Cuando sube el combustible, el efecto viaja por toda la economía
Por: Edmundo Lizarzaburu. Profesor de la carrera de Administración y Finanzas de ESAN University.
Cuando hay un cambio en el costo del combustible, la primera respuesta que suele dar una persona o una familia es mirar cuánto paga por llenar el tanque de su vehículo. Esa es la reacción más visible, no la más determinante para la economía. El combustible forma parte del costo de movilidad de personas, mercaderías, alimentos, materias primas, etcétera; por lo tanto, un aumento sostenido puede trasladarse a muchos otros precios.
El impacto directo es fácil de comprender. Una familia que use un auto o una empresa que realice trayectos con un camión tiene ahora que pagar más por cada galón. Este sería el impacto directo. Pero el impacto indirecto aparece posteriormente: el transportista sube el precio de su tarifa, el distribuidor paga más por transportar sus productos y el comerciante recibe mercancías con un mayor importe. Parte de ese incremento puede revertir en el precio a pagar por parte del consumidor.
Osinergmin publica semanalmente, en el contexto peruano, precios de referencia de los combustibles mencionados. Dichos precios se siguen difundiendo durante agosto de 2026, caracterizando los precios de las gasolinas, del diésel, del GLP, del gas natural y de otros productos. Estas referencias permiten entender la vinculación entre el mercado interno, las cotizaciones internacionales, la importación y la logística.
El INEI deja entrever en qué medida el transporte participa en la variación de los precios. En julio de 2026, la división Transporte aumentó un 0,20% en el Perú; mientras que en el mismo mes, la inflación nacional también fue del 0,30 %, con un acumulado de 3,71 % entre enero y julio. Es decir, los costos de transporte y movilidad forman parte del comportamiento de los precios.
El efecto se manifiesta mejor con un ejemplo. Supongamos el caso de una fruta que se produce en el norte del país y llega a Lima. Durante su trayecto, la fruta va a consumir combustible en maquinaria agrícola, vehículos que recogen la cosecha, camiones que transportan la fruta hasta un centro de distribución y unidades que llevarán a su vez el producto hasta mercados o supermercados de la ciudad de Lima. En la medida en que cada etapa de ese trayecto cueste más, el precio último de la fruta va a sentir ese efecto.
Del mismo modo que en los materiales de construcción, en los productos manufacturados o en el comercio electrónico. Unas compañías cuya actividad no requiere de manera directa volúmenes grandes de combustible, puede verse afectada indirectamente por los costos de sus proveedores. Para ello, el costo energético no debería evaluarse únicamente a partir del gasto en gasolina o gasóleo, sino también considerando las tarifas de transporte, distribución y aprovisionamiento.
No todos los precios de la energía han seguido la misma tendencia. Así lo corroboró el INEI al darnos a conocer que en el mes de julio de 2026 el gas propano para el hogar bajaba un 1,1% y la electricidad de uso doméstico decrecía un 0,3%. De lo anterior se desprende la necesidad de revisar cada componente en particular sin caer en la tentación de hacer una generalización a partir de un solo producto.
La mejor respuesta para las compañías consiste en medir qué representa el transporte frente al costo total, revisar las rutas, consolidar las entregas y negociar los contratos logísticos. También puede evaluarse el uso de vehículos más eficientes para proteger el margen. Las empresas que disponen de grandes flotas también pueden aplicar la tecnología y controlar algo tan importante como el consumo, los tiempos muertos o el mantenimiento.
El Estado debe tener un rol importante ya que los combustibles están relacionados con impuestos, mecanismos de estabilización, importación y intervención. Las decisiones públicas deben buscar un equilibrio entre proteger al consumidor frente a movimientos extremos y evitar señales que desincentiven la eficiencia o conduzcan a una carga fiscal difícil de sostener. En lo que respecta al ciudadano, va a tratar de obtener información clara y comparable. La propia empresa, sabiendo cuál es la composición de sus costos, puede responder antes de que el aumento de los combustibles afecte la utilidad. Una empresa que sabe cómo pondera el transporte en cada uno de los productos puede variar rápidamente rutas, precios o contratos, evitando decisiones intempestivas.
Para el país, el reto resulta más difícil. Negociar una política energética competitiva significa contar con precios explícitos, una infraestructura adecuada de almacenamiento y distribución, una libre competencia y unas reglas de juego que sean previsibles. El combustible es un insumo transversal para múltiples actividades económicas. Cuando se incrementa notablemente de forma sostenida, los efectos pueden aparecer en lugares donde el consumidor no los puede situar de inmediato. Por eso, discutir sobre combustibles es también discutir sobre inflación, productividad y competitividad.
Fuentes oficiales consultadas
• INEI. Informe de Precios N.° 8 – Agosto 2026.
• INEI. Nota de prensa sobre precios al consumidor de julio de 2026.
• Osinergmin. Precios de Referencia de Combustibles, agosto de 2026.

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