Se avecina un gran reequilibrio: ¿quién asumirá los costes de un ajuste del comercio mundial?
Sin menoscabo de los graves problemas que nos aquejan en la actual coyuntura, el nuevo Poder Ejecutivo continua en la senda de los anteriores, sin visión de país, enfocándose exclusivamente en el corto plazo y en mirarse al ombligo soslayando los serios retos internacionales. La lista de estos últimos es larga, misma que nos obliga a trabajarlos desde ahora.
Los desequilibrios comerciales que caracterizan la economía global son fundamentalmente insostenibles. China, Alemania y algunas otras economías mantienen grandes y persistentes superávits comerciales, mientras que EE.UU absorbe gran parte de estos superávits registrando el mayor déficit comercial del mundo. Tarde o temprano, algo tendrá que ceder, afirma Pettis.
Para una economía avanzada y con abundante capital como la de EE.UU, un déficit comercial prolongado conllevará un aumento del desempleo o de la deuda, ninguno de los cuales es sostenible en el largo plazo.
El autor del artículo que da origen a esta nota es de Michael Pettis, investigador senior de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional. Experto en la economía china, Profesor de finanzas en la Escuela de Administración Guanghua de la Universidad de Beijing. Este se publicó en Foreign Affairs el 28 de agosto de 2026. https://www.foreignaffairs.com/united-states/great-rebalancing-coming
Teoría y realidad
Pettis inicia señalando que, en teoría, las principales economías con superávit y déficit podrían acordar un ajuste coordinado en el que los países con superávit expandirían la demanda interna y los países con déficit reducirían gradualmente su dependencia del consumo financiado con deuda, permitiendo que los desequilibrios disminuyan sin una fuerte contracción de la demanda global; eso sería lo sensato.
Sin embargo, dado que los principales actores discrepan sobre las causas de los desequilibrios, es improbable que lleguen a una solución. China los atribuye al consumo excesivo y a los déficits fiscales de Estados Unidos; EE.UU culpa a las políticas industriales, comerciales y cambiarias extranjeras; y Europa aún no ha llegado a un diagnóstico coherente.
Soluciones contradictorias
Como resultado, todos han propuesto soluciones contradictorias. Beijing quiere que los países con déficit ahorren más y sin modificar su modelo de crecimiento. Washington quiere que los países con superávit reduzcan sus excedentes redistribuyendo la renta al sector de los hogares y aprecien sus monedas. Los líderes europeos siguen abogando por la cooperación multilateral y el comercio basado en normas.
La historia demuestra que los desequilibrios comerciales de esta magnitud casi siempre terminan de forma dolorosa, y que el impacto del ajuste no se distribuye de manera uniforme. Un alto nivel de deuda, combinado con una baja productividad, aumenta la probabilidad de que un país soporte la carga de un ajuste comercial, pero el poder económico y político también le proporciona las herramientas para transferir esa carga a otros.
Entre los tres principales actores económicos actuales, China —según Pettis— sería el más vulnerable, EE.UU tiene la mayor capacidad para reducir su exposición, y Europa posee un poder latente, pero una dudosa capacidad para utilizarlo. Ninguna de sus maniobras para protegerse probablemente reducirá el riesgo ni el costo total de una crisis. La pregunta es quién sufrirá las peores consecuencias cuando esta llegue.
Historias recientes
Pettis recuerda que, durante el último siglo, han surgido periódicamente grandes y persistentes desequilibrios comerciales, y rara vez son benignos. Un episodio de este tipo ocurrió durante la década de 1920, cuando un aumento en la productividad estadounidense no estuvo acompañado de un aumento de los salarios (problema distributivo). La producción superó con creces el consumo y EE.UU registró enormes superávits comerciales. Europa registró los déficits correspondientes que se financiaron con deuda para reconstruir sus economías devastadas por la guerra y el pago de reparaciones de guerra en el caso Alemania.
La deuda interna estadounidense también aumentó rápidamente, en gran parte para financiar el consumo y la especulación con activos (que generó una gran burbuja que explotó, misma que comentamos la semana pasada). Ante la persistencia de los desequilibrios y la expansión de la industria manufacturera estadounidense a expensas de la europea, las presiones proteccionistas se intensificaron. Francia devaluó su moneda en 1927, el Reino Unido abandonó el patrón oro en 1931, y Alemania impuso restricciones a las importaciones y racionó el acceso a divisas extranjeras.
El ajuste se produjo en forma de un colapso del comercio mundial durante la Gran Depresión en los 1930s. Casi todas las principales economías sufrieron la contracción, pero no por igual. Aquellas con grandes déficits, como el Reino Unido, se recuperaron más rápidamente y sufrieron dificultades financieras menos graves que EE.UU, que absorbió una parte desproporcionada de los costos. Las exportaciones estadounidenses cayeron más rápido que las importaciones, la inversión nacional se desplomó, los bancos quebraron y las quiebras se dispararon. Los desequilibrios comerciales a gran escala casi siempre terminan de forma dolorosa.
Años 1950-1960
Según Pettis durante las décadas de 1950 y 1960, EE.UU volvió a registrar superávits muy elevados, mientras que Europa y Japón presentaban déficits correspondientes. Al igual que en la década de 1920, estos déficits financiaron la reconstrucción de las economías de posguerra.
Sin embargo, a diferencia del período anterior, los gobiernos mantuvieron estrictos controles sobre los flujos de capital e importaron capital principalmente para financiar inversiones que generaran suficientes ingresos futuros para cubrir las obligaciones asociadas. Como resultado de estas condiciones inusuales, los desequilibrios comerciales desaparecieron gradualmente sin que ningún país sufriera graves consecuencias.
América Latina y Japón
Otro episodió ocurrió en América Latina a partir de las crisis petroleras de los años setenta recuerda Pettis. Los petrodólares se prestaron a América Latina y otras economías en desarrollo, lo que finalmente condujo a monedas sobrevaloradas y grandes déficits comerciales. A principios de la década de 1980, el aumento de las tasas de interés mundiales hizo que su deuda fuera insostenible. Las crisis de deuda resolvieron los desequilibrios comerciales, pero dejaron a los países con déficit con grandes problemas. Los costos del ajuste fueron: recesión, inflación, austeridad y décadas de crecimiento perdido.
El siguiente caso se desarrolló a finales de la década de 1970 y 1980. El crecimiento de la productividad japonesa superó el de los salarios durante este período, y el país comenzó a registrar enormes superávits comerciales. Lo mismo ocurrió en Alemania, lo que permitió que su sector manufacturero se volviera cada vez más competitivo a nivel internacional. Como contrapartida Reino Unido y EE.UU registraron déficits.
Las presiones proteccionistas aumentaron progresivamente, culminando en el Acuerdo Plaza de 1985, en el que las principales economías del mundo acordaron apreciar el yen y el marco alemán frente al dólar en un esfuerzo por reducir los desequilibrios comerciales. Sin embargo, una verdadera solución a estos desequilibrios no llegó hasta la crisis económica de Japón en la década de 1990, que provocó el desplome de los precios de los activos, una deflación persistente y años de estancamiento.
Crisis asiática y europea
El capital extranjero fluyó hacia un grupo de economías del este de Asia. Estas economías desarrollaron grandes déficits comerciales, que se compensaron con superávits en Japón, países europeos y China. Si bien su deuda interna y externa aumentó rápidamente, el proteccionismo se mantuvo limitado. Aun así, cuando la confianza de los inversores se quebró en 1997, el ajuste fue rápido y brutal.
Finalmente, entre 2002 y 2008, Alemania acumuló grandes superávits tras implementar reformas laborales que redujeron el crecimiento salarial en relación con el crecimiento de la productividad y provocaron un enorme aumento del ahorro. Exportó cada vez más a Grecia, Portugal, España, que a su vez acumularon déficits financiados por una deuda creciente. Cuando la crisis financiera mundial de 2008 desencadenó la crisis de la eurozona, los países con déficit sufrieron crisis de deuda soberana, desempleo, austeridad y un estancamiento prolongado.
Lógica y opciones
Pettis anota que, si un país con superávit utiliza sus elevados ahorros para financiar inversiones productivas tanto a nivel nacional como internacional, el desequilibrio puede persistir durante muchos años sin causar graves trastornos económicos. Pero si el exceso de ahorro financia inversiones improductivas o impulsa un elevado consumo de los hogares, burbujas de activos o déficits fiscales persistentes en las economías de sus socios comerciales, todo el sistema se vuelve cada vez más inestable.
Que sean las economías con superávit o déficit las que asuman esos costos también puede depender de qué parte tenga mayor capacidad para utilizar políticas comerciales, financieras o cambiarias para obligar a la otra a ajustarse. Los países con déficit suelen soportar los costos cuando son políticamente débiles e incapaces de financiarse de forma independiente, defender sus monedas o restringir los flujos de capital y comercio sin desencadenar una crisis financiera.
Los países con superávit corren riesgo, por otro lado, cuando los países con déficit tienen economías y sistemas políticos lo suficientemente fuertes como para reducir sus propios déficits restringiendo las importaciones, limitando las entradas de capital, depreciando sus monedas o impidiendo de otro modo que los países con superávit exporten sus ahorros excedentes.
La principal conclusión para los gobiernos hoy en día es doble. Primero, el país donde la deuda ha aumentado más sin un incremento correspondiente en la capacidad productiva es el que corre mayor riesgo. Segundo, los países involucrados en el desequilibrio comercial pueden tomar medidas para trasladar los costos del ajuste a otros, pero su éxito depende en gran medida de su poder económico y de su capacidad para ejercerlo.
El ajuste
Los desequilibrios comerciales globales actuales son inusualmente grandes, y el ajuste que se avecina probablemente será difícil. China parece ser — según Pettis— el país más vulnerable. Su carga de deuda ya se encuentra entre las más altas del mundo y ha financiado inversiones que han generado rendimientos económicos cada vez menores, incluyendo un exceso de bienes raíces residenciales, infraestructura subutilizada y una capacidad de producción que supera con creces la demanda.
Es casi seguro que China intentará trasladar la mayor parte posible de esta carga a sus socios comerciales. Tiene todos los incentivos para mantener el mayor superávit comercial posible durante el mayor tiempo posible, permitiendo que el exceso de producción se absorba en el extranjero en lugar de forzar una contracción de la producción y el empleo nacionales. De este modo, China puede distribuir el ajuste a lo largo de muchos años a medida que se va reduciendo gradualmente.
Que Beijing pueda transferir los costes del ajuste depende de la disposición del resto del mundo a absorberlos. EE.UU tiene el poder económico para reducir su déficit (aunque afectando a sus consumidores en el corto plazo). Asimismo, si utiliza la política industrial para expandir la capacidad manufacturera nacional y ejerce un mayor control sobre su comercio y los flujos de capital mediante aranceles y otras medidas restrictivas, China y otras grandes economías con superávit no podrán mantener sus superávits.
Tendrían que reducir esos superávits con una dolorosa contracción de la producción nacional o encontrar nuevos importadores entre los países que sigan dispuestos y capacitados para absorberlos —con aumento de la deuda, desindustrialización o menor crecimiento—. China y los otros superavitarios se enfrentarían a una combinación de menor crecimiento, mayor desempleo, caída de la inversión y dificultades financieras que también nos afectarían a todos.
Colofón
Pettis profundiza en la posibilidad de una crisis global a partir de China, pero soslaya su gran capacidad de reconversión —desde 1978—, desarrollo tecnológico y un gran potencial de su mercado interno. En cambio, en EE.UU los atisbos de política industrial de Trump son recientes, luego de denostar los realizados por Biden.
Sirva esta reflexión final para recordarnos otra fuente de crisis económica internacional que nos obliga a mirar hacia y desde adentro. Así como para que el Perú mantenga el balance con las grandes potencias del mundo y reformule la naturaleza de sus relaciones con estos, a diferencia de lo que hicieron desafortunadamente los gobiernos anteriores recientes y que continúa el actual.

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