Tardes de soledad
Muchas películas se proponen explicar un mundo. Tardes de soledad hace algo más incómodo y extraño: lo aísla. Albert Serra no entra a la tauromaquia para volverla transparente, ni para absolverla, ni para condenarla con las herramientas previsibles del documental contemporáneo. En lugar de ordenar el debate, lo suspende. Lo que queda entonces no es una tesis, sino una experiencia. Una que es áspera, reiterativa, a ratos extenuante, donde el rito taurino aparece despojado de contexto y, precisamente por eso, más desnudo en su teatralidad y en su espanto.
Serra no filma la corrida como si fuera un reportaje sobre una tradición en disputa. La filma como si se tratara de un residuo ceremonial que ha sobrevivido a su tiempo y que, sin embargo, todavía conserva una capacidad intacta para producir fascinación. No hay pedagogía. No hay historia. No hay sociología. Hay cuerpos. Hay jadeos. Hay mucha sangre, mucha. Hay bordados ridículos y majestuosos a la vez. Hay hombres hablando para sostener una ficción de aplomo que la cámara, con paciencia casi maliciosa, se encarga de desmentir.
Porque si algo descubre Tardes de soledad es la fragilidad masculina escondida bajo el supuesto aparato heroico del toreo. Andrés Roca Rey, figura central de la película, nunca termina de presentarse como personaje en el sentido clásico. Serra no le concede confesión, pasado ni psicología. Le basta con exponerlo. Lo observa antes de la faena, en ese espacio cerrado donde la cuadrilla repite frases de aliento que suenan menos a estrategia que a adulación. Lo sigue durante el combate, cuando la arenga pública se mezcla con la contingencia del miedo. Y lo registra después, cuando el cuerpo ya no representa nada y solo queda el sudor, el agotamiento, la respiración quebrada, la carne vulnerable. El torero, en ese recorrido, deja de ser una estatua viril para convertirse en otra cosa: un hombre atrapado dentro del personaje que el ritual le exige encarnar.
Pero la película no se detiene ahí. También el toro, aunque privado de cualquier sentimentalismo fácil, impone su presencia como un cuerpo sacrificial. Serra no humaniza al animal en un sentido sentimental, pero tampoco lo reduce a simple pieza del espectáculo. Lo filma como una masa de fuerza y dolor, como una criatura arrastrada al centro de una liturgia donde la muerte ha sido administrada con una precisión obscena. Ese equilibrio es quizá uno de los logros más perturbadores de la película: hacer que la plaza no sea solo el teatro del torero, sino también el recinto donde la animalidad herida revela el precio material de toda estética del valor.
En ese punto, Tardes de soledad encuentra su nervio más incómodo. La película sabe que la tauromaquia ha sido pensada muchas veces como arte, ceremonia o metáfora nacional, pero decide devolverla a una dimensión más primaria: la de un dispositivo de representación sostenido por la violencia. Y, sin embargo, Serra no filma esa violencia para clausurarla en una conclusión moral inmediata. La deja ahí, reverberando. La vuelve forma. Esa apuesta puede resultar exasperante, incluso discutible, pero es la condición de su potencia. El director no busca que el espectador salga tranquilo, sino comprometido en una incomodidad que no se resuelve ni con la admiración estética ni con el rechazo ético.
Ahí reside también el límite de la película. Su radical negativa a contextualizar puede leerse como rigor, pero también como un gesto de soberbia. A fuerza de depurar el material, Serra corre el riesgo de convertir la tauromaquia en un mundo autosuficiente, casi hipnótico, donde la repetición produce una suerte de embriaguez formal que por momentos roza la autocomplacencia. No todo en la película tiene el mismo peso. Hay tramos donde la insistencia deja de profundizar y empieza simplemente a acumular. Pero incluso en esos momentos de desgaste persiste algo valioso: la certeza de estar ante una obra que no retrocede frente a su propio objeto.
Más que una película sobre toros, Tardes de soledad termina siendo una película sobre hombres que necesitan representar el dominio para no admitir su fragilidad, y sobre una comunidad que convierte esa representación en ceremonia compartida. Serra expone sin necesidad de juzgar. Y al hacerlo, entrega una de las experiencias más turbadoras de su cine reciente, una en que la belleza no redime la violencia, aunque tampoco logra separarse del todo de ella.

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