¿Por qué el desarrollo parece cada vez más difícil? Una mirada desde una economía emergente
El último número de la revista Finanzas y Desarrollo de septiembre de 2026 del Fondo Monetario Internacional (FMI) incorpora un artículo con el título de esta nota. Incluye un interesante pero desafiante subtítulo relativo a que la precariedad del empleo y el aumento de las expectativas alimentan la frustración en las economías emergentes. El autor es Muhamad Chatib Basri, investigador visitante en el Centro de Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard y exministro de Hacienda de Indonesia. https://www.imf.org/es/publications/fandd/issues/2026/09/why-development-feels-harder-muhamad-chatib-basri
El artículo comienza con la anécdota de un trabajador precarizado repartidor de plataformas —aparentemente no pobre con un ingreso mensual de US$ 272— que muere violentamente y desata el desborde social en Indonesia. Según el autor, visto desde afuera, podría parecer desconcertante, Indonesia registra un desempeño macroeconómico relativamente sólido: dos décadas de crecimiento al 5%, inflación reducida y déficits fiscales por debajo del 3% del PBI.
Hipótesis
No obstante, allí y en el resto de las economías emergentes de Asia, las cifras de prosperidad coexisten con la indignación en la calle. ¿Por qué el desarrollo parece más difícil incluso en países donde se registra crecimiento económico? Obviamente ni que hablar sobre lo que ocurre en una economía como la peruana donde la generación de ocupación y empleo de calidad es menor y está más alejada de las cadenas de valor global.
Su razonamiento es sencillo: el crecimiento modifica la composición del empleo. Cuando el crecimiento deja de crear empleos estables y oportunidades de movilidad ascendente, la inseguridad se propaga más allá de los sectores pobres de la población y alcanza a la clase media aspiracional. Las expectativas superan las oportunidades, y las restricciones socio políticas de los gobiernos para actuar se convierten en el principal obstáculo. La salida está en compensar a los pobres y a la clase media aspiracional; y la reforma viene inmediatamente después.
Desarrollo se complica
El autor anota que desde la pandemia de la Covid-19, el crecimiento en las economías emergentes de Asia se ha ralentizado, —en Sri Lanka, Bangladesh y Nepal—. Pero el malestar no se explica únicamente por la desaceleración del crecimiento. Tailandia logró el estatus de país de ingreso mediano, pero la inestabilidad política ha frenado su transformación estructural. Filipinas dio el salto de la agricultura a los servicios —Call centers y remesas— sin construir fábricas que incorporaran trabajadores a la clase media; el porcentaje de producción industrial alcanzó su nivel máximo cuando el país tenía un nivel de ingreso muy inferior al que tenían sus vecinos cuando esto sucedió en sus economías. El patrón se repite: el crecimiento ya no se traduce necesariamente en empleos estables.
El caso de Indonesia es atípico, ya que su crecimiento se mantiene en el 5% previo a la pandemia, y aun así el país se vio sacudido por las protestas. El problema no es la desaceleración del crecimiento, sino que este ya no genera suficientes empleos estables. Hoy en día, el crecimiento proviene de los recursos con uso intensivo de capital —fundición de níquel y procesamiento de otros minerales, que impulsan la producción y las exportaciones, pero generan pocos empleos— y de los servicios.
Desindustrialización prematura
Chatib Basri nos recuerda a Dani Rodrik que llama a este proceso desindustrialización prematura: los países pierden puestos de trabajo en las manufacturas antes de alcanzar el umbral de ingreso en el cual lo hicieron las economías avanzadas. El patrón es claro: el crecimiento se mantiene, pero absorbe menos mano de obra. El denominador común es una clase media suficientemente amplia como para tener expectativas, pero sin la estabilidad suficiente para sentirse segura.
El caso de Indonesia arroja luz sobre esta paradoja. Después de 2019, se produjo un cambio destacado. La clase media se redujo de un 21% de la población en ese año a casi el 16.6% en 2025; por su parte, la clase media aspiracional creció hasta representar casi la mitad del país, unos 137 millones de personas en 2024.
La oficina de estadística de Indonesia define este grupo como aquellos hogares con un gasto que oscila entre 1.5 y 3.5 veces el umbral de pobreza nacional: en otras palabras, familias que ya no son pobres, pero que están lejos de tener asegurado su bienestar, ya que prácticamente no tienen nada para amortiguar el próximo shock.
Pese a existir redes de protección social que protegían a los más pobres, los hogares situados entre los percentiles 50 y 80 registraron una caída del consumo real entre 2019 y 2022. A esto se suma si insuficiencia que, a su vez, deprime el bienestar y alimenta el descontento.
Otras economías emergentes
Chatib Basri comenta que este patrón se repite en otras economías emergentes. La clase media también se está reduciendo en India, Tailandia, Viet Nam y Brasil, donde la pérdida de puestos de trabajo y el aumento del costo de vida —sobre todo, de la vivienda— han modificado la distribución del ingreso.
Pero no solo es en Indonesia donde el descontento se ha traducido en violencia. En Chile, la subida de 30 pesos (US$ 4 céntimos) del precio del billete de metro de Santiago provocó en 2019 los peores disturbios del país en una generación, liderados por una clase media exprimida por el estancamiento salarial a pesar de años de crecimiento.
El desempleo abierto es un lujo reservado para quienes tienen ahorros o familia. El resto termina en la economía sumergida. En Indonesia, el 80% de los nuevos puestos de trabajo creados entre 2019 y 2024 fueron informales, y ofrecían una retribución aproximada de US$ 114 mensuales, por debajo del salario mínimo de US$ 181. Los jóvenes con mayor nivel educativo prefieren esperar a encontrar un trabajo acorde con sus aspiraciones antes que aceptar un empleo informal.
Reformas complicadas
El autor señala que cuando la clase media se siente insegura, los gobiernos son más reacios a adoptar políticas que imponen costos visibles. Impulsar reformas se vuelve más complicado en el momento en que más se necesitan. Una década atrás, los subsidios a los combustibles de Indonesia beneficiaban sobre todo a los hogares de ingreso más alto que contaban con automóviles y motocicletas. Los principales beneficiarios eran los sectores más acomodados, mientras que a los más pobres se les podía compensar con pagos en efectivo.
Esta lógica acarreó una serie de recortes importantes en 2013 y 2014. Sin embargo, con el aumento de la renta, la tenencia de vehículos se extendió a niveles inferiores de la distribución del ingreso. La eliminación de los subsidios ya no solo afecta a los más acaudalados, sino también a la clase media aspiracional.
Al reducirse el sector de las manufacturas, lo normal es buscar empleo en los servicios. No obstante, la vieja dicotomía manufacturas versus servicios ya no describe la forma de crecer de las economías. Se ha producido una terciarización de la producción: el diseño, el software, la logística y la investigación y desarrollo (I+D) agregan más valor a un producto manufacturado que las piezas y la mano de obra empleados para su ensamblaje.
Polarización
Según Chatib Basri los servicios se topan con dos limitaciones. Los servicios transables de alta cualificación incrementan la productividad, pero absorben pocos trabajadores. En cambio, los servicios que absorben mano de obra, como los cuidados, la educación y la hostelería, presentan una productividad reducida, pero sus salarios aumentan al ritmo de la economía. Cuando estos servicios intensivos en mano de obra aumentan su peso en el empleo total, su costo relativo se dispara mientras que el producto por trabajador se estanca, lo que encarece precisamente los precios de los servicios de los que depende la clase media.
La segunda limitación es que la mayor parte de los servicios no son transables. Los barberos, el personal de enfermería y los propietarios de puestos de comida no pueden exportar su trabajo. Por ello, el crecimiento liderado por los servicios está limitado por el poder adquisitivo interno, que a su vez está condicionado por la productividad del resto de la economía. El sector manufacturero puede crecer más allá del mercado nacional al vender sus productos a otros países; los servicios, no. Es por lo que la desindustrialización combinada con niveles de ingreso bajo tiene efectos corrosivos: se elimina el único sector capaz de elevar el piso salarial en el conjunto de la economía.
¿Economía de lo posible?
El autor señala que siempre existe la tentación de apostar por la solución estrella: una política industrial de amplio alcance con un nombre impactante y un lanzamiento espectacular. Sin embargo, las reformas solo dan frutos si son acordes con la realidad política del momento. Los recursos, el tiempo y el capital político son limitados, así que se da prioridad a lo que es factible; además, algunas de las reformas más trascendentes son casi gratuitas.
Proteger a la clase media aspiracional es la prioridad absoluta. La solución no consiste en ampliar el gasto, sino en recalibrarlo. Se analiza el caso de la electricidad. La compañía eléctrica nacional de Indonesia guarda los datos por nombre y dirección, con información sobre el uso de cada cliente.
Esta información, junto con los datos de protección social, permite identificar a la población pobre y la clase media aspiracional con mayor precisión y focalizar los subsidios en esos grupos, mientras que los demás pagan la tarifa completa. La focalización no es perfecta, pero bien afinada consigue reducir las fugas de recursos. Las transferencias monetarias condicionadas pueden recalibrarse de esta misma forma. Compensar primero, reformar después.
Proteger y reformar
Chatib Basri comenta que no basta con proteger. El reto principal es restablecer la absorción de mano de obra. El auge de las materias primas en la década de 2000 generó una versión moderada del mal holandés: la favorable relación de intercambio atrajo capital hacia los recursos naturales, mientras que la amplitud del mercado interno redujo los incentivos para que el sector manufacturero compitiera en el exterior. Actualmente, menos del 10% del crecimiento de las exportaciones proviene de productos nuevos en mercados nuevos, y los flujos de capital siguen dirigidos al comercio y los recursos naturales.
Una opción son las actividades que requieren una alta cualificación, pero se topan con el límite impuesto por la disponibilidad de talento. Una mejor estrategia consiste en absorber mano de obra de cualificación media y aumentar sus competencias en el puesto de trabajo: ensamblaje de componentes electrónicos, producción de prendas de vestir y calzado para la exportación, transformación de alimentos y trabajos digitalizados como la logística y los servicios administrativos de apoyo.
La urgencia se ve agudizada por la IA, una tecnología que amenaza con limitar la capacidad de absorción de mano de obra incluso de estas actividades, y que pone de relieve con mayor claridad la necesidad de mejorar las competencias de los trabajadores para que complementen la automatización y no tengan que competir con ella.
Es decir, se necesitan políticas industriales sobrias, centradas en el desarrollo de capacidades y compatibles con la disciplina fiscal, cuyo mecanismo principal no sea la capacitación organizada por el sector público, sino los incentivos para que las empresas capaciten directamente a sus trabajadores, puesto que son las que mejor conocen sus necesidades, finaliza el autor.

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