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GFDRR: Los Riesgos de Mañana se están Construyendo Hoy

La frase con la que empiezo este post debe ser algo misteriosa para la mayor parte de los que la lean. Así como la sigla mencionada al principio del título. GFDRR significa: Global Facility for Disaster Reduction and Recovery (podría traducirse como fondo global para la reducción y la recuperación de desastres. La frase que menciono se encuentra en el prólogo de una de sus más recientes publicaciones: “The making of a riskier future: How our decisions are shaping future disaster risk” (la construcción de un futuro más riesgoso: cómo nuestras decisiones están determinando el futuro riesgo de desastres). Esta publicación del 2016 es extremadamente relevante para nosotros. Así como lo es una publicación más reciente, de hace pocas semanas, del GFDRR, llamada “Aftershocks: Remodeling the Past for a More Resilient Future” (shocks post-desastre: re-modelando el pasado para un futuro más resiliente).

 

La frase con la que empiezo este post debe ser algo misteriosa para la mayor parte de los que la lean. Así como la sigla mencionada al principio del título. GFDRR significa: Global Facility for Disaster Reduction and Recovery (podría traducirse como fondo global para la reducción y la recuperación de desastres. La frase que menciono se encuentra en el prólogo de una de sus más recientes publicaciones: “The making of a riskier future: How our decisions are shaping future disaster risk” (la construcción de un futuro más riesgoso: cómo nuestras decisiones están determinando el futuro riesgo de desastres). Esta publicación del 2016 es extremadamente relevante para nosotros. Así como lo es una publicación más reciente, de hace pocas semanas, del GFDRR, llamada “Aftershocks: Remodeling the Past for a More Resilient Future” (shocks post-desastre: re-modelando el pasado para un futuro más resiliente).

 

El GFDRR es un fondo administrado por al Banco Mundial, creado con numerosos partners, destinado a dar asistencia técnica, a financiar proyectos, y a desarrollar la investigación en pos de la reducción del riesgo de desastres y otros riesgos catastróficos (pandemias, guerras) y de la mejor recuperación posible frente a estos eventos. Se basa particularmente en la experiencia real, tomando muchos casos prácticos vividos. Su Secretariado está dirigido actualmente por Francis Ghesquière, uno de los mayores especialistas mundiales de la gestión del riesgo de desastres, quien justamente acuñó dicha frase en el prólogo de la publicación del 2016.

 

Dicha publicación explica en resumen cómo los diferentes componentes del riesgo de desastres: amenaza (sismos, eventos hidrometeorológicos, etc.), exposición (los activos y personas que pueden ser afectados) y vulnerabilidad (los factores que empeoran el riesgos, como las construcciones poco sólidas o en áreas inundables), pueden agravarse por diferentes acciones (o inacciones) actuales que resultan en gran medida de decisiones nuestras, de las empresas y de los gobiernos, y cómo se podría evitar que se siga agravando el riesgo a futuro, mediante diferentes medidas estratégicas de reducción/mitigación del riesgo. Una de las consecuencias lógicas: no se puede estar modelando y midiendo el riesgo futuro únicamente en función de la situación pasada y actual, se debe tomar en cuenta las evoluciones en curso para tener una mejor idea de lo que será ese riesgo y poder tomar así medidas de reducción del riesgo más adecuadas.

 

La segunda publicación va más allá, con esa misma lógica de tomar en cuenta las evoluciones, toma una serie de eventos catastróficos muy conocidos, como la erupción del Vesuvio, el huracán San Zenón de República Dominicana en 1930, o el terremoto de Spitak (Armenia) de 1988, para dar una idea de lo que podría suceder si se reprodujeran ahora. Al mismo tiempo, para también hacer entender cómo se puede lograr reducir el riesgo, da el ejemplo comparativo de la Ciudad de México con los terremotos de 1985 y de 2017 (un claro ejemplo de cómo eventos similares tuvieron consecuencias muy diferentes tanto en términos de pérdidas económicas, como de disrupción de las actividades y de pérdidas humanas) y también comparaciones entre los grandes sismos del 2010 en Chile y Haití.

 

Entre las ideas fuerza de la primera publicación: la evaluación del riesgo debe tomar en cuenta evoluciones como el cambio climático, el aumento de la población y la rápida urbanización, y otros cambios de entorno en general, como el crecimiento de las edificaciones en lugares inadecuados, y la creciente construcción informal. Y medidas que se requieren para revertir ese riesgo creciente que se está construyendo: mejor diseño y aplicación de códigos constructivos, medidas de planeamiento urbano, mejor planeamiento territorial, reforzamiento de las redes de seguridad social, el entrenamiento para una mayor resiliencia.

 

En la segunda publicación, se profundiza el tema de cómo el estudio del pasado nos puede dar informaciones utilísimas para modelar mejor los riesgos futuros y para tomar las medidas de reducción del riesgo más adecuadas a nivel de detalle. Una frase destaca, pues nos recuerda cómo en lo que se refiere a desastres, los mismos eventos tienden a reproducirse: “El Pasado nunca está muerto, ni siquiera es Pasado” (la cita es del escritor norteamericano William Faulkner).

 

Algo notable en estas publicaciones es el recordarnos algo que también se nota en otros tipos de riesgos catastróficos, como las guerras, los conflictos internos, las crisis financieras, las epidemias, y cómo las decisiones (y falta de decisiones) pueden hacer que vuelvan a suceder, pero con mayor impacto aún. Se ve cómo la incapacidad de aprender del pasado y de tomar en cuenta realidades evolutivas es una serie limitante, pero al mismo tiempo, con una nota más optimista, nos demuestra como ello no es una fatalidad: se puede lograr, aún con mayores amenazas y exposición, reducir los impactos, principalmente actuando sobre las vulnerabilidades.

 

No tomar dichas medidas, tales como construir mejor, favorecer el crecimiento de otras regiones y ciudades para no sobre-saturar una o dos de ellas, no construir en lugares manifiestamente vulnerables, invertir en reducción del riesgo, organizar y financiar por adelantado la respuesta, la recuperación y la reconstrucción, organizar a la sociedad, a las empresas y al Estado, incluyendo la parte institucional, para ser más resilientes (ejemplo: promover el entrenamiento, favorecer una mayor penetración de los seguros y esquemas de protección de los más vulnerables, gestión efectiva del riesgo operacional y de la continuidad del negocio y de la continuidad operativa, mayor institucionalidad de la gestión de riesgos), a pesar de tantos ejemplos ilustrativos es de una gran irresponsabilidad.

 

Este es a la vez un tema de gestión prospectiva macro-económica y macro-social, de planeamiento estratégico, de gestión de las finanzas públicas, de gestión del riesgo operacional, y de gestión de la seguridad nacional.

 

Y nosotros, ¿en qué andamos? Hemos avanzado mucho o bastante en algunos temas, no hemos avanzado nada en otros, y hasta los hay en que se estaba avanzando a buen ritmo o ya se había empezado a hacer algo (se trata de esfuerzos de muchos años), pero desde hace un tiempo se está viendo estancamiento y retrocesos; los aspectos más trágicos parecen ser la institucionalidad de la gestión del riesgo de desastres, y todo lo relativo al planeamiento urbano, donde los pocos esfuerzos que se hicieron fueron anulados en favor de un corto-placismo cementero más agresivo que nunca.

 

Ambos documentos son muy largos en apariencia, pero se leen con gran facilidad por la riqueza de los ejemplos y del razonamiento desarrollado, que es más práctico que teórico.

 

Doy los links donde se pueden encontrar:

 

https://www.gfdrr.org/sites/default/files/publication/Riskier%20Future.pdf

 

https://www.gfdrr.org/sites/default/files/publication/Aftershocks.pdf

 

 

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