¿Por qué las empresas ya no confían en el marketing?
Si tu equipo no llega a la meta, no es que no sepas qué hacer. Es que ya decidiste hacerlo sin pensar demasiado: una campaña.
La escena es conocida, pero casi nunca se cuestiona. Reunión, presión por resultados, alguien propone salir con comunicación. Marketing toma nota, ajusta piezas, define tiempos. Nadie se detiene demasiado a discutir si ese era realmente el problema. La conversación avanza. El pedido también. Y la decisión ya fue tomada.
Esto no trata de campañas. Trata de decisiones. Durante años, el marketing prometió hacer crecer el negocio. Hoy, en muchas organizaciones, participa cuando las decisiones importantes ya se tomaron. Llega después del producto, después del precio, después de la urgencia. Y cuando llegas después, ya no decides. Ejecutas. Y por eso muchos se preguntan: ¿Por qué las empresas ya no confían en el marketing?
Porque en ese mismo proceso, el marketing también cambió. Se volvió más rápido, más medible, más eficiente. Aprendió a responder briefs con precisión, a optimizar campañas, a demostrar actividad. Y, sin darse cuenta, empezó a aceptar como válidas decisiones que antes habría cuestionado. Dejó de incomodar.
Y en muchas organizaciones, eso no fue un accidente. Fue conveniente. Un marketing que no cuestiona acelera. No retrasa decisiones, no abre discusiones incómodas, no obliga a redefinir problemas. Produce. Ejecuta. Cumple. Se vuelve fácil de gestionar.
En muchas empresas, el marketing no desapareció. Fue reducido a algo que no molesta. Y cuando dejas de molestar, dejas de importar. La consecuencia no es inmediata. Durante un tiempo, todo parece funcionar. Hay campañas, hay métricas, hay movimiento. Pero con los meses aparece algo más difícil de explicar: los resultados no escalan en la misma proporción que el esfuerzo. Cada iniciativa empieza desde cero, cada mensaje cambia con la siguiente urgencia, cada campaña responde a un problema distinto. Nada termina de acumular.
No es solo intuición. Los análisis de efectividad publicitaria del Institute of Practitioners in Advertising muestran que las marcas que crecen de forma sostenida lo hacen a partir de consistencia estratégica en el tiempo, no de picos de actividad. Sin una dirección clara, más comunicación no corrige el problema. A veces solo lo hace más visible.
En ese vacío, alguien más empieza a decidir. Ventas empuja el corto plazo, finanzas cuida el margen, producto optimiza funcionalidad. Todas decisiones necesarias. Pero no necesariamente conectadas. El negocio avanza, pero la marca se fragmenta.
Y cuando la marca se fragmenta, el problema ya no es el marketing. Es de dirección. Nadie está ordenando lo que importa. Se instala una lógica simple: cuestionar estorba, ejecutar resuelve. La pregunta incómoda desaparece. La respuesta rápida se premia. Más rápido. Más visible. Y, curiosamente, más aceptado.
Porque en muchas organizaciones, cuestionar dejó de ser valioso. Empezó a ser incómodo. Y lo incómodo, en culturas orientadas a la ejecución, se termina eliminando. No por decisión. Por repetición.
Durante años, el marketing ocupó un lugar distinto. No era la función que aparecía al final, sino la que ayudaba a ordenar el inicio. Definía el espacio de competencia, articulaba la propuesta de valor, construía coherencia entre lo que la empresa hacía y lo que decía. No ejecutaba decisiones. Las moldeaba.
Ese rol no desapareció. Se fue cediendo.
No en una reunión ni en un cambio de organigrama. En pequeñas concesiones acumuladas: aceptar un brief sin cuestionarlo, priorizar la urgencia sobre la consistencia, medir lo que es fácil en lugar de lo que importa.
Y entonces pasa algo más silencioso. El marketing sigue ahí, pero el negocio deja de usarlo para pensar. Las campañas continúan. La producción también. Pero las preguntas incómodas —las que obligan a elegir, a descartar, a sostener una posición— empiezan a desaparecer de la conversación.
Si te piden campañas sin cuestionar el problema, no es que no te escuchen. Es que ya saben que no vas a cuestionarlo. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser marketing. Empieza a ser cómo decides. Porque una organización puede seguir operando así durante bastante tiempo.
Lo que no puede es sostener claridad sobre lo que es, lo que promete y lo que quiere construir. Empieza a tomar decisiones incoherentes sin darse cuenta. Y, con el tiempo, deja de saber por qué compite… aunque siga compitiendo.
Y cuando eso pasa, ya no es un problema de comunicación. Es que la empresa dejó de entenderse a sí misma.
Soy Jorge Lazo Arias y cada miércoles encontrarás aquí información sobre marketing, a partir de analizar campañas buenas y también las no tan buenas… porque todo nos suma para conocer las novedades en el mundo del marketing y contar con aprendizajes que podemos aprovechar y aplicar en nuestro día a día.

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