Las polémicas del mundial y la racionalidad de las reglas
El mundial, con todo lo bueno que está siendo, nos ha dejado alguna polémica. En este espacio, evidentemente, no me interesa comentar de fútbol solamente, sino que creo que hay reglas que sería interesante analizar desde una perspectiva de Law & Economics o método funcional en general. En especial, me parecen relevantes las “meta-reglas”: reglas que -a su vez- sirven para hacer menos costosa (más eficiente) la administración de otras reglas (el arbitraje). En ese sentido, el mundial actual se está acercando más a la forma anglosajona de entender el Derecho; menos dogmática (correcta desde el purismo técnico o lógico) y más pragmática.
1. Taparse la boca para insultar
En el mundial, hemos visto a más de un jugador ser expulsado por taparse la boca al -presumiblemente- insultar a un rival. Incluso, una de esas acciones se ha popularizado bastante fuera de la cancha -en fiesta techno- por la forma peculiar como el árbitro dijo “decision is red card”.
Sin embargo, en el mismo mundial también hemos visto a jugadores insultando abiertamente a sus contrarios y eso no ha sido sancionado. ¿Cuál es la explicación detrás? El taparse la boca hace que sea más difícil la labor del árbitro, al encubrir (hacer más difícil la detección) de insultos graves: comentarios racistas u homofóbicos, amenazas graves, etc.. No es más grave que insultar, pero es más dañino para el proceso de “administrar justicia” a través del arbitraje.
En contraste, cuando jugadores insultan abiertamente a sus rivales se asume -quizá con razón- como una circunstancia normal del juego, que no merece la roja. En base a la lógica del “costo de los accidentes” de Calabresi, el costo del insulta es similar, lo que disminuye es el costo para el arbitraje en si mismo.
2. Simulación de una falta
Este es otro caso que trajo polémica durante el mundial. Un jugador de Suiza fue expulsado por fingir una falta (aquí), lo cual fue percibido por muchos como demasido duro, considerando que algunas faltas fuertes no recibieron amarilla en ese y otros partidos.
Sin embargo, a diferencia de una falta relativamente fuerte, nuevamente, la simulación de una falta no es una violación que perjudique solo al equipo contrario, sino a la administración del juego misma.
Un jugador que simula reduce la probabilidad de detección de faltas, con lo cual, reduce la eficiencia del arbitraje. Sin simulación, más faltas serían detectadas y desalentadas, lo cual a su vez haría que las faltas fueran mejor desincentivadas y -por lo tanto- el juego ocurriera con menos fricciones. Entonces, lo que se protege con la sanción de la simulación no es la integridad de los jugadores o la competencia justa, sino la integridad del juego mismo.
3. Dureza vs. intención
Otra regla diseñada para reducir el costo de arbitrar es la que penaliza la dureza de una falta independiemente de la intención del jugador. Se vio en casos como USA vs. Bosnia, donde un jugador de USA fue expulsado por una falta dura, pero sin intención. La intencionalidad (dolo) sería muy difícil de observador por un árbitro, nuevamente disminuyendo las probabilidades de detección y sanción.
El caso inverso de la aplicación de la regla se vio en la falta de Messi vs. Argelia. Si bien la falta pareció dura en imagen detenida, el tackle de Messi no es suficientemente fuerte y la pierna de Messi y la de su rival iban en el mismo sentido. Así, independientemente de que la intención de Messi haya sido foulear o no, habían elementos objetivos que hacían pensar que la dureza no había sido suficiente para merecer una amonestación adicional a la falta.
Hacer irrelevente la intención solo reduce los costos de administrar justicia. Ahora, eso puede tener o producir otro tipo de costo: desincentivo de juego limpio pero duro. Aquí el caso de Messi vs. Argelia se vuelve relevante: si bien la intención no debería ser tomada en cuenta, sí se debería poder mirar grados de dureza, a fin de -justamente- no desincentivar acciones normales del juego.
4. Tecnología vs. ojo humano
En el último minuto del partido (con 12 agregados), una decisión del árbitro nos privó de uno de los finales más épicos: Croacia había empatado el partido contra Portugal y se iban a los suplementarios. Sin embargo, el árbitro decidió -basado en una tecnología de sensores- que la pelota había sido tocada previamente por un jugador de Croacia, lo cual ponía en off-side a Gvardiol.
El punto aquí es que uno puede ver el gol una y mil veces, en cámara lenta y no parece que el jugador de Croacia la toque. ¿Qué pasa cuando la tecnología contradice el ojo humano? El sentido común hubiera llevado a cobrar el gol, pero esto incrementaría el costo de arbitrar. La regla más simple es hacerle caso a la tecnología, fría, objetiva, pero quizá imprecisa en algunos casos. El costo del error se estimó como más bajo que el costo de complejizar una regla, agregando elementos de subjetividad y valoración “humana”.
Este caso también ha derivado en una discusión bastante interesante acrca de “scientism” (aquí), una discusión similar a la que tuvimos -o, mejor dicho, debimos tener- durante la Pandemia. En este caso, quizá un principio básico podría generar más certeza y más corrección, similar al de los casos de off-side ridículos que ocurren porque el dedo del pie del jugador o el hombro destacan un centímetro. Una regla más simple y efectiva podría ser: “ante la duda, favorecer el gol” o “si el ojo no lo puede ver (así se pasen repeticiones), no debería contar”.
Sea como sea, las polémicas del Mundial son una buena ilustración del sentido que tienen las reglas de juego, que muchas veces buscan reducir los costos mismos de administrar reglas de juego o -en palabras simples- hacen más fácil el arbitraje.

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