IA, Tabaco, Bootleggers and Baptists
Hay un paralelismo interesante entre la industria del tabaco y la industria de la IA. Ambas son industrias que tienen el riesgo como uno de los elementos principales de su “negocio”; ambas tienen una relación ambivalente con el público; y, en ambas, sus principales actores corporativos utilizan tácticas de captura regulatoria para lograr obtener beneficios “stiglerianos” (subsidios o barreras de entrada a potenciales competidores). En un último episodio, los gigantes de la IA han declarado públicamente que quisieran un “slowdown” de su desarrollo. Muchos han llamado a esto por su nombre: un intento de captura y quizá de mantener vivo el “hype” (aquí). Tampoco es la primera vez: Forbes contabiliza este como el undécimo ciclo de alarma desde mayo de 2023. En este breve comentario me interesa destacar la retórica detrás de este intento, haciendo una analogía con la retórica de la industria tabacalera.
En el caso de la IA, vemos una inversión en el rol de bootlegger. La industria tabacalera solía negar el riesgo —tal como dijo un alto ejecutivo de Philip Morris en 1954: “Believe me, if any one of us believed that this product we were making and selling was in any way harmful to our customers’ health—and our own as well—we would voluntarily go out of business”—, mientras que por fuera financiaba a las organizaciones que le fabricaban respaldo científico a esa posición, como el Council for Tobacco Research y el Tobacco Institute. Una típica dinámica bootlegger/baptist. En años más recientes, la industria tabacalera ha empezado más bien a reconocer el riesgo del tabaco, cuando ya es un hecho incuestionable, y este reconocimiento ha ido aparejado con no solo aceptar, sino demandar regulación (aquí). Philip Morris International llegó incluso a hacer campaña por un mundo libre de humo (aquí).
La industria de la IA se ha saltado el paso uno. Directamente, han pasado a reconocer el riesgo. Pero lo que cuenta es el pedido: regulación con un impacto desigual en sus potenciales competidores (especialmente China). En detalle, y según el propio ensayo de Amodei (aquí), piden cuatro cosas: i) evaluadores externos embebidos en cada laboratorio frontera, con acceso equivalente al de un empleado, paso al que Anthropic se compromete de manera unilateral mientras pide a los gobiernos que obliguen a las demás empresas a igualarlo; ii) una exención antitrust acotada que permita coordinar entre competidores estándares comunes y límites al ritmo de avance, y que el ensayo canaliza también a través del mecanismo propuesto por Demis Hassabis (aquí); iii) no vender chips ni equipos de manufactura de semiconductores a China, con persecución del contrabando y del acceso remoto a centros de datos fuera de ese país; y iv) perseguir la destilación no autorizada por empresas de países autoritarios, que es la técnica con la que un competidor rezagado acorta distancia a una fracción del costo. Los dos primeros pedidos recaen sobre los competidores domésticos y los dos últimos sobre los extranjeros, y queda todavía sin resolver si el ritmo se regulará según lo que un modelo es capaz de hacer o según los insumos con que fue entrenado, definición de la que depende que los modelos de pesos abiertos queden dentro o fuera del régimen.
La pregunta que cae de madura: si creen que la IA supone un riesgo existencial, ¿por qué no dejan de desarrollarla simplemente? Lo que dice la industria en Estados Unidos es que no pueden dejar de hacerlo porque China y otros seguirán desarrollando, así que no sería responsable dejar de hacerlo. En resumen: quieren mantener el control porque se consideran moralmente superiores o dentro de una estructura con mayor control. Lo que esto no explica es: i) China y otros seguirán desarrollando la IA, al mismo paso o mayor, independientemente de lo que hagan las empresas americanas; y ii) descuenta el efecto de destilación hacia China y otros, es decir, la IA no avanza solo con independencia de Anthropic u OpenAI, sino que avanza en alguna medida gracias a ellas.
Tal como en el caso del tabaco, el público hace bien en desconfiar de las intenciones de Altman, Amodei o Musk: ellos buscan, como cualquier otro empresario, su propio interés, con la excusa de estar preocupándose por el bien de la humanidad.

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