer lugar, las conmociones recientes, como la pandemia de la Covid-19 y con más intensidad la guerra de Ucrania, han sido en gran parte perturbaciones claras de oferta más que de demanda.
Esto hace mucho más difícil llevar a cabo la política monetaria, ya que la restricción sobre la demanda en presencia de una perturbación de oferta agrava todavía más la caída de la producción. Se tiene que elegir entre la recesión y reducir la inflación; la elección es, sin duda, política.
En segundo lugar, desde la crisis financiera internacional, la política monetaria no fue capaz, por sí sola, de traer la inflación de vuelta al objetivo ni de mantener un nivel satisfactorio de producción sin la ayuda de una política fiscal expansiva. En gran medida, esto se debió al límite inferior efectivo de las tasas de interés nominales. Como resultado, el déficit fiscal aumentó marcadamente y la relación de deuda del sector público al PBI se incrementó de manera abrupta a partir de 2008, hasta niveles que sólo se habían observado en el caso excepcional de las guerras.
Sin embargo, hasta hace un par de años, esta proyección de un déficit y una deuda del sector público siempre crecientes causó poca alarma. La razón fue que el crecimiento, a pesar de ser bastante anémico, de poco más de 1% anual, fue superior a las tasas de interés, que se mantuvieron histórica y excepcionalmente bajas, en términos tanto nominales como reales, lo cual no llevó a un incremento en la relación del servicio de la deuda al PBI en absoluto.
Escenario posible
Si la inflación se mantiene alta, comentan Goodhart y Lastra, intentar restringir la demanda para que la inflación vuelva al objetivo menguaría inevitablemente los ingresos fiscales y aumentaría ciertos gastos, como las ayudas para el desempleo, lo que agravaría el déficit primario. Al mismo tiempo, el enérgico aumento de las tasas de interés, ahora muy superiores al crecimiento, conduciría a un incremento, potencialmente masivo, de la carga del servicio de la deuda.
Esto podría traer los problemas de sostenibilidad de la deuda de casi cualquier economía avanzada de nuevo al centro de la discusión. El enorme aumento posterior de las necesidades de financiamiento podría desestabilizar el mercado de deuda soberana. Un incremento abrupto, sobre todo si es desordenado, del rendimiento de la deuda pública a largo plazo sólo empeoraría la situación, por lo que el banco central podría verse obligado a intervenir (de nuevo) para monetizar (comprar) la deuda.
Conclusión
En otras palabras, finalizan los autores, el banco central ya no puede esperar a cumplir con éxito su mandato de estabilidad de precios sin el apoyo de un grado adecuado de consolidación fiscal. Su conclusión es que el nivel previo de separación entre la política monetaria y la fiscal ya no puede mantenerse. Se necesita reconsiderar la estructura institucional para permitir un nivel apropiado de coordinación entre ambas ramas de la política.
La manera en que esto podría llevarse a cabo, ya sea mediante enmiendas a las cartas de mandato que el canciller envía al Banco de Inglaterra, cambios en la naturaleza de las consultas abiertas que hace el Banco sobre sus propuestas de política (de informales a formales), intercambios de su personal, alcances del trabajo de la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria o mediante otros mecanismos, requiere considerarse con cuidado para preservar las virtudes de la independencia del banco central, y necesita ser un tema más investigado.

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