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Martín Vizcarra, un forastero con pocas balas que debe restaurar la política peruana

En un contexto en el que parte de la población y la izquierda parlamentaria exigen la disolución del Congreso y unas elecciones anticipadas, la debilidad de Vizcarra es evidente.

Martín Vizcarra

(Foto: Congreso de la República)

Martín Vizcarra, el presidente de la República. (Foto: Congreso de la República)

Martín Vizcarra, un político de provincias con poca experiencia en la arena nacional, asumió este viernes la Presidencia de Perú con la ardua tarea de restaurar la confianza pública en la clase dirigente, avanzar en la lucha contra la corrupción y relanzar una economía estancada por la incertidumbre de los últimos meses.

Todo esto lo deberá realizar en un ambiente crispado, con un Congreso dominado por un partido fujimorista poco dispuesto a conceder nada, sin partido ni cuadros políticos leales a su figura y con pocos aliados nominales.

Los ministros que se desempeñaron con Pedro Pablo Kuczynski, muy dañados por los escándalos de corrupción y compra de votos que derribaron a su predecesor, fueron descartados directamente por Vizcarra en su discurso inaugural, un paso reconocido con un aplauso por todos los diputados pero que le pueden suponer una pérdida importante de capital y experiencia política.

En un contexto en el que parte de la población y la izquierda parlamentaria exigen la disolución del Congreso y unas elecciones anticipadas, la debilidad de Vizcarra es evidente.

En su haber cuenta con una buena imagen pública cimentada por su labor como gobernador de la región de Moquegua (sur), su carácter tranquilo y conciliador y por, precisamente, haber permanecido ajeno a los escándalos finales de Kuczynski en la presidencia como embajador de Perú en Canadá.

El año pasado Vizcarra se marchó a Canadá después de que el Congreso que hoy lo juramentó como presidente lo obligara a dimitir del cargo de ministro de Transportes, tras acusarlo de prácticas irregulares en el desarrollo del proyecto del aeropuerto de Cuzco.

Ese escándalo se diluyó y hoy parece que nadie está dispuesto a recordarlo, pero sin duda será motivo de debate si Vizcarra se enemista con alguna de las fuerzas parlamentarias.

También cuenta en principio con el respaldo de las élites económicas, las instituciones empresariales y la Iglesia Católica, básicamente con el pedido de que logre la estabilidad.

Su discurso inaugural, en donde prometió dureza contra los actos de corrupción que han asolado el país en los últimos meses al tiempo que pidió acabar con las políticas de "odio y confrontación" entre los poderes del Estado, fue recibido entre aplausos por los legisladores, algo que nunca sucedió con Kuczynski, lo que augura un buen comienzo.

Su primera misión será la elección de su Consejo de Ministros, tarea que Vizcarra dijo que tendría lista antes de diez días y que servirá como prueba de fuego.

Esa elección ya está siendo materia de debate, con los distintos grupos del Congreso, que tendrá que ratificarla, dando sus visiones y trazando sus líneas rojas.

La clave está en saber si apostará por buscar aliados en el lado del fujimorismo o si intentará encontrar apoyos entre el resto de los grupos parlamentarios.

El rechazo generalizado a la actitud de los partidos políticos y del Congreso en toda esta crisis juega a favor de Vizcarra, ya que, salvo que quieran ser vistas como impulsoras de la inestabilidad por la opinión pública, deberán darle cierto respaldo.

Así, su oposición al gabinete que elija finalmente Vizcarra tendrá que ser moderada en un primer momento y difícilmente podrán negarse a darle el visto bueno que requiere la legislación del país.

Portavoces de Fuerza Popular, el partido fujimorista, ya dijeron que aceptarían su gobierno, pero que no "abdicarían" de su labor de control del Ejecutivo, lo que dadas las circunstancias sonó como una advertencia.

Sin embargo, un paso en falso o una extrema dureza en su actitud podría derivar en la presentación de mociones de confianza que, llegado el caso, habilitarían a Vizcarra a disolver legalmente el Congreso y convocar elecciones, algo que ninguno de ellos, mucho menos los fujimoristas, quieren.

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