Los peligros de un Trump saliente (pato cojo): primeras evaluaciones, reacciones y respuestas posibles
Muchos estamos muy contentos con la derrota de Trump y los Republicanos en las recientes elecciones. Si bien los resultados no son definitivos al 4 de noviembre, ya es prácticamente imposible que se reviertan los reveces en el Congreso que cambiaría su composición el 3 de enero de 2027. Sin embargo, faltan dos meses para la renovación y un periodo de dos años de relaciones tensas entre ambos partidos con implicaciones nacionales y globales. No hay en absoluto que cantar victoria porque la tradición histórica es que los presidentes se vuelquen a la política exterior donde tienen mayores márgenes de maniobra.
De partida Trump es —en el lenguaje estadounidense— un pato cojo, que debe gobernar sin contar con el control de las dos Cámaras, como ha ocurrido con otros presidentes anteriores. Para suerte del mundo la derrota Republicana estaba cantada. Si bien la economía venía creciendo, el mayor costo de vida impulsado por el precio del petróleo y la política arancelaria frente a la mayor riqueza de lo superricos cambio la perspectiva de grandes núcleos poblacionales.
Otras causas
Le siguieron los excesos en la política migratoria, la corrupción, la extensión de las guerras especialmente con Irán y otros temas —con diferentes pesos dependiendo de los Estados— como el negacionismo medio ambiental, los pleitos con Canadá; y los excesos del presidente: voluble, autoritario, arrogante, machista, supremacionista, antidiversidad y de falta de sensibilidad respecto del estadounidense de bajos y medios ingresos.
Hasta los mercados financieros como el Dow Jones, S&P 500 y el Nasdaq reaccionaron positivamente, con subidas entre 1 y 2% por las mejoras expectativas por una baja del precio del petróleo, aunque pueden equivocarse más adelante.
Primeras reacciones
En Alemania y España perciben positivamente el cambio. En las zonas fronterizas de México con EE.UU la perspectiva es buena ya que todos los nuevos gobernadores serían Demócratas. Obviamente es un golpe para los partidos ultraconservadores de Europa y del mundo. No hay obviamente declaraciones oficiales —y en cambio razonablemente mucha prudencia—, ya que el Pdte. Trump tiene otros dos años para gobernar y en el periodo de transición nadie sabe que podría hacer. Ayer, por ejemplo, anunció que a partir del próximo año eliminaría la ayuda anual a Israel por US$ 4,000 millones que se estableció con Obama en 2018 por diez años.
El mismo día señaló que rechazaría y vetaría todas las iniciativas del nuevo congreso; sin embargo, hoy en la mañana anotó que podría trabajar con los Demócratas y que solo vetaría algunas iniciativas. Obviamente para el actual gobierno fujimorista y al injerencista embajador estadounidense no les deben gustar estos resultados electorales, pero la sumisión debe terminar para retornar al balance tradicional de no alineamiento en las relaciones internacionales que nos caracterizó en otros momentos históricos; asimismo la presidenta debería comenzar a buscar un nuevo canciller.
Reseña
El artículo que hoy vamos a reseñar aborda un tema central de la política exterior estadounidense que se captura en su subtítulo y que puede impactarnos por la relevante presencia China en el Perú: ¿Hasta dónde estará dispuesto a llegar para lograr la paz (…) y la guerra? Los autores son Daniel W. Drezner y Elizabeth N. Saunders.
El primero es profesor distinguido de política internacional en la Facultad de Derecho y Diplomacia Fletcher de la Universidad de Tufts y la segunda profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia. Este artículo se publicó en la revista Foreign Affairs el 4 de noviembre. https://www.foreignaffairs.com/united-states/dangers-lame-duck-trump
Hipótesis
La hipótesis de los autores es que los presidentes que, en su segundo mandato, pierden el control del Congreso, deben afrontar la realidad de que el tiempo para impulsar leyes emblemáticas u otras iniciativas de política interna ha terminado. Al reflexionar sobre su legado, los presidentes salientes suelen volcarse en la política exterior, donde el poder de la presidencia les permite actuar sin las ataduras de la política interna. No es inusual que un presidente saliente se proponga un último objetivo ambicioso en el ámbito internacional.
Ahora que los Demócratas controlan ambas Cámaras, la amenaza de un juicio político o de investigaciones sobre los negocios de la familia Trump probablemente haría que el presidente se sintiera acorralado y enfadado. Y eso es lo que hace que el resto de su mandato sea tan peligroso. Un Trump acorralado, sin una vía clara para canalizar su energía en política exterior constructiva, bien podría reaccionar con agresividad a nivel internacional. Y el Congreso, incluso si está controlado por la oposición, tendrá poca influencia sobre su gestión diaria de la política exterior.
Acciones posibles
Drezner y Saunders señalan que Trump podría actuar de muchas maneras: lanzar nuevas amenazas contra Canadá, atacar a las alianzas estadounidenses o conspirar con Rusia o China en detrimento de Ucrania o Taiwán. Pero convertir esas amenazas en políticas concretas requeriría un esfuerzo considerable, como el reposicionamiento de las tropas estadounidenses o negociaciones minuciosas con otras grandes potencias.
Los dos lugares donde Trump puede infligir mayor daño son Irán y Cuba. Según The New York Times, la administración Trump e Israel han elaborado planes para nuevos ataques contra Irán. Un último intento por obligar a Teherán a rendirse difícilmente tendrá éxito y pondría en riesgo la economía global, así como la seguridad y la estabilidad de los aliados en la zona. También podría intentar forzar un cambio de régimen en Cuba. Una acción militar contra ambos adversarios solo requeriría la aprobación de Trump.
Según los autores, liberados de las cargas de las campañas electorales y la legislación, y a menudo sin capital político interno, los líderes salientes tienden a volcarse hacia la diplomacia, arriesgándose en el extranjero de maneras que antes no se habrían atrevido a tomar. Clinton intentó negociar un acuerdo de paz entre israelíes y palestino y a organizar un viaje presidencial a Corea del Norte. Obama concluyó el acuerdo nuclear con Irán y normalizó las relaciones con Cuba. George H. W. Bush, intervino en Somalia en 1992 y su hijo se lanzó contra Irak en 2007. Los resultados de estas iniciativas fueron dispares, aunque mayormente inútiles en el mediano plazo.
Arriesgando todo
Drezner y Saunders anotan que ahora que Trump ha perdido influencia, pero aún aspira al Premio Nobel de la Paz, cabría esperar que recurriera a la diplomacia. Sin embargo, no se estima que retome la mayoría de estas iniciativas del primer gobierno, ya que ha llegado al límite de lo que su diplomacia basada en el espectáculo puede lograr. Trump prometió anexionar Groenlandia, pero se ha conformado con un acuerdo que amplía la presencia militar estadounidense. Su Junta de Paz, que presentó como una alternativa al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, seguirá estancada, pues otros países ya no sienten la necesidad de someterse a todos sus caprichos.
Existen otras opciones arriesgadas que Trump podría intentar, como poner fin a los conflictos de Cachemira o Sudán para forjarse una reputación como pacificador. Sin embargo, estos son problemas excepcionalmente difíciles de resolver incluso en las mejores circunstancias. Lograr un acuerdo en estos casos requeriría una habilidad, un conocimiento regional y una paciencia que carece. Rara vez dedica tiempo significativo a la diplomacia, como lo demuestran sus dudosas afirmaciones de haber resuelto numerosos conflictos, muchos de los cuales aún continúan.
Otras estrategias
Según los autores, quizás la estrategia más ambiciosa que Trump podría adoptar sería convocar a un acuerdo de grandes potencias: un foro en el que él, el presidente ruso Vladimir Putin y el líder chino Xi Jinping colaboraran para imponer un orden global. Sin embargo, al igual que en la mayoría de sus reuniones anteriores con Putin y Xi, es improbable que las futuras cumbres produzcan resultados sustanciales.
Trump podría aprovechar esas reuniones para perjudicar a Ucrania o Taiwán con la desesperada esperanza de lograr un acuerdo de paz. Pero, como han demostrado los últimos dos años, Putin no está interesado en llegar a un compromiso y cuenta con los recursos para seguir luchando. Xi considera a Taiwán un asunto interno chino y difícilmente aceptará restricciones en su enfoque hacia la isla.
Los caminos posibles
Drezner y Saunders reiteran que lo más probable es que Trump tome medidas en Irán. Sin embargo, probablemente ellos intensificarán los ataques contra el transporte marítimo comercial, atacarán a sus aliados del Golfo e ignorarán las iniciativas diplomáticas hasta que Trump deje el cargo. Además, las opciones de Trump podrían ser limitadas: una escalada estadounidense más radical probablemente sería tan impopular entre sus seguidores que la evitaría. Incluso sus mayores partidarios están cansados de los altos costos que ha generado su guerra. Un nuevo conflicto podría sumir al mundo en una crisis económica.
Trump también podría intentar forzar un cambio de régimen en Cuba. Derrocar al gobierno cubano es una prioridad personal de Marco Rubio, secretario de Estado y asesor de seguridad nacional, y estaría en consonancia con la Doctrina Donroe, una afirmación de la primacía de EE.UU en el hemisferio occidental.
Sin embargo, el uso de la fuerza para lograr un cambio de régimen rara vez funciona y suele tener consecuencias impredecibles; en el caso de Cuba, podría significar una nueva oleada de refugiados hacia EE.UU. Pero un Trump saliente podría verlo como una apuesta que vale la pena correr, con la remota posibilidad de ser el presidente que finalmente derroque a ese régimen. También lo podría ver como una forma de desviar la atención de su fracaso en Irán.
Otras opciones
Otra posibilidad, según Drezner y Saunders, es que Trump centre sus esfuerzos políticos en el extranjero en enriquecer a su familia. Ya ha creado oportunidades para que entidades extranjeras aparentemente compren influencia en su administración. Trump y los miembros de su familia han aceptado un avión del emir de Qatar, una inversión de US$ 2,000 millones de un fondo dirigido por el príncipe heredero saudí y ganancias de varias empresas de criptomonedas, muchas de las cuales procedían de compradores extranjeros.
Según The Según The New Yorker, la familia de Trump ha obtenido US$ 4 mil millones mediante este tipo de actividades ilícitas. Trump, seguro de que el Senado no contará con los 67 votos necesarios para destituirlo, podría pensar que no tiene nada que perder al seguir con sus planes para enriquecerse.
Otra alternativa, no mencionada por Drezner y Saunders es que vuelque su atención a los países que ya se han sometido a sus designios como el Perú— a cambio de muy poco—, aunque con réditos políticos menores para los estadounidenses. Sin embargo, acciones más decididas con respecto a la presencia e inversiones chinas puede ser peligrosa por las reacciones de esa potencia. Corresponde a nuestro país actuar diplomáticamente para revertir progresivamente su actual sumisión.
La ruta ideal
La mejor opción, según Drezner y Saunders, que en política exterior podría tomar Trump durante su período de transición es no hacer absolutamente nada. Existe la posibilidad de que dedique sus últimos dos años en el cargo a conceder indultos, intentar procesar a sus enemigos políticos, culminar la remodelación de la Casa Blanca y erigir monumentos a sí mismo. Dadas las alternativas, la inacción en política exterior bien podría ser el mejor escenario posible estos últimos años.

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