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Todo lo que se maneja bajo un control absoluto otorga seguridad, ya sea a nivel personal o en un plano colectivo. Si nada se sale del cauce, tendemos a poner en automático todos nuestros movimientos y confiamos. Total, sabemos cuál es el camino y el final. Correr un riesgo significa alterar ese confort para ingresar a un ambiente desconocido, inexplicable y hasta ambiguo. Pero, no siempre el sosiego debe ser motivo de complacencia.

Al final de la proyección de Bohemian Rhapsody el público aplaude y se retira de la sala tarareando las canciones que llevaron a Queen a ser una de las bandas más importantes de la historia del rock. El último tramo de la película dirigida por Bryan Singer potencia la nostalgia del fan de toda la vida y al advenedizo millenial que al redescubrir a Mercury y compañía se siente in. Es más, hasta los invitados de piedra quedan conmovidos y empiezan a dibujar en pensamientos la reconfiguración de sus gustos musicales.

Sin embargo, todo lo anterior responde a una serie de sensaciones del momento. Un juego de artificios que funciona como el espejo donde vemos lo que nos gustaría ver. Un recorrido que busca liberar a una figura edificada a base de heroicidad, porque bajo el antifaz de la incomprensión, Freddie Mercury no puede ser menos que un hombre de personalidad genuina, capaz de despertar admiración en intolerantes y ahondar la fuerza contracorriente del marginado.

Para muchos no es una sorpresa que Bohemian Rhapsody no pase de ser un biopic formal y, por momentos, edulcorado. Y es así. Sería absurdo pensar que las vidas de los integrantes de Queen puedan ser contadas en una película que no esté pensada para un público integrado por seguidores de todas las intensidades imaginables. Pero, más allá de su mesura ¿qué tan afectada puede quedar la posibilidad de construir un relato con matices marcados por un inmedible apasionamiento hacia la música y la esencia del espíritu libre que prodigó la banda, especialmente su vocalista?

Singer -autor de poco más de las tres cuartas partes de la película, despedido por 20th Century Fox a causa de su “comportamiento poco profesional”- no aborda temas escandalosos o verdaderamente polémicos de la vida de Mercury. Y, en realidad, eso no afecta demasiado a su película. Lo que de alguna manera cercena nuevas posibilidades de revelación conductual, sobre un personaje infinitamente encantador, es su poca exploración en los momentos claves de su vida: la niñez y adolescencia. La génesis del desborde. Está bien, hasta eso lo podríamos tolerar pensando en que el arco argumental corresponde al crecimiento, auge, caída y resurgimiento de Queen. Pero, la lavada de cara que se le otorga al frontman de la banda es de una corrección política que sonroja. Tampoco se trata de exigir una cinta escabrosa con datos que fomenten la chismografía rastrera. El pedido pasa por equilibrar y correr un fino riesgo que sea capaz de aterrizar a un ser original que simbolizó cambios para la juventud en una década llena de sobresaltos sociales.

No obstante, ¿qué tanto importan todas estas suposiciones-exigencias? Quizá poco, quizá nada. Bohemian Rhapsody es una película trabajada con una estilización impecable -por ejemplo, la ambientación de las décadas 70 y 80 del siglo pasado, las secuencias de las grabaciones de la banda y las del concierto Live Aid en Wembley, la atmósfera hedonista en varios pasajes de la noche Mercuriana-. Además, atrae notablemente la actuación de Rami Malek con gestos y posturas para el aplauso. Por ello, más allá de su previsibilidad y autocontrol, Bohemian Rhapsody llega a emocionar tanto como una ilusión que desaparece irremediablemente.

 

 

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