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Riesgos Financieros Gregorio Belaunde Gregorio Belaunde

Gestionar el riesgo de crédito: ¿qué es y quiénes deberían hacerlo?









En el post anterior vimos que el riesgo de crédito es algo más complejo de lo que se suele creer. Ahora les daré una idea de lo que significa gestionarlo, pero es interesante saber primero quiénes tendrían que hacerlo por estar expuestos al riesgo de crédito.

En el post anterior vimos que el riesgo de crédito es algo más complejo de lo que se suele creer. Ahora les daré una idea de lo que significa gestionarlo, pero es interesante saber primero quiénes tendrían que hacerlo por estar expuestos al riesgo de crédito.

1) ¿Quiénes están expuestos al riesgo de crédito?  

No sólo las entidades financieras (bancos, financieras, cajas, edpymes) y entidades asimiladas. La misma normativa de la SBS sobre gestión de riesgo de crédito lo reconoce, al incluir en su alcance a otros tipos de entidades reguladas por la SBS:

  • Las empresas de seguros. En efecto, ellas invierten en bonos y, entonces, toman riesgo de crédito por esa razón. Algunas dan además seguros por riesgo de crédito (como Secrex). También tienen riesgo de crédito respecto de las empresas con las que se reaseguran y, respecto de sus asegurados (a veces se renueva un seguro a alguien que no sería capaz de pagar la prima siguiente o que, por su mala situación, puede estar tentado en provocar, por ejemplo, un incendio para cobrar la indemnización).
  • Las AFP, pues estas también invierten en bonos privados o públicos. Por eso fijan límites estrictos en sus inversiones, para limitar los riesgos de pérdidas para los fondos de los afiliados. No es sólo por el riesgo inevitable de volatilidad de los precios de las acciones y los bonos.

Pero no solo las entidades mencionadas en esa norma están expuestas al riesgo de crédito. Lo está toda persona que presta dinero o da crédito de manera informal (‘fía’, como lo hace el bodeguero) o da su garantía por un crédito otorgado a otra persona (porque si una se ve obligada a pagar en su lugar, se vuelve acreedora suya). También lo está el depositante de una entidad financiera, pues en realidad le está prestando dinero (por eso es importante saber cuánto cubre el Fondo de Seguro de Depósitos y si la entidad financiera es sólida), toda entidad o persona que invierta en títulos de deuda como los bonos, además de las AFP y empresas de seguros, los fondos mutuos, y otros tipos de fondos muy frecuentes en otros países, como los ‘hedge funds’ (que hacen arbitrajes con todo tipo de activos) y fondos money market especializados en deuda bancaria de corto plazo. Incluso los bonistas directos, como es posible en muchos países, cuando uno suscribe bonos del gobierno de su país (imaginen a los ahorristas argentinos y de otros países que tenían esos bonos en el 2001) o deposita fondos en colateral (garantía de operaciones) en otra entidad financiera o en intermediarios de valores, pues ese colateral puede no ser devuelto (si uno de ellos quiebra teniendo muchos fondos depositados en garantía).

Lo están las empresas del sector no financiero (industriales, agropecuarias o de servicios), que en general son clientes del sistema financiero , por el sólo hecho de aceptar pagos diferidos de sus clientes o de entregar un bien o servicio antes de recibir el pago, o de darle adelantos a sus proveedores (porque pueden ‘fallar’ su prestación y no devolverlos), o de prestar a su personal (y aunque no le hayan prestado, deberían asegurarse de que sus trabajadores no están en mala situación crediticia, pues eso aumenta o el riesgo de robos y fraudes en los peores casos, o la salud o rendimiento del trabajador, por el estrés al que está sometido; puede ser la ocasión de una ayuda/asesoramiento oportuna y discreta). Y estas empresas deben ser conscientes de que sus clientes están a su vez expuestos al riesgo de crédito, por lo que incluso uno debería analizar si su cliente tiene a su vez clientes financieramente sólidos. Tengo que mirar a “los clientes de mi cliente”. Un buen analista de créditos de un banco suele pedir a su cliente a quién le vende, para asegurarse de que no lo hace a gente que no le va a pagar.

En resumen , lo está cualquier persona que da crédito a otra o se hace fiador de otra que tiene deuda, o el que deposita en una entidad financiera (le hace crédito) o compra títulos que representan deuda, como los bonos o papeles comerciales.

Lo está la SUNAT cuando no le pagan los impuestos. O la municipalidad, cuando no le pagan los arbitrios o el impuesto predial o las multas. O Essalud, cuando una empresa no hace sus aportes. O el Sistema Nacional de Pensiones e incluso el Sistema Privado de Pensiones, cuando las empresas no cumplen con sus aportes

Como vemos, el riesgo de crédito, muchas veces llamado riesgo de contraparte, lo tiene mucha gente y lo podemos tener todos.

El riesgo de crédito es el más ‘sistémico’ de todos , es decir, el que más problemas puede crear en la economía entera, por la máxima interconectividad con otros jugadores y el sector real. Hay un riesgo de lo que se llama la “ruptura de cadena de pagos” y de “contagio”, por la falta de confianza generalizada que puede crear.

Pocos escapan así a la necesidad de gestionar el riesgo del crédito.


2) ¿Pero qué significa ‘gestionar’ (o administrar) el riesgo de crédito?

Definición de Gestión del Riesgo de Crédito, según la norma correspondiente de la SBS: “El proceso que permite mantener el riesgo de crédito dentro de parámetros aceptables, establecidos en las políticas y procedimientos internos aprobados por el Directorio, y alcanzar sus objetivos de rentabilidad y eficiencia”.

Es una definición que puede parecer algo complicada, pero que reconoce que nunca puede evitarse cierto nivel de pérdidas. El riesgo de crédito cero prácticamente no existe. Como dijimos, está presente hasta en el pago al contado si uno no recibe el dinero antes de entregar/prestar el bien o servicio vendido.

Tomar en cuenta los objetivos de rentabilidad es un concepto esencial: todo riesgo debe ser remunerado adecuadamente a través de la tasa de interés y, a veces, de comisiones para cubrir ciertos costos específicos. Aceptar riesgos sin examinar la rentabilidad y los costos (de distribuir los créditos, por ejemplo, porque no es lo mismo hacerlo en una ciudad que en zonas rurales) puede poner en peligro a una empresa. El riesgo es que a veces el ardor de la competencia puede llevar a trabajar a pérdida en algunas operaciones. Claro, eso no excluye que puedan existir préstamos ‘de favor’, como entre familiares y amigos, con tasas de interés bajísimas o nulas (en ese caso se acepta incluso perder parte del dinero a causa de la inflación). La ley islámica en ciertos países prohíbe el préstamo con interés, por lo que las finanzas islámicas han creado fórmulas ingeniosas de remuneración basadas por ejemplo en comisiones de servicio o de “participación en las ganancias” que hace el deudor con los fondos prestados.

Pero la mención a “objetivos de rentabilidad” entraña un riesgo: si una entidad cobra intereses altísimos, o crece a gran velocidad, hasta pérdidas muy altas son consideradas aceptables. El efecto sistémico potencial (es decir, de daño a la economía por la cantidad de personas que no pueden pagar) puede ser muy elevado si todos funcionan aplicando ese razonamiento. Cuando cambia el entorno macroeconómico y se vuelve desfavorable, todos los cálculos de nivel de pérdidas ‘aceptables’ pueden revelarse equivocados, pues hay demasiados impagos al mismo tiempo. Por eso se dice que hay que tener cuidado con objetivos cortoplacistas de ganancias rápidas.

El riesgo de crédito tiene una especificidad, lo que se llama el otorgamiento o admisión (u otras formas de decisión de adquirir exposiciones crediticias, como la compra de bonos), donde se analiza la capacidad y voluntad de pago de los deudores, así como la calidad de las garantías.No puede gestionarse como otros riesgos que uno no toma a propósito.

Gestionarlo como el riesgo de mercado, donde también se toman decisiones pero se fijan límites globales de exposiciones y operaciones admitidas -y se analizan y siguen evoluciones de precios o valor en períodos cortos-, puede ser un error fatal, como lo recordó  Emilio Botín, el  Presidente del Banco Santander, al analizar la crisis actual en sus inicios. Efectivamente, muchos bancos e inversionistas compraron masivamente bonos que representaban “hipotecas basura” (de alto riesgo de no pago), porque se olvidaron en la práctica de que tenían riesgo de crédito y suponían que eran fáciles de vender.

Algo muy importante de recordar es que gestionar el riesgo de crédito no se reduce a elaborar modelos estadísticos para su medición ni a dominar las técnicas sofisticadas de transferencia del riesgo (lo que se llaman los derivados crediticios y las titulizaciones). Uno de los factores esenciales de la crisis es que muchos se olvidaron de lo que es realmente el riesgo de crédito, y elaboraron modelos basados en fórmulas estadísticas y matemáticas, que resultaron desconectadas de la realidad del riesgo, es decir, subestimaron totalmente el riesgo de crédito, a veces de manera asombrosa. Sin entrar en detalles técnicos complejos, traten de imaginarse que alguien les diga luego de muchos cálculos que, cuando han prestado 100 (o comprado un bono por ese monto), sólo tienen un riesgo de 1 o 2, y además les haga contabilizar sólo ese 1 o 2 en vez del monto de 100. El paso siguiente, si uno cree eso, puede terminar siendo éste: “entonces, a ese deudor a quien estoy dispuesto a prestarle 100, en realidad le podría prestar 50 o 100 veces esos 100, porque a fin de cuentas mi riesgo sigue siendo 100 (algunos le llaman a eso “efecto de palanca”)”. 

Lo describo de forma voluntariamente exagerada para permitirles entender cómo algunos tomaron riesgos que podían ser de miles o decenas de miles de millones de dólares sobre ciertos bonos. En gestión de riesgo de crédito hay algo que se llama el “riesgo de concentración” que lleva a no tomar montos excesivos sobre deudores individuales o ciertos tipos de bonos. Decir que el riesgo “es en realidad” sólo una mínima fracción del monto permite subestimar el “riesgo de concentración” u olvidarse de él. El supuesto implícito para justificar esos cálculos es que se trata de exposiciones muy líquidas, que uno puede vender en cualquier momento, y que prácticamente no hay riesgo de crédito. El problema es que muchas veces no es verdad desde el comienzo -o que deja de serlo si aparece la desconfianza- y que, desgraciadamente, lo que el deudor va a dejar de pagar (incumplir) si tiene problemas no es 1 o 2, sino 100, y luego habrá que ver finalmente cuánto terminará pagando de esos 100 (puede ser todo en mucho más tiempo, o 90, o 50, o 20 o nada). Y si se ha gestionado en función de “valor de mercado” en vez de verlo como un riesgo de crédito, el problema es que, en caso de problemas, no se va a poder vender la exposición por 99 o 98, sino por muchísimo menos (por ejemplo, hay inversionistas que hace tiempo venden deuda soberana de Grecia por menos de 40% de su valor; o hubo bonos que representaban hipotecas de alto riesgo que con las justas podían venderse por 10 % del monto invertido, o incluso se volvieron invendibles).

Esto muestra el riesgo de creer en los modelos matemáticos/estadísticos ciegamente: se toman decisiones crediticias erradas, o incluso se puede creer que ni siquiera se está tomando riesgo de crédito. Se olvida que solo deberían ser herramientas de ayuda a la medición del riesgo y a la toma de decisiones.

Parece obvio, pero si se observa mucha documentación de estos últimos años sobre la gestión de riesgo de crédito y su enseñanza, esa visión basada en modelos que terminaban por considerarse como intelectualmente superiores a la observación de la realidad, a partir de enfoques diversos y complementarios, se volvió en muchos casos dominante. Ha estado muy presente en la génesis de la crisis actual: una visión esencialmente de portafolios, con riesgo medido en base a fórmulas diversas, muchas veces a partir de las notas dadas por las clasificadoras, y con supuestos demasiado optimistas.

Esto no quiere decir que no se deba gestionar el riesgo de crédito en términos de portafolios. Al contrario, es un complemento indispensable de la gestión de los riesgos de crédito individualizados. Y la noción de “riesgo de concentración” es útil a la vez para la gestión del riesgo individual y la gestión de cartera crediticia a nivel de portafolio. Utilizar técnicas de análisis de probabilidades para medir el riesgo en una cartera crediticia es perfectamente válido e incluso recomendable, pues siempre es mejor tratar de medir que estar a ciegas. El problema es cuando ese tipo de análisis se efectúa olvidando completamente la realidad del riesgo de crédito individual cuando se materializa y los verdaderos montos en juego, y se termina confundiendo los resultados de esos cálculos con la realidad, pues no dejan de ser hipótesis basadas en el pasado. Y es peor si se utilizan fórmulas que tienden a subestimar el riesgo para poder hacer mucho más operaciones. Hay modelos bien hechos, pero también los hay muy malos, pues olvidan cómo funciona en realidad el riesgo de crédito. 

Recuerden: un deudor que, según los cálculos de probabilidades en función de su nota (o rating), cuando se le prestó tenía menos de 1 % de chances de incumplir, si termina incumpliendo, no es por 1% sino por 100% (y no se sabe muy bien cuánto terminará siendo capaz de pagar; ahí también se hacen hipótesis basadas en la historia). Bueno, en situación de crisis, gran parte de los deudores incumple, y uno puede terminar perdiendo por ejemplo 15% del monto de una cartera, para la cual se tenía calculado que sólo se perdería un máximo de 2 o 3%.

Espero que estas explicaciones, evitando en la medida de lo posible términos complejos, no hayan resultado complicadas.

 

 

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