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Una familia compuesta por dos adultos y tres niños ingresa con mucho cuidado a un supermercado abandonado para abastecerse de alimentos o algo que le pueda servir en su condición de sobreviviente. Ninguno de sus integrantes habla, solo se comunican a través de señas. Poco después nos vamos enterando de una catástrofe post apocalíptica asociada a la invasión de extrañas criaturas voraces que se han apoderado de la Tierra y que son muy sensibles a los sonidos (los periódicos regados por el suelo explican la hecatombe global). Por ello, la vida se decide a partir de un susurro inocente o del ruido que genera la pisada de un pie descalzo. Sin embargo, todo se hace más peligroso cuando los niños y hasta un recién nacido desean expresarse con naturalidad (correr, gritar, reír, llorar) y no entienden la complejidad de la situación. La muerte acecha y está por todas partes. Lo vivido en el supermercado solo es un capítulo de tensión habitual. ¿Debemos seguir luchando a pesar de tener todo en contra o resignarnos a morir violentamente en familia?

Aunque Un lugar en silencio nos pueda llevar a plantear una interrogante como la anterior, su valor cinematográfico escapa a una cuestión argumental, de resolución de conflictos o de innovación del género. El trabajo del director estadounidense John Krasinski (también protagonista del film) se define desde la perspectiva de una exploración continua del componente sonoro, paradójicamente, a pesar de la ínfima cantidad de diálogos. Recordemos que en Un lugar en silencio nadie puede hablar alto porque corre riesgos mortales. Entonces, Krasinski acude a otros recursos que suplantan la fuerza de lenguaje oral enfocando sus habilidades narrativas en dirección a primeros planos de rostros que denotan angustia, dolor y compasión, siempre en una línea de supervivencia que guarda cierto aire esperanzador. La locación principal (una casa en medio del campo con granero y sótano incluidos) también le dan un aire de desamparo que remite a producciones como Los niños del maíz (1984) donde se reducen las posibilidades de salir con vida.

Cuando más parece que la falta de interacción hablada va agarrando un camino que atosiga a los protagonistas y va desesperando a los espectadores, Un lugar en silencio se torna más potente. Cada situación nos lleva por una senda sin vuelta de la que no sabemos cómo saldrán librados los atormentados personajes (el guión, por más que estemos ante una película que combina terror y ciencia ficción, resuelve con sorpresa, practicidad y verosimilitud muchas de las acciones más complicadas).

Uno de los pocos aspectos que podemos reprochar a la película es el abuso de la música que sustituye a la palabra hablada a modo de justificación melodramática. En segundos, pasamos de apreciar y “vivir” un momento de tensión extrema hacia ser testigos de actos que cargan ciertas dosis de sentimentalismo que incluso puede llegar a ruborizar. Con las imágenes basta y se concreta el objetivo, la música choca y hasta fastidia. Sobre las actuaciones, son los padres (Krasinski y Emily Blunt) los que llevan el mayor peso de la historia, siempre de forma efectiva. Quizá el rol del hijo (Noah Jupe) se quede medio desdibujado para darle mayor espacio al de la hija mayor (Millicent Simmonds), quien será determinante en la trama. En realidad, muy poco que reclamarle al director. El resto de la película está muy bien enlazada.

En tiempos donde, lamentablemente, los cines se están convirtiendo en nuevos espacios de bullicio gracias a los desesperantes e irrespetuosos ruidos que producen los sorbos de gaseosa, las mordidas de canchita o los ringtones de los smartphones, Un lugar en silencio invita al espectador hacia un acto de resistencia para que acompañe su metraje y luego lo haga quedar en deuda por su prolijo ejercicio audiovisual que se desmarca de pretensiones antojadas. Al contrario, la sencillez y la naturalidad son sus mejores cartas de presentación.

 

 

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