
Entre el 2004 y el 2019, el Perú vivió el periodo de crecimiento económico más importante de su historia. Una época en la que la pobreza pasó de afectar a más de la mitad de la población a menos de un cuarto y a la que seguimos remitiéndonos para subrayar la importancia de la inversión privada y la estabilidad política para el desarrollo.
Se llegó a hablar, incluso, del “milagro peruano”. Y su fórmula, de un Banco Central independiente con un manejo macroeconómico responsable, puertas abiertas a la competencia, libre comercio y procesos democráticos que duraban lo que debían (ni más ni menos), era vista por otros países como algo digno de replicar.
En los últimos años, sin embargo, con la seguidilla de crisis políticas, la pandemia y un contexto internacional complejo, perdimos el impulso. En la última década, la pobreza pasó de 20.7% en el 2016 a 25.7% en el 2025 y nuestro crecimiento promedió 2.3% al año, frente al 5.8% entre el 2004 y el 2015. Entre el 2016 y el 2025, además, las expectativas empresariales a tres meses, medidas por el BCR, promediaron 48.1 puntos, por debajo del umbral de 50 que separa el optimismo del pesimismo y pasaron 35 meses seguidos en terreno pesimista (entre abril del 2021 y febrero del 2024), el periodo más largo del que se tiene registro. Entre el 2002 y el 2008, en contraste, el promedio fue de 62.8 puntos.
Pero los vientos están cambiando. Las expectativas empresariales promediaron 58.4 puntos entre junio y agosto y el riesgo país, medido por el EMBIG Perú de JP Morgan, registra sus niveles más bajos desde el 2007. El cobre, principal pilar de nuestra cartera exportadora, alcanzó US$ 6.57 la libra en septiembre, su precio nominal más alto de la historia. Una excelente noticia, considerando que el año pasado nuestra producción alcanzó un récord de 2.49 millones de toneladas y las exportaciones del metal sumaron US$ 28,900 millones. Pero la mejor noticia es la inversión privada, que creció 10% en el 2025 y que, según el BCR, crecería 14% en este 2026.
¿Bastan estas condiciones para retomar el “milagro”? Más que hacer pronósticos o entusiasmarnos, conviene entender este momento como una gran oportunidad. No solo para revivir los beneficios que aquella época trajo en crecimiento y reducción de la pobreza, sino para hacer mejor algunas cosas vitales para la calidad de vida de los peruanos.
Para empezar, está El Niño, cuyos efectos ya se sienten. A la atención de la emergencia debe seguirle un fuerte impulso a la reconstrucción, con los sectores público y privado trabajando juntos en beneficio de las zonas golpeadas, sus ciudadanos y sus negocios. No podemos repetir la historia de desastres que desembocaron en procesos de remediación que nunca terminaron.
Superada la emergencia, la mirada debe recaer en problemas estructurales que arrastramos como malas tradiciones. El primero es la debilidad de nuestras instituciones, el canal para que las políticas y los servicios públicos lleguen a las personas. Un inversionista puede tolerar un ciclo adverso, pero difícilmente reglas de juego que cambian cada año. La predictibilidad es lo que permite que un proyecto minero, una fábrica o un pequeño negocio se atrevan a apostar a largo plazo. Y del otro lado del mostrador está el ciudadano, que necesita una justicia que resuelva sus problemas, un hospital que lo atienda y un policía que lo proteja.
El segundo es la informalidad. Siete de cada diez trabajadores peruanos siguen en ella, según el INEI, una proporción que ni los mejores años del “milagro” lograron cambiar. En el Encuentro Regional de Desarrollo de Credicorp de hace unas semanas, Liliana Rojas-Suárez lo describió bien: el crecimiento es el talón de Aquiles de América Latina y la informalidad, con su bajísima productividad, es una de sus principales culpables. Cualquier apuesta por el futuro exige una reforma laboral que promueva la formalización con incentivos, no con castigos: reducir los costos de la formalidad, simplificar los regímenes tributarios y el registro de empresas y facilitar el acceso de las pequeñas empresas al financiamiento y la tecnología. La formalidad, en fin, tiene que ser conveniente.
En buena cuenta, tenemos ante nosotros una oportunidad que no podemos desaprovechar. Los vientos están a nuestro favor, no solo para acercarnos a las cifras del “milagro peruano”, sino para hacerlo lograr una revancha: convertir estos logros en una mejor calidad de vida para los peruanos y en un desarrollo sostenido, no en un fenómeno temporal.
Galantino Gallo es CEO de Credicorp Capital.







