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Financiamiento de Corto Plazo: ¿Menos Arriesgado?

En el post anterior habíamos visto cómo el financiamiento de largo plazo era muy importante para la economía y cómo a pesar de ello parecía haber un sesgo regulatorio desfavorable para éste. Esta vez profundizaremos un poco más este aspecto y veremos cómo las cosas no son exactamente como parecen.

En el post anterior habíamos visto cómo el financiamiento de largo plazo era muy importante para la economía y cómo a pesar de ello parecía haber un sesgo regulatorio desfavorable para éste. Esta vez profundizaremos un poco más este aspecto y veremos cómo las cosas no son exactamente como parecen.

 

Recordemos la gran crisis del 2007-2008 y las secuelas en Europa, que empeoraron con la crisis de varios países, especialmente Grecia. Uno de las principales conclusiones que se sacaron fue que hubo no sólo un problema de capitalización insuficiente de los bancos, sino sobre todo

una enorme crisis de liquidez

, donde si no hubiera sido por la enérgica intervención de los principales bancos centrales, muchos bancos hubieran quebrado, pues los bancos ya no se prestaban entre sí y además estaban atrapados con activos no líquidos y que era imposible vender sin grandes pérdidas.

 

De ahí que se buscara reforzar en las últimas reformas regulatorias la calidez de la liquidez de los bancos, tanto por el lado de los pasivos, es decir que tuvieran un mayor proporción de financiamiento estable, como por el lado de los activos, es decir que la proporción de sus activos líquidos fuera mayor. Para un banco los principales activos que tiene son los créditos que hace y luego los bonos que adquiere, soberanos y otros. Y por supuesto, los créditos a mediano y largo plazo, desde el punto de vista de la liquidez, terminan siendo vistos como menos convenientes; en cuanto a los bonos, que suelen ser a mediano y largo plazo, se busca que sean más fácilmente negociables, y se supone en dicho razonamiento que los bonos soberanos lo son.

 

Las nuevas reglas parecen cuestionar algo que desde hace siglos los bancos han visto como una característica intrínseca de su actividad: la “transformación” de recursos que suelen ser de corto plazo, es decir los depósitos, en préstamos que pueden ser de corto plazo, pero también de mediano y largo plazo. Lo que los hace estar “descalzados” en cuanto a plazos. Por supuesto tratan de mitigar ese riesgo con la emisión de bonos de largo y mediano plazo, pero rara vez lo logran de manera suficiente, y no necesariamente lo buscan, alegando que gran parte de los depósitos son en la práctica “recursos estables”, pues la mayoría de los clientes los mantienen; y no les falta razón.

 

De todas maneras, lo que es obvio es que con las nuevas reglas, los bancos y otras entidades financieras tienen cada vez más reticencia a “cargar sus balances” con créditos a mediano a largo plazo, lo cual tiene consecuencias macroeconómicas desfavorables. Ya era el caso antes, pero se diría que este fenómeno se ha acentuado.

 

 

Aquí

cabe preguntarse primero si no hubo por lo menos un error de diagnóstico parcial

.

 

Porque si uno examina la historia de esos años aún recientes de crisis, se nota varios factores decisivos para la mencionada crisis de liquidez:

 

. muchos bancos hicieron crecer sus balances a punta de financiamientos de corto plazo, sea interbancarios sea de financiamiento de fondos especializados (llamados de “money market”), de los cuales varios bancos europeos terminaron dependiendo de manera excesiva (siendo el ejemplo caricatural el británico Northern Rock). Ello me recuerda que justamente la corredora CLSA Emerging Markets, que había desarrollado durante la crisis asiática varios indicadores de “stress test”, consideraba entre los claves el que los bancos se financiaran más allá de su base de depósitos (si los préstamos excedían 90 % de los depósitos era un criterio de alerta); y efectivamente en la región se habían multiplicado las líneas interbancarias a 364 días, vistas erróneamente como sin riesgo. El mismo problema se vio en el Perú con los famosos “adeudados” que se esfumaron con la crisis rusa y brasileña, contribuyendo a la quiebra de varios bancos en el país, como sucedió en otros países.

. en muchos casos, el crecimiento de esos balances, mediante deuda de corto plazo, como si no se hubieran aprendido las lecciones de la crisis asiática y las que la siguieron inmediatamente, se hizo para financiar actividades muy especulativas, como el adquirir los famosos bonos basados en “hipotecas subprime”, o hacer créditos corporativos muy arriesgados, como los “leveraged buy outs”, u otras adquisiciones de empresas a los precios “inflados” de entonces, o para prestarle masivamente a Grecia, tanto a privados como al Estado, o multiplicar los créditos inmobiliarios en un contexto de precios inflados en varios países como España e Irlanda (tanto a empresas especializadas como a clientes finales)

.

en realidad esos crecimientos se hicieron en un contexto de una gigantesca burbuja global

, que era incluso industrial (como en China) y en algunos países de infraestructura (como en Portugal), donde gran parte de los activos crediticios eran en realidad de dudosa calidad. En realidad la repetición a mayor escala de una historia ya conocida. Sólo que agravada esta vez por la inflación de productos derivados cuya base económica era prácticamente de cero

. cuando la realidad explotó en la cara del sistema financiero, lo que se produjo fue

una gigantesca crisis de confianza

, ampliamente justificada por la magnitud de los errores cometidos, que prácticamente paralizó los flujos financieros; para muchos, si no hubo corrida de depósitos, lo que hubo fue corridas de préstamos interbancarios y de fondos especializados en el fondeo de corto plazo; y la desconfianza contagió hasta a los bonos respaldados por créditos “normales”

 

Entonces,

fue la existencia de créditos a mediano y largo plazo en sí, una de las causas del gran problema? Debería

ser obvio que no

. Más parece haber sido la combinación de estándares crediticios ultra-relajados facilitados por la disponibilidad excesiva de recursos de corto plazo, y de una explosión de productos derivados basados en la práctica en nada, así como de prácticas que deberían ser consideradas como estafa, y castigadas como tales, en el marco de un sobre-entusiasmo generalizado.

 

 

La otra pregunta que conviene hacerse es si para una entidad financiera, los créditos y exposiciones a corto plazo son necesariamente menos arriesgados que los que son a mediano y largo plazo

. Demasiado ejemplos apuntan a que no. Veamos algunos:

 

. ya vimos cómo los financiamientos a corto plazo a otras entidades financieras pueden terminar mal (y ser refinanciados a varios años), vieja lección que se olvidó; y sin embargo todavía muchos insisten con ese razonamiento, por ejemplo para fijación de reglas favorables relativas a las provisiones por riesgo país (hasta para decir que no existe)

. existe el caso de los famosos bridge loans

(o créditos puente), de los que ya hablamos en otros posts, donde las exposiciones tomadas pueden ser enormes, y que también pueden terminar reestructurados a muchos años; los que lo hicieron para empresas petroleras medianas recientemente lo saben muy bien, pero esa era también una vieja lección olvidada

. los créditos de consumo por tarjeta, el arquetipo del financiamiento de “corto plazo” para los hogares; tal vez se hayan dado cuenta de que la SBS en el Perú obliga a decir en los estados de cuenta cuánto tiempo tomaría reembolsarlos haciendo el pago mínimo: muchos años. Y la realidad es que cuando se refinancian, muchas veces terminan con “quitas” muy significativas si se quiere que el pago sea más pronto. En realidad, de corto plazo no tienen mucho. Entonces se entiende menos que en las regulaciones se les trate a menudo favorablemente, incluyendo el hacer como si el riesgo llamado “factor de conversión crediticia” (el porcentaje de la línea no utilizada que se convierte en crédito en los meses anteriores al impago) fuera de cero, lo que es contrario a toda evidencia estadística

. el tratamiento como exposición de corto plazo, de carácter liquido, de los activos de mediano y largo plazo que se tiene en la “cartera de negociación” (o trading book

), problema del que hemos tratado también en un post anterior; y estos son a menudo soberanos, pero también estaban ahí gran parte de los bonos basados en hipotecas

subprime.

Cuando hay problemas, su liquidez es ilusoria, salvo si se sale con fuertísimas “quitas”, y estos títulos son tan reestructurados como los otros. Entonces, ¿tiene mucho sentido ese tratamiento favorable, que alcanza no sólo a las reglas de ponderación de capital, son también a las de provisiones por riesgo país?

. la deuda generada por un derivado de corto plazo que termina mal también puede terminar reestructurada a largo plazo, como se vio durante las diferentes crisis sucesivas (o peor, puede ser hasta no reconocida y dar lugar a pagos finales de una mínima fracción).

 

En conclusión

, hay que desconfiar de las etiquetas que se dan, lo que se considera de corto plazo muchas veces en realidad no lo es. Es necesario preguntarse si la regulación financiera hace bien en desarrollar sesgos favorables para ciertos tipos de financiamientos y desfavorables para otros. Es algo que puede terminar favoreciendo la creación de burbujas con efectos sistémicos y haciendo que la economía esté financiada de manera inadecuada. Es justamente lo que la regulación y supervisión macro-prudencial debería buscar evitar. La clave está también en la férrea supervisión de los estándares crediticios y de lo que las entidades están haciendo realmente y el tipo de incentivos que están dando a sus funcionarios, que podrían estar premiando las actividades especulativas y los resultados comerciales de corto plazo (lo que hace años llamé la “voluntad real de supervisión”, que fue inexistente en algunos países como lo demostraron comisiones investigadoras), en evitar que ciertos riesgos obvios estén sub-ponderados en cuanto a consumo de capital y sub-provisionados de manera estructural, y en asegurarse que las entidades financieras se fondeen de manera sana y no dependan de ganancias volátiles para crecer, y que estén fuertemente capitalizadas con la mayor proporción posible de capital en “fondos propios duros”. Todo ello tomando en cuantas las características diferentes de las entidades (las exigencias diferenciadas de capital según el perfil de riesgo de la entidad y su carácter sistémico son un acierto, por ejemplo; aunque se puede hacer más en este campo algo que los analistas especializados europeos conocen bien).

 

 

 

 

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