Visite nuestro VAR
Por Daniella Espíritu Cubas, estudiante de Derecho de la Universidad del Pacífico.
Y bastó que el árbitro levantara el brazo para que once hombres dejaran de tener razón al mismo tiempo. Y para que millones más empezaran a explicarle al televisor cómo debía hacer su trabajo.
Durante noventa minutos, una decisión arbitral puede convertir a cualquier persona en especialista en reglamentos. Una repetición basta para que aparezcan jueces en cada sala, taxi o mesa familiar.
El VAR (video assistant referee) revisa hasta un roce. Nosotros, en cambio, llevamos años perfeccionando una técnica superior: revisar nuestras faltas con condescendencia y las ajenas en cámara lenta.
Lo entendí hace unos meses en Madrid, durante una competencia internacional de arbitraje deportivo. Ahí pasamos horas discutiendo un partido del que nunca veríamos un solo gol. Sobre la mesa no había delanteros corriendo ni hinchas celebrando. Había informes, declaraciones y reglamentos. Era otro partido. Uno donde no se disputaban balones, sino argumentos. Donde no ganaba quien protestaba más, sino quien podía sostener mejor su posición.
Un campeonato puede tener grandes jugadores y millones de espectadores, pero si nadie cree en las reglas ni en el resultado, deja de ser competencia y se convierte en espectáculo.
Y ahí apareció una sospecha: el fútbol no funciona porque todos amen las reglas. Funciona porque, aunque reneguemos, aceptamos que existen y que también deben aplicarse cuando el resultado no nos favorece.
Quizás ese fue el momento en que el partido dejó de hablar de fútbol y empezó a hablar de nosotros. Porque fuera del estadio somos menos exigentes.
La viveza nos indigna cuando lleva otra camiseta, pero se vuelve “picardía” cuando lleva la nuestra. La infracción es evidente cuando la comete otro; cuando nos beneficia, aparecen los matices. Entonces ya no es incumplimiento: es una excepción, una necesidad o, simplemente, “solo por esta vez”.
Solemos exigir leyes que se cumplan, autoridades que respeten las reglas e instituciones capaces de hacerlas valer. Pero la fortaleza de esas reglas no depende únicamente de quienes las administran. También depende de cuánto estamos dispuestos a respetarlas cuando somos nosotros quienes debemos renunciar a una ventaja.
Quizás por eso valga la pena visitar nuestro propio VAR. Ese en el que se repiten, una y otra vez, pequeñas justificaciones que casi nunca consideramos importantes: “nadie se va a enterar”, “todos lo hacen”, “solo por esta vez”.
Ninguna parece suficiente para cambiar un país. Pero un país también se construye a partir de aquello que sus ciudadanos deciden permitir y de las excepciones que están dispuestos a concederse.
Pedir una repetición cuando creemos que la falta fue del otro es fácil. Lo difícil es mirarla cuando demuestra que la falta fue nuestra.
Quizás un país también necesite aprender a visitar su propio VAR.

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