No Other Land
No Other Land sigue a Basel Adra, activista palestino criado en una comunidad sometida a desalojos y demoliciones ejecutados por el ejército israelí en el sur de Cisjordania. La película parte de una premisa clara: el acto de filmar funciona como una herramienta de registro frente a un proceso sistemático de destrucción material y psicológica; además, de un inevitable desplazamiento geográfico. Adra —quien dirige este trabajo junto a Yuval Abraham, Hamdan Ballal y Rachel Szor— documenta incursiones militares, viviendas demolidas y niños que observan la desaparición de su entorno. La cámara evita cualquier estilización evidente. Su impacto proviene de la persistencia con que observa personas agotadas reconstruyendo espacios destinados a desaparecer otra vez. Un círculo vicioso que enferma tanto a quienes lo padecen como a quienes lo contemplan desde afuera, incluso cuando estos últimos hacen poco o nada por impedir el sufrimiento de los más vulnerables.
En varios momentos, No Other Land adopta la forma de un diario filmado. Basel conversa con Yuval mientras ambos intentan medir el alcance político y mediático de su trabajo. Allí aparece uno de los principales aciertos del documental: la relación entre un activista palestino y un periodista israelí evita convertir la reconciliación en una idea abstracta o meramente discursiva. El primero insiste constantemente en que su trabajo sirve de poco y en que nadie parece interesado en lo que ocurre con su pueblo; el segundo lo impulsa a seguir filmando cada desalojo, convencido de que registrar la violencia sigue siendo una forma de resistencia. Así, aunque parten de una preocupación común, sus diferencias terminan por complementarse y revelan los pequeños puntos de encuentro que sostienen la frágil —y siempre provisional— armonía entre ambos.
Vale decir que la película no se concentra únicamente en estas diferencias concretas, asociadas a experiencias dolorosas y al desánimo. También traza un camino narrativo que invita a pensar la movilidad de sus personajes en un sentido literal: Yuval puede regresar a Jerusalén después de cada jornada; Basel, en cambio, permanece dentro del territorio ocupado. Esa asimetría condiciona cada diálogo, no a través de una disputa visible, sino mediante una resignación persistente, casi crónica.
Por otro lado, el montaje construye una percepción de tiempo suspendido. Las estaciones cambian, los días avanzan y las imágenes reaparecen bajo una lógica de repetición que produce desgaste. Las casas demolidas durante el día vuelven a levantarse por la noche gracias al trabajo colectivo de la comunidad. Luego regresan los militares israelíes con sus máquinas y derriban otra vez esos restos de precariedad. El documental registra esa rutina destructiva desde una observación cada vez más dolorosa, hasta instalar una interrogante incómoda: ¿cuánta obediencia moral exige un Estado poderoso para que aceptemos que unos pastores montañeses, aferrados apenas a sus casas, sus animales y su tierra, constituyen una verdadera amenaza para la seguridad de Israel? El desplazamiento como estrategia para disfrazar la desaparición calculada de una comunidad.
Algunas escenas construyen un énfasis que no necesita subrayado. Por ejemplo, cuando una mujer grita que sus hijas siguen dentro de la casa mientras los soldados la empujan hacia el exterior. O cuando un hombre recibe un disparo después de intentar conservar un generador eléctrico. También cuando una escuela debe ser evacuada en plena demolición. El documental prescinde de artilugios musicales y de consignas partidarias expresas porque las imágenes —duras y sin filtros, sobre todo aquellas captadas con teléfonos móviles— sostienen por sí solas el peso de cada historia.
Resulta atractivo cómo No Other Land también examina el acto de mirar desde la distancia de quien permanece ajeno al conflicto histórico. Periodistas extranjeros llegan al lugar, recogen testimonios, capturan imágenes y luego abandonan el territorio. Basel parece preguntarse qué queda después de cada publicación, de cada fotografía compartida, de cada breve oleada de atención en redes sociales. El documental comprende que la circulación de imágenes puede producir conciencia y desgaste al mismo tiempo. Aun así, insiste en filmar, cuando la esperanza se desvanece una y otra vez. Y es precisamente en esa tensión entre expectativa y pérdida de fe que se articula buena parte de su dimensión política.
La película encuentra un equilibrio notable entre urgencia y contemplación. Hay protestas marcadas por gases lacrimógenos y empujones. Pero no todo se desarrolla de esa forma. También aparecen momentos de quietud. Niños jugando antes de la demolición de un parque. Conversaciones familiares alrededor de una cocina improvisada. Un pequeño surtidor de gasolina iluminando la noche como punto de reunión frente a la oscuridad. Esos fragmentos permiten comprender aquello que permanece en disputa. Así, el grupo de cineastas deja discurrir con naturalidad otra de las ideas centrales: el territorio no solo como propiedad en disputa, sino como espacio de memoria cotidiana.
Sin duda, el documental deja una sensación amarga. Pese a ello, mantiene una forma de expectativa política. Esa posibilidad surge de la colaboración entre palestinos e israelíes que trabajan juntos para denunciar una situación de violencia y defender una convivencia posible. No Other Land observa un presente atravesado por el miedo y la pérdida. Sin embargo, también esboza un espacio para pensar otro tipo de relación con la tierra y con quienes la habitan. Su mayor virtud consiste en devolver escala humana a un conflicto reducido con frecuencia a cifras y estadísticas. Y donde los villanos y las víctimas son percibidos según las conveniencias del momento.

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