La caja azul
La caja azul transita la Patagonia como si el misterio ya hubiera sido resuelto antes de empezar. Su premisa tiene un punto de ironía contemporánea: Pablo, un hombre adinerado, solitario y apartado del mundo, conoce a Lara a través de una aplicación de citas. En estos tiempos, parece decir la película, ni siquiera el aislamiento más obstinado está a salvo del algoritmo. Hasta el hombre que ha elegido perderse en un rincón inhóspito puede ser tentado por una pantalla.
Pablo, interpretado con solvente contención por Gustavo Bassani, vive rodeado de una naturaleza que parece prolongar su propio encierro interior. Su existencia, austera y silenciosa, se altera con la llegada de Lara, encarnada por Luisana Lopilato. Ella no aparece como una simple visitante ni como una mujer arrastrada inocentemente por el azar, sino como una estafadora que ve en Pablo una oportunidad concreta: acercarse a él, ganarse su confianza y hacerse con su fortuna, todo por encargo. La aplicación de citas funciona así como puerta de ingreso a una operación calculada, aunque envuelta en la apariencia del deseo. En medio de esa relación ambigua aparece la caja azul, un juego de preguntas, secretos y revelaciones que promete desnudar verdades incómodas, pero que también sirve para medir fuerzas, manipular silencios y tantear vulnerabilidades.
Allí la película encuentra sus mejores posibilidades. La Patagonia no funciona como decorado turístico ni como postal de exotismo austral. Es, más bien, una extensión metafórica de Pablo. Los espacios abiertos, el viento y la sensación de distancia con el mundo dialogan con un personaje que parece haber elegido el margen como refugio y castigo. La naturaleza aparece como un personaje más. Cada paisaje intensifica la soledad de Pablo, como si el entorno lo protegiera y al mismo tiempo lo condenara a permanecer encerrado en sí mismo.
Para Lara, en cambio, ese territorio inhóspito posee otra textura. La Patagonia se le presenta como un espacio excitante, casi como el escenario ideal para una apuesta mayor. Donde Pablo encuentra refugio, ella percibe posibilidad. Esa diferencia de relación con el paisaje resulta sugerente, porque convierte el entorno en una trampa de doble filo. La misma lejanía que facilita el engaño puede convertirse también en su perdición. Lara se interna en un territorio que cree dominar por astucia, sin advertir del todo que la soledad ajena, cuando se vuelve paisaje, también puede volverse amenaza. En ese sentido, Pablo también es una amenaza.
Las actuaciones sostienen buena parte del interés. Bassani compone a Pablo desde la contención, con un trabajo físico y emocional de gestos mínimos. Su personaje carga una fragilidad opaca, una mezcla de cansancio, desconfianza y deseo de contacto que vuelve verosímil su exposición ante Lara. Lopilato, por su parte, aporta una energía más calculadora. Su presencia introduce seducción y peligro. La película funciona mejor cuando observa esa tensión entre ambos, cuando deja que el vínculo respire en sus miradas, pausas y pequeñas negociaciones.
El problema es que La caja azul confía demasiado en mecanismos narrativos conocidos. La estafadora, el hombre solitario, el secreto, el juego revelador, el paisaje aislado, la progresiva inversión de poder. Todo está dispuesto con corrección, pero también con una familiaridad que le resta filo. Sus giros argumentales son previsibles y muchas de sus revelaciones llegan cuando el espectador ya las ha intuido. Hodara maneja el clima con solvencia, aunque rara vez consigue quebrar las expectativas del género.
Queda, entonces, una película cuidada, con buenas actuaciones y un uso expresivo del paisaje, pero demasiado dependiente de fórmulas ya visitadas. La caja azul tiene atmósfera, tiene presencia, tiene algunos símbolos eficaces. Le falta, sin embargo, esa torsión capaz de convertir lo reconocible en inquietante. Al final, la sensación es la de haber visto una historia correcta sobre el engaño y la soledad, aunque narrada como si el cine ya nos la hubiera contado demasiadas veces.

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