El mago del Kremlin
La megalomanía rara vez avanza sola. Detrás de cada figura que aspira a moldear una nación a su imagen suele existir una constelación de operadores, estrategas y asesores capaces de convertir una ambición personal en un proyecto de alcance histórico. El mago del Kremlin, dirigida por Olivier Assayas, explora precisamente ese territorio. Más que una película sobre Vladímir Putin, se trata de una reflexión acerca de quienes construyen el relato que sostiene a los poderosos, de aquellos personajes que trabajan en la penumbra mientras otros ocupan el centro del escenario.
Assayas se aventura en su primera película íntegramente en inglés para examinar el ascenso de Putin, un hombre carente de carisma popular, distante de la cercanía que suelen exhibir los líderes capaces de movilizar multitudes, aunque impulsado por una voluntad férrea de restaurar el autoritarismo ruso y recuperar la influencia geopolítica de otros tiempos. El director francés evita la mirada biográfica convencional y encuentra una perspectiva más sugerente. La historia avanza a través de Vadim Baranov, asesor ficticio del futuro mandatario y auténtico protagonista del relato.
El personaje posee una inspiración reconocible en Vladislav Surkov, ideólogo y político ruso asociado a la construcción de buena parte del aparato discursivo del Kremlin durante los primeros años del siglo XXI. A partir de esa referencia, la película imagina las confesiones de una eminencia gris que observa el funcionamiento del poder desde las entrañas del sistema. Baranov reconstruye su experiencia frente a un periodista y académico estadounidense interpretado por Jeffrey Wright, recurso narrativo que permite organizar la historia mediante una sucesión de flashbacks donde el pasado adquiere el peso de una confesión y de un ajuste de cuentas.
El recorrido histórico ocupa un lugar central. Assayas se detiene en la transición que siguió al derrumbe de la Unión Soviética y describe el complejo escenario heredado por los gobiernos de Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin. La perestroika aparece como una promesa de apertura que produjo transformaciones profundas y consecuencias contradictorias. Mientras una parte de la sociedad descubría nuevas oportunidades económicas, otra enfrentaba procesos de precarización que alteraron su vida cotidiana. En paralelo surgió una generación de nuevos ricos fascinados por el estilo de vida occidental, por sus formas de consumo y por sus modelos empresariales. Esa fractura social constituye uno de los fondos más interesantes de la película.
El mago del Kremlin observa cómo una nación busca redefinirse tras el colapso de un sistema político y económico. En ese contexto emerge Putin, antiguo jefe de los servicios secretos rusos, figura capaz de comprender el valor estratégico de las instituciones, de la información y del control simbólico. Assayas sigue ese proceso desde los años noventa hasta el momento en que el futuro mandatario consigue extender su influencia sobre los principales espacios del Estado ruso.
Conviene recordar que estamos ante una ficción. Una ficción inspirada en hechos reales. Una ficción que por momentos parece un calco de la realidad. Una ficción que se aproxima tanto a ciertos acontecimientos históricos que resulta difícil evitar una sonrisa irónica cuando la pantalla insiste en recordarnos su condición imaginaria. El cine posee esas libertades y también esas trampas.
Otro de los grandes aciertos de Assayas radica en el análisis de los medios de comunicación. La película registra el cambio cultural producido durante la década de 1990, cuando los noticieros y los programas de entretenimiento comenzaron a transformarse bajo la influencia de nuevas fórmulas televisivas, cada vez más cercanas al espectáculo y a la lógica del reality show. Es precisamente allí donde surge Baranov, un joven con inquietudes artísticas y aproximaciones sinceras hacia la creación cultural. El director propone entonces una mirada amarga sobre la renuncia a los ideales. La evolución del personaje ilustra la forma en que un individuo puede abandonar sus convicciones para ponerse al servicio de una maquinaria política cada vez más oscura. El artista termina convertido en operador. El observador se convierte en arquitecto del relato oficial.
La dimensión política del filme incorpora además episodios decisivos como la guerra de Chechenia, la anexión de Crimea y las maniobras psicosociales asociadas a ambos procesos. Assayas encuentra en estos acontecimientos la oportunidad para reflexionar acerca del papel de la propaganda, de la manipulación informativa y de la construcción de consensos en tiempos de conflicto. Todo ello aparece integrado a una estructura de thriller que conserva la tensión dramática de principio a fin.
Mención especial merece el trabajo de Paul Dano. Su interpretación de Vadim Baranov aporta profundidad a un personaje atrapado entre la fascinación por el poder y la conciencia de sus consecuencias. Dano construye una figura compleja, marcada por la inteligencia, la ambigüedad moral y una progresiva pérdida de inocencia. Frente a él, Jude Law ofrece una versión de Putin contenida y calculadora. La voz aterciopelada de Dano y los gestos duros en el rostro de Law consolidan un duelo interpretativo donde conviven la complicidad y la confrontación. Ambos representan distintas expresiones de una misma pulsión. Uno diseña la narrativa. El otro encarna la autoridad.
También destaca Alicia Vikander en el papel de Ksenia. Su trayectoria acompaña las mutaciones sociales de la Rusia poscomunista. Primero como pareja de Baranov y después vinculada a un multimillonario favorecido por la apertura económica y las nuevas licitaciones, su personaje refleja las oportunidades y las concesiones de una época marcada por cambios vertiginosos.
Al final, El mago del Kremlin gira alrededor de una pregunta esencial. ¿Cómo se conserva el poder absoluto en Rusia? La película ensaya varias respuestas y ninguna resulta tranquilizadora. El control de los relatos, la administración del miedo, la manipulación de los símbolos y la capacidad para absorber instituciones aparecen como piezas de un mismo engranaje. Assayas entiende que las grandes transformaciones políticas suelen comenzar en los despachos antes que en las plazas. Allí donde unos pocos deciden el destino de millones.
Quizá esa sea la reflexión más interesante que deja la película. El poder siempre encuentra argumentos para justificarse. También encuentra asesores capaces de perfeccionar esos argumentos. Cuando ambos elementos convergen en las manos equivocadas, la historia deja de ser una advertencia y empieza a parecer una profecía.

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