Recordatorio para el futuro gobierno con base a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia Católica
La semana pasada vimos a la presidenta electa y su grupo cercano rezar el rosario, lo que implica que se adscriben a la religión católica como la mayoría de los peruanos. Efectivamente, esto no es en absoluto cuestionable, recordando la libertad de conciencia y de religión —individual como asociada— establecida en la Constitución Política del Perú.
A partir de esta premisa, el objetivo de esta nota es recordar los principales principios de la Doctrina Social de la Iglesia Católica (DSIC) reseñados por el papa León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas. Al respecto, la DSIC esta dirigida a las católicos y no católicos, para promover a todos los hombres y a todo el hombre. ¿Qué gobierno en el mundo podría estar en contra de este objetivo?
Los cuatro principios básicos de la DSIC son: procurar el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad (muy distinta a lo que entendemos en el Perú) y la justicia social. Sin embargo, subsisten muchas evidencias —por todos conocidas— desde el fujimorismo en los noventa, de los últimos años a partir de 2016 y recientes en este proceso de transición que desafortunadamente ponen en duda algunos de estos principios; por eso la necesidad de recordarlos. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
Desarrollo Humano integral
León XIV nos recuerda coadyuvar al desarrollo humano integral que se entiende como un proceso en el cual el crecimiento de las personas y de los pueblos abarca todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las generaciones venideras. Por tanto, para las personas como para las naciones, es una tarea y al mismo tiempo un derecho; requiere condiciones mínimas que hagan posible a cada persona y a cada pueblo madurar según la propia dignidad, sin ser mantenidos en dependencia o excluidos del acceso a los bienes necesarios.
La justicia exige el reconocimiento de los derechos sociales y de los derechos de los pueblos, e incluye la responsabilidad hacia los que vendrán después de nosotros. El desarrollo integral no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir. ¿Vamos en la misma dirección en el Perú y lo hará así el próximo gobierno?
Civilización ideal
León XIV anota que la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función. La capacidad de saber cuidarnos los unos a los otros es una dimensión importante de nuestro ser humano. Esta capacidad se aprende y se perfecciona con la experiencia.
Leer cuentos a un niño, acompañar a una persona anciana o hacer acogedor un espacio, son gestos que se viven en un ambiente familiar, pero que nos ayudan a aprender y a interiorizar la importancia del cuidado a nivel social y nos entrenan para reconocer al otro como persona digna de atención.
Principios de la DSIC
El Papa piensa que se debe volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social. Al proponer estas reflexiones desea ayudar a los fieles laicos y a todas las mujeres y los hombres de buena voluntad a redescubrir la propia tarea de hacer presente en lo cotidiano —en las relaciones familiares, en el trabajo y en la participación social— los principios de la DSIC.
Al mismo tiempo, quiere alentar a las academias y a las universidades a revitalizar tales principios, reconsiderándolos de forma que se adapten a los tiempos actuales y sean eficaces para afrontar la revolución digital.
Bien común
Desde el Concilio Vaticano II se h afirmado que el bien común consiste en el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y fácil de la propia perfección. Esta definición, según León XIV, nos ofrece una primera orientación valiosa, porque el bien común no se puede reducir a un simple listado de condiciones o de instituciones.
No coincide con la suma de méritos de los individuos, ni con la unión de sus intereses particulares; es un bien mayor, que pertenece a todos, y que sólo juntos podemos construir, acrecentar y custodiar. Se puede decir que la acción social alcanza su plenitud cuando tiende a este bien compartido, así como la acción moral de la persona encuentra cumplimiento en la elección del verdadero bien
Plus y proyecto compartido
Para la DSIC el bien común refleja que el todo es más que las partes y que precisamente por eso la mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad, a diferencia de lo que piensan los neoliberales. León XIV señala que es una ilusión pensar que sea suficiente con buscar el propio progreso para contribuir al bien de todos, sin tener que preocuparse realmente de los demás. Esta visión ignora el valor propio y específico del bien común; este es fruto de la interdependencia que provoca una red de bien social que se difunde e incide en las personas.
El bien común es un plus, resultado de la interacción y de la influencia recíproca que une diferentes acciones, iniciativas, esfuerzos y decisiones. Si se sumaran simplemente los bienes individuales, no se podría explicar la existencia de este plus que los supera y al mismo tiempo los enriquece.
Proyecto compartido
Trabajar juntos en pro del bien de todos significa tener un proyecto compartido, señala el Papa. Es evidente que entre las diversas personas hay muchas diferencias ideológicas y pragmáticas, hay variedad de intereses y frecuentes contrastes, pero eso no significa que sea imposible un proceso de diálogo para configurar una base de consenso que permita constituir un proyecto para todos y caminar juntos.
Asimismo, corresponde al Estado garantizar la cohesión, la unidad y una justa organización de la sociedad civil, para que el bien común realmente pueda ser procurado con la contribución de todos. Esto significa que el poder público tiene la delicada tarea de armonizar con justicia los diversos intereses en juego, buscando el equilibrio entre bienes particulares y bienes de conjunto, sin dejar atrás a los más débiles. ¿Con sus antecedentes, esto se podría llevar a cabo en el futuro gobierno? ¿Se puede plantear simplemente un borrón de todo lo ocurrido e iniciar una cuenta nueva?
Destino universal de los bienes
Este principio, según León XIV, nos recuerda sobre todo que los bienes de la tierra —el suelo, el agua, el aire y los recursos naturales— han sido dados por Dios a toda la familia humana para sostener la vida de todos, hoy y en las futuras generaciones, y que toda persona tiene un derecho originario al uso de dichos bienes. Sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. En consecuencia, no es conforme usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos.
Se recuerda que existe un derecho a la propiedad privada que tiene su sentido y su función propia, pero siempre subordinado al destino universal de los bienes. Dicha subordinación es la regla de oro del comportamiento social y el primer principio de todo el ordenamiento ético-social. La tradición de la Iglesia ha visto en la propiedad un medio para custodiar y administrar los bienes de manera que puedan servir mejor al bien común. ¿Esto ocurre y ocurrirá en el país?
Subsidiariedad
La DSIC llama subsidiariedad al principio según el cual aquello que pueden hacer las personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios no debe ser absorbido por instancias superiores. Las instituciones de nivel superior deben reconocer, proteger y promover la libertad y la creatividad de los niveles inferiores, coordinando sus aportaciones para que cooperen eficazmente al bien común. A propósito, nada que ver con lo que se entiende en el Perú donde se limita el rol empresarial del Estado, que existe en la mayoría de las economías del mundo, desde EE.UU a la China.
Este principio alienta a superar toda forma de gestión paternalista o asistencialista de la vida social, promoviendo un estilo de corresponsabilidad: un Estado que valora la iniciativa de los ciudadanos y una sociedad civil capaz de activar energías al servicio del bien común. En una lógica de subsidiariedad, las decisiones se toman al nivel más cercano a las personas involucradas, valorando la vida asociativa de modo que el pueblo no se encuentre frente a decisiones ya tomadas, sino que pueda entrar en su camino de construcción. ¿Sería esto posible en un gobierno autoritario?
Solidaridad
Según la DSIC la solidaridad es el reconocimiento concreto de que el destino de cada uno está ligado al destino de todos; realmente nadie se salva solo, anota León XIV. La solidaridad nace cuando se decide no permanecer indiferentes frente a aquello que le sucede a nuestro prójimo y transformamos vínculos inevitables —económicos, culturales y tecnológicos— en itinerarios de intercambio, de cooperación y de cuidado mutuo, aprendiendo a pensar y actuar en términos de comunidad.
La Iglesia ha insistido en el hecho de que la solidaridad es un principio y una virtud. En cuanto principio, expresa el orden objetivo de las relaciones entre personas, grupos y pueblos, y alude a la conciencia de una interdependencia, por lo que el bien de cada uno pasa a través del bien de los demás. En cuanto virtud, requiere en cambio una determinación firme y perseverante de trabajar por el bien común, con una atención particular a los más débiles.
Justicia Social
La DSIC recuerda que toda institución está llamada a servir a la persona humana y a su dignidad. La justicia social se reconoce por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana, sin que ninguno quede atrás. En esta perspectiva, la justicia social exige mirar a las personas y a los pueblos comenzando por los que son más vulnerables: los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales.
La idea de justicia social, según León XIV, ayuda a reconocer que las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente. En esta perspectiva, la justicia no concierne sólo a la distribución equitativa de los bienes o a la corrección de las injusticias, sino que asume una dimensión reparadora.
Ella mira a recomponer los vínculos rotos y a reintegrar al que ha sido excluido, teniendo en cuenta las heridas provocadas por las injusticias. Esto puede significar restituir dignidad y voz a quienes han sido ignorados, favorecer procesos de sanación de la memoria colectiva, combatir leyes y prácticas discriminatorias, y sostener concretamente a quienes cargan aún con las consecuencias de agravios sufridos en el pasado. ¿Se ha hecho esto y se hará en el próximo gobierno?

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