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Riesgos Financieros Gregorio Belaunde Gregorio Belaunde

Reflexiones en torno al Trading Book o "Cartera de Negociación" en los Bancos

En el post anterior sobre la banca de inversión había tenido la oportunidad de mencionar que una de las actividades que sí conllevaba un riesgo mayor al habitual era el trading por cuenta propia. No sólo porque, por naturaleza, al consistir en actos repetidos de compra y venta para obtener ganancias de corto plazo, puede llevar a actividades de tipo especulativo (lo que algunos han llamado "casino-banking"), sino porque esa actividad ha sido potenciada por la existencia en las regulaciones de una "cartera de negociación" (trading book) distinta y con reglas diferentes de la "cartera bancaria" (banking book).
Veamos cómo.

En el post anterior sobre la banca de inversión había tenido la oportunidad de mencionar que una de las actividades que sí conllevaba un riesgo mayor al habitual era el trading por cuenta propia. No sólo porque, por naturaleza, al consistir en actos repetidos de compra y venta para obtener ganancias de corto plazo, puede llevar a actividades de tipo especulativo (lo que algunos han llamado “casino-banking”), sino porque esa actividad ha sido potenciada por la existencia en las regulaciones de una “cartera de negociación” ( trading book) distinta y con reglas diferentes de la “cartera bancaria” (banking book).
Veamos cómo.
Para empezar, algunas nociones clave
La palabra “trading” (negociación) en su origen, no se refiere a las finanzas, sino más bien a un tipo de actividad comercial. Empresas especializadas compran mercancías de todo tipo y la revenden a otras empresas, que son los usuarios finales, con el mayor margen posible. De ahí que se hable de grandes negociantes o traders en diferentes productos. Son indispensables en el comercio internacional, y actores claves en el comercio de commodities, por ejemplo. 
Pero con el tiempo, conforme el sector financiero se fue sofisticando, se extendió la negociación de instrumentos financieros como los bonos y las acciones, llevados a cabo por los brokers (corredores) que lo hacen por cuenta de los clientes, y dealers, que lo hacen por cuenta propia. Sus operadores son los llamados, y ahora famosos, traders . Luego de la Crisis de 1930, que había demostrado la amplitud de sus actividades especulativas, los bancos norteamericanos se vieron en principio prohibida esta actividad, hasta 1999. Durante decenios, fue algo reservado a los broker/dealers como Lehman Brothers, Goldman Sachs, Bear Sterns, etc. Pero en Europa esa separación en general no se dio, y el trading fue creciendo al interior de los bancos llamados “universales”, en sus divisiones de mercados de capitales, parte de su banca de inversión.
En 1996, el Comité de Basilea, que reúne a los principales reguladores bancarios del Mundo y fija las pautas internacionales en la regulación y supervisión bancarias, tomando en cuenta las prácticas de los bancos más avanzados y que los bancos no sólo estaban expuestos al riesgo de crédito, introdujo reglas que obligaban a tomar en cuenta el riesgo de mercado,así como la regla del uso del trading book, para poner ahí las exposiciones en instrumentos vistos como líquidos y destinados a ser negociados. Se determinó que estos estaban expuestos mucho más, sino exclusivamente (según una interpretación común) al riesgo de mercado, que al riesgo de crédito. Y este riesgo se fue midiendo según un método estándar propuesto en el marco de Basilea, o según modelos internos basados grosso modo en el riesgo ligado a la volatilidad histórica de corto plazo, puesto que se trataba de instrumentos que se venden en el corto plazo. Todo lo que no estaba ahí era por defecto el banking book, expuesto al riesgo de crédito, incluyendo a las inversiones que se guardaba hasta el vencimiento.
Ahora bien, esta separación en dos “carteras” no coincidía totalmente con la contabilidad; por supuesto, aparte de los créditos y de las inversiones en subsidiarias y asociadas, ésta reconoce a las inversiones a vencimiento, que se contabilizan para simplificar, al costo. Pero además de considerar a las inversiones negociables, cuyas variaciones de valor se deben reconocer en cuenta de resultados, como pérdida o ganancia latente, tiene a la categoría de inversiones Disponibles para la Venta (DPV), que son grosso modo las que no se piensa conservar, pero cuyo horizonte de negociación no es el de muy corto plazo. Aquí las reglas varían según los países en cuanto a las fronteras del tiempo de conservación, y al reconocimiento de las minusvalías por las variaciones de precio de mercado, que en vez de cargarse a la cuenta de resultados, afectan a las reservas, es decir al patrimonio (algunos países ni siquiera pedían eso, permitiendo reconocer pérdidas sólo en caso de venta); los estándares contables internacionales, las NIC, piden siempre reconocer las pérdidas.
Problema: pronto se empezó a ver que estas inversiones DPV, desde el punto de vista de la división entre banking book y el trading book, que es una visión de gestión de riesgo, podían encontrarse en el trading book, o en el banking book, donde también se volvió común ver a inversiones cuyas variaciones de valor eran reconocidas, pero no en cuenta de resultados. Finalmente, como el criterio era subjetivo (la intención de vender), los bancos utilizaban uno u el otro book según su conveniencia, lo que se llama arbitraje regulatorio. Incluso los instrumentos podían pasar a veces de uno a otro book.
Pero el asunto no se limitó a estas inversiones DPV (o held for sale).
Y no se debe olvidar que en la segunda mitad de la década de los 90, ya no sólo se negociaban bonos y acciones simples, sino también derivados e instrumentos estructurados.
Pequeña historia de los inconvenientes que fueron apareciendo
El haber trabajado en áreas de riesgos corporativos por varios años desde enero del 1995 me permitió experimentarlos de primera mano. Fue bastante aleccionador.
Crisis asiática 1997-1998: habiéndose notado incongruencias en la contabilización de los riesgos sobre los “países de la Crisis”, se me encargó en el banco francés donde laboraba, identificar las fallas (que se creía sobre todo eran de doble conteo) para llegar al número exacto. Busqué también lo que podía faltar, y al notar que no aparecían en el sistema central de riesgo crediticio las exposiciones de la división Capital Markets, les pedí sus exposiciones. La respuesta era que “no había, pues las que tenían estaban en el trading book y eso no era riesgo de crédito“. Insistí y recibí unos listados en físico larguísimos donde estaba todo el trading book de la división. Lo interesante fue que eran listados con histórico, incluso de lo que ya no se tenía, que supuestamente mostraban entradas y salidas de bonos y papeles comerciales es decir, trading. Pero mirando el detalle encontré no sólo exposición indonesia a contrapartes que incluso en la banca comercial no habíamos aceptado, o a las cuales les habíamos puesto un tope bajo, sino que en realidad casi todos los ya vendidos habían sido conservados desde la compra hasta el vencimiento, y eran en gran parte participaciones en créditos sindicados que se hacían bajo forma de Notas. Claro, eran muy rentables. Pero no tenían nada que hacer en el trading book, y ahora lo que quedaba, que nunca fue objeto de aprobación crediticia, era exposición en riesgo. Mi comentario de entonces fue: este trading book más parece un hiding book (cartera para esconder exposiciones).
Cambio post-crisis (1999) del sistema de gestión de riesgo país : como lección aprendida, aunque muchos bancos habíamos hecho en el 1997 provisiones ad hoc preventivas para lo que se nos vendría en el 1998, los reguladores impusieron que se hicieran provisiones por riesgo país. Me tocó ser parte del grupo de trabajo como representante para la región Asia. Nuestro sistema consistió en categorizar los tipos de exposiciones para ponderar las provisiones por país que derivaban de las notas que les poníamos (una escala propia porque no confiábamos en las grandes clasificadoras). Se armó un gran debate con la división Capital Markets, para la cual el trading book debía contar como  0 %, “porque no había riesgo de crédito“. Al final se logró que las exposiciones de muy corto plazo ponderaran algo, y que las que estaban contablemente en DPV, mucho más.
Gracias a mis pares en otros bancos, de todo origen, sabía para entonces que casi todas las áreas de riesgo se enfrentaban a los dos problemas mencionados. Además había ya debates intensos en el marco de las discusiones hacia Basilea II, con lobby de muchos para considerar al trading book como de mucho menor riesgo (ganaron en gran parte).
Propuesta de vender “credit default swaps” sobre deuda asiática (2000), es decir ser los que daban protección crediticia. Felizmente a alguien en la Sede se le ocurrió que los de riesgos en banca corporativa debíamos opinar, por el riesgo país. Por supuesto, para nosotros era como dar avales, y así fue considerado in fine, con obligación de aprobación crediticia operación por operación, a pesar de la posición de Capital Markets de que no había riesgo de crédito puesto que los CDS eran “líquidos” (punto de vista que se impuso en otros bancos, desgraciadamente).
Caída de Enron en el 2001: varios bancos norteamericanos tuvieron que corregir una o dos veces el monto de su exposición, que resultó mucho mayor. La razón: los CDS que habían vendido sobre Enron no estaban registrados en los sistemas de riesgo crediticio, puesto que sólo eran vistos en las salas de mercado y sus propios middle y back office. Visiblemente, no estaban en el banking book ni los de riesgo crediticio los conocían.
En el 2005, el Comité de Basilea recomendó que lo que estaba en el trading book debía también tomar en cuenta el riesgo crediticio de alguna forma. Bueno, en realidad hacía muchos años que los grandes bancos tenían en el middle office de Capital Markets equipos de seguimiento de riesgo de contraparte en operaciones de mercado. El problema era más bien que muchas Divisiones de Capital Markets, que se veían casi como un banco aparte, no reportaban sus exposiciones a las áreas de riesgo crediticio, que no podían así consolidar exposiciones, lo que explica lo que pasó con Enron. Ese problema no lo teníamos ya luego de la mala experiencia de 1998 que mencioné: el director central de riesgos había impuesto la consolidación de la información crediticia, a pesar de muchas protestas.
Pero algo ya había empezado a deteriorarse seriamente incluso en los bancos europeos continentales, y los años de crisis mostraron cruelmente las consecuencias.
Primero, la crisis de los subprime en el 2008 agarró a muchos bancos europeos, incluso varios franceses y alemanes, con enormes portafolios de papeles tóxicos (los famosos CDOs) respaldados por títulos que empaquetaban créditos subprime. Incluso algunos de ellos habían entrado justo antes de la crisis al negocio del re-empaquetamiento de esos CDOs, los llamados CDO-squared (es decir “al cuadrado”), o sea que tenían parqueados grandes montos de CDOs tóxicos para revenderlos. Se les materializó el llamado “warehousing risk” (algo así como “riesgo de almacenamiento”). Cuando pregunté a algunos bancos y reguladores qué había pasado, la respuesta: es que no eran vistos como riesgo de crédito, sino como riesgo de mercado, además era sobre todo para revenderlos, entonces todo estaba en el trading book. Si se tomaba en cuenta el riesgo crediticio, era por fracciones mínimas del monto, por ser papeles bien calificados. Pero los de riesgo crediticio no veían pasar esas operaciones. Visiblemente, hubo un retroceso, porque la práctica que yo había conocido en 1995/97 era que sí se registraban exposiciones crediticias por las titulizaciones, que las veíamos y que se examinaba el riesgo sub-yacente al detalle. El trading por cuenta propia tuvo un rol clave acá, y según una estadística del Comité de Basilea, esos papeles derivados de los créditos hipotecarios “subprime” fueron de lejos los que más pérdidas causaron; y la gran mayoría de pérdidas por inversiones fueron en el trading book.
Luego, la crisis de los papeles soberanos europeos: fue impresionante cómo muchos bancos europeos llegaron a acumular tanta deuda soberana griega y portuguesa. Claro, si las mismas regulaciones decían que la deuda soberana era prácticamente sin riesgo, el incentivo era fuerte. Pero si le añaden que esos papeles eran vistos como líquidos, y que entonces se encontraban en el trading book, que permitía acumular montos de riesgo país mucho mayores, el incentivo era doble. Todavía recuerdo la sorpresa y crítica de muchos banqueros cuando se admitió a Grecia en el Euro más de 10 años atrás, pues era un país sujeto a límites-país estrictos, al cual veíamos como “emergente”, de institucionalidad fiscal débil. A los pocos años, toda cautela con ese país había desaparecido, lo que alimentó su espiral de endeudamiento. Después esos papeles tuvieron que pasar al banking book, pero con “deterioro de valor”, es decir, registrando pérdidas.
Conclusión
En estos años se vio a muchos bancos pedir a los reguladores que les dejaran pasar inversiones contabilizadas en valor de mercado (o fair value) al banking book, para evitar las pérdidas. Algunos igual tuvieron que venderlas con pérdida.
El hecho es que:
- el Comité de Basilea, en dos tandas sucesivas, el llamado Basilea 2.5 y ahora Basilea III, y seguido por las regulaciones europea y nacionales (como la peruana) ha endurecido las exigencias de capital del trading book, así como las condiciones para ser “elegible” para éste (añadiendo criterios objetivos y ya no sólo subjetivos, así como restricciones a los cambios de book) de tal manera que no se podrá llevar a cabo trading por cuenta propia por montos tan grandes como antes
- los norteamericanos han ido más lejos, con la famosa “regla Volcker”, que prohíbe a los bancos el trading por cuenta propia salvo excepciones y en pequeñas dosis respecto del capital.
La época de gloria del trading book parece haber pasado. Y el inconveniente de una visión “en silos” (en vez de integral) de los riesgos parece haber sido demostrado definitivamente. Ahora bien, cuando uno ve las reglas planteadas por Basilea para calcular sobrecargas de capital, parecen bastante complejas. Uno puede siempre preguntarse si en fin de cuentas, viendo los “ir y venir de un book al otro” para que igual se tenga que registrar pérdidas si las cosas salen mal, si realmente vale la pena mantener al trading book y esa discusión se dio en Basilea (muchas veces, en supervisión financiera, la simplicidad es más eficaz que tratar de jugar al gato y al ratón con la complejidad). Se decidió finalmente que era excesivo, lo que sería cierto, si se considera el trading por cuenta de clientes y que a veces no es fácil distinguir el trading por cuenta propia del efectuado para terceros. El riesgo es que, la próxima vez que haya varios “años buenos” consecutivos, exista la tentación de relajar las reglas de nuevo.

 

 

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