La nueva Agile Practice Guide: cuando la agilidad se convierte en una capacidad estratégica
Por: Jhonnatan Horna. Profesor de ESAN Graduate School of Business.
Hace veinticinco años, el Manifiesto Ágil marcó un antes y un después en la forma de desarrollar productos y gestionar proyectos. Desde entonces, la agilidad transformó la manera en que los equipos colaboran, entregan valor y responden al cambio. Sin embargo, después de leer la segunda edición de la Agile Practice Guide, publicada por el Project Management Institute (PMI®) en colaboración con Agile Alliance, tengo la impresión de que estamos presenciando una segunda gran evolución de Agile. Esta vez, el cambio ya no gira alrededor de nuevas prácticas o marcos de trabajo, sino de una transformación mucho más profunda: la agilidad deja de ser una metodología para convertirse en una capacidad estratégica de toda la organización.
Esta nueva edición no reemplaza el conocimiento construido durante los últimos años; por el contrario, lo amplía y lo adapta a un entorno donde la velocidad del cambio, la inteligencia artificial, los productos digitales, la sostenibilidad y las nuevas formas de trabajo obligan a repensar cómo las organizaciones generan valor. El mensaje que atraviesa toda la guía es contundente: la agilidad ya no puede limitarse a los equipos de proyectos o de desarrollo de software. Hoy debe conectar la estrategia con la ejecución, integrar portafolios, productos y operaciones, y convertirse en una capacidad organizacional permanente.
El verdadero cambio no está en las prácticas, sino en la perspectiva
Cuando se compara la primera edición de la guía, publicada en 2017, con esta nueva versión, resulta evidente que no estamos frente a una simple actualización de contenidos. En realidad, estamos frente a una evolución en la forma de entender la gestión.
La primera edición desempeñó un papel fundamental al acercar a muchas organizaciones a las formas ágiles e híbridas de trabajo. Explicó cómo seleccionar ciclos de vida, gestionar iteraciones, fortalecer equipos multifuncionales, ejercer un liderazgo de servicio y combinar enfoques predictivos con enfoques adaptativos. En aquel momento, el gran desafío consistía en ayudar a los directores de proyectos a incorporar prácticas ágiles dentro de iniciativas específicas.
La segunda edición cambia completamente el foco. La conversación deja de centrarse únicamente en cómo un equipo entrega un proyecto para preguntarse cómo una organización completa puede adaptarse continuamente, reasignar recursos con rapidez y generar valor de manera sostenida. Ya no hablamos solamente de proyectos; hablamos de productos, portafolios, resultados y beneficios. La propia guía describe una conexión mucho más amplia entre estrategia, portafolio, producto, entrega, resultados y beneficios, reflejando el tránsito desde la agilidad de proyectos hacia la agilidad empresarial.
A mi juicio, este cambio de perspectiva constituye el aporte más importante de la nueva publicación. La agilidad deja de medirse por la cantidad de sprints ejecutados o por la velocidad de un equipo. Ahora comienza a evaluarse por la capacidad de la organización para responder al entorno, aprender continuamente y orientar sus recursos hacia aquello que genera mayor valor.
La agilidad empresarial redefine la forma de generar valor
Otro aspecto que considero especialmente relevante es la incorporación de temas que hace apenas algunos años ocupaban un lugar secundario dentro de la conversación ágil. La guía integra conceptos como inteligencia artificial, IA generativa, gestión de productos, Lean Portfolio Management, Design Thinking, métricas de flujo, métricas DORA, OKR, seguridad psicológica, trabajo híbrido, sostenibilidad y diseño ético. Todos ellos aparecen como componentes de un mismo propósito: fortalecer la capacidad de las organizaciones para adaptarse de forma continua y entregar mejores resultados.
Esta evolución demuestra que la agilidad ya no pertenece exclusivamente al ámbito del desarrollo de software. Hoy constituye una competencia transversal que atraviesa prácticamente todas las funciones organizacionales. En consecuencia, el reto ya no consiste únicamente en aplicar ceremonias ágiles o adoptar un marco de trabajo determinado. El verdadero desafío consiste en desarrollar organizaciones capaces de aprender con rapidez, experimentar de manera controlada y tomar decisiones basadas en el valor.
Me parece particularmente acertado que la guía también incorpore la inteligencia artificial dentro de este nuevo escenario. La IA no se presenta como una tecnología aislada, sino como una capacidad que puede potenciar la toma de decisiones, mejorar la colaboración, optimizar procesos y fortalecer la entrega continua de valor. De esta forma, la conversación sobre agilidad se alinea con las transformaciones que actualmente están experimentando las organizaciones.
La evolución de la PMO hacia una organización orientada al valor
Uno de los cambios que probablemente generará mayor discusión es la evolución del papel de la PMO. Durante muchos años estas oficinas fueron concebidas principalmente como estructuras encargadas de estandarizar procesos, controlar proyectos y consolidar información para la dirección.
Sin embargo, la nueva guía propone una visión más amplia. En lugar de limitarse al soporte de proyectos, introduce el concepto de xMO, una evolución que busca habilitar la ejecución de la estrategia, facilitar el flujo de valor, apoyar la transformación organizacional y promover una gobernanza más adaptativa. No se trata de reemplazar a la PMO, sino de ampliar su propósito y responder a las nuevas necesidades de organizaciones que operan en entornos cada vez más dinámicos.
Considero que este es un mensaje especialmente importante. Con frecuencia se plantea el debate entre PMO y xMO como si fueran modelos opuestos. En realidad, ambos pueden coexistir y complementarse. Mientras la PMO continúa aportando disciplina, gobernanza y consistencia, la xMO incorpora una visión más estratégica orientada a conectar iniciativas, productos, capacidades organizacionales y resultados de negocio. En otras palabras, la conversación deja de centrarse en controlar proyectos para enfocarse en orquestar la generación de valor.
La siguiente evolución depende del liderazgo
Después de revisar esta nueva edición, tengo la impresión de que Agile está entrando en una etapa distinta a la que conocimos durante las dos últimas décadas. Ya no basta con formar equipos ágiles o implementar marcos de trabajo. Ahora las organizaciones necesitan desarrollar capacidades que les permitan aprender, adaptarse, innovar y reasignar recursos de manera continua.
Esto implica un cambio profundo en la forma de liderar. Significa pasar de gestionar proyectos aislados a gestionar sistemas organizacionales capaces de responder rápidamente a los cambios del entorno. Significa entender que la agilidad no pertenece únicamente a un área de tecnología ni a un grupo de equipos de desarrollo. Pertenece a toda la organización.
La segunda edición de la Agile Practice Guide representa mucho más que una actualización metodológica. Refleja la madurez que ha alcanzado la agilidad después de veinticinco años de evolución y reconoce que las organizaciones enfrentan desafíos muy diferentes a los de hace una década.
Hoy la conversación gira alrededor de inteligencia artificial, productos digitales, sostenibilidad, liderazgo adaptativo, métricas orientadas a resultados y transformación empresarial. En ese contexto, la verdadera ventaja competitiva ya no estará en quién implemente más prácticas ágiles, sino en quién logre convertir la agilidad en una capacidad estratégica que conecte personas, estrategia, portafolios, productos y ejecución.
Porque, al final, la agilidad nunca tuvo como propósito hacer más proyectos en menos tiempo. Su verdadero propósito siempre fue ayudar a las organizaciones a crear más valor en un mundo que cambia cada vez más rápido. Y, en mi opinión, esa seguirá siendo la esencia de Agile durante los próximos veinticinco años.

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