¿El fin de las encuestadoras? La nueva era de los pronósticos electorales
Por: Sandor Lukacs de Pereny, Ph.D. Profesor de ESAN Graduate School of Business.
La noche del 7 de junio de 2026 no quedará grabada en la memoria política peruana por la nitidez de un triunfo, sino por la angustia de un empate. Apenas cerraron las urnas, el flash electoral de Ipsos coronó a Keiko Fujimori con 50.7% frente al 49.3% de Roberto Sánchez. Horas más tarde, el conteo rápido de la propia firma dio un vuelco y entregó la delantera a Sánchez con 50.3%. Ambas cifras cabían holgadamente dentro de un margen de error de 1.9 puntos, de modo que ninguna autorizaba a proclamar un ganador. El país entero asistió, en directo, al espectáculo poco frecuente de una ciencia confesando sus propios límites.
Lo que siguió no hizo sino aguzar la sospecha. Durante días, el conteo oficial de la ONPE se meció como un péndulo. Sánchez llegó a encabezar con cifras próximas al 50.1%, hasta que el voto del extranjero y de las zonas rurales terminó por inclinar la balanza hacia Fujimori. Al cierre de este artículo, la virtual ganadora reunía 50.09% contra 49.91% con el 99% de las actas procesadas: una distancia de apenas treinta y tres mil votos. Alfredo Torres, presidente de Ipsos, salió una y otra vez a recordar que todo permanecía dentro del margen estadístico, y deslizó que en la mayoría de sus escenarios internos ganaba Fujimori. Su célebre matiz, “yo no soy ONPE ni JNE”, buscaba marcar distancia, pero llegó tarde. A título personal, la escena me devolvió aquella sentencia de Harry Truman, presidente de los Estados Unidos: “la única encuesta que importa es la del día de las elecciones”.
Para entonces, el Jurado Electoral Especial de Lima Oeste 2 ya había ordenado fiscalizar a la encuestadora.
Balance con alcance
Hagamos justicia. En términos estrictamente numéricos y metodológicos, Ipsos difícilmente se equivocó. En la primera vuelta, una contienda atomizada entre treinta y cinco candidatos, la firma acertó al anticipar el pase de Sánchez al balotaje. Su competidora Datum, en cambio, admitió después una distorsión al colocar a Rafael López Aliaga en un segundo lugar que jamás ocurrió.
Y, sin embargo, el problema de fondo de las encuestadoras peruanas tradicionales, por llamarlas de algún modo, no es solo de precisión: es de credibilidad, su capital más preciado y más frágil. Cuando un candidato derrotado acusa en público a una firma de integrar una supuesta mafia internacional, cuando las propias autoridades reconocen que las fallas logísticas de la ONPE mellaron la confianza del electorado, y cuando amplios sectores sospechan que los números se acomodan al cliente de turno, la duda deja de ser anécdota y se vuelve estructural. Dicho de otro modo, la encuestadora pasa de árbitro a sospechosa ante los ojos del ciudadano de a pie. Y es en ese vacío de confianza donde ha brotado algo nuevo, algo que, sin disimulo, acaso ha marcado el fin de una era.
Encuestadores freelance y la democratización de los pronósticos
A lo largo de esta campaña, analistas independientes, estadísticos aficionados y plataformas ciudadanas difundieron proyecciones sin vínculos contractuales visibles, sin auspiciadores y sin agenda comercial aparente (salvo, claro, quienes pedían una colaboración vía Yape). Portales como “MiPresi” y “Condor” procesaron las actas de la ONPE con algoritmos e inteligencia artificial, refrescaban las tendencias cada media hora y pusieron al alcance de cualquiera lo que antes era privilegio de unos pocos. Y sí: muchos de nosotros recibimos encuestas “corporativas” o audios de militantes por WhatsApp que narraban los pormenores del proceso pese a la veda de las autoridades. Otros recibimos mensajes con la imagen de una naranja y un sombrero, acompañada de cifras. Esas filtraciones de antaño han dado paso a información en tiempo real, accesible desde la palma de la mano. Lo más revelador es un dato que la propia Datum concede: las redes sociales son hoy la principal fuente de información electoral de los peruanos, por encima de la televisión y de los diarios. Los críticos más severos de las encuestadoras tradicionales hablan, sin rodeos, del fin de un monopolio sobre la verdad electoral que hoy luce resquebrajado.
Cuando más no necesariamente es mejor: separando el trigo de la paja
Pero esta democratización del pronóstico, que ofrece acceso libre e inmediatez, es también un arma de doble filo. No toda proyección anónima garantiza rigor, y algunas no esconden su sesgo: la misma red que difunde análisis honestos propaga datos falsos, rumores y fraudes con o sin sustento. La diferencia está en que la credibilidad ha dejado, poco a poco, de depender de la encuestadora que estampa su firma al pie de la cifra. Separar el trigo de la paja recaerá ahora en el criterio del ciudadano que recibe la avalancha informativa. Esta nueva credibilidad no se hereda ni se compra: se gana acierto tras acierto, a la vista de todos, y sin la maquinaria, el capital humano, las relaciones ni la venia de los grupos de interés que durante décadas blindaron a las grandes firmas. Por eso hablo del comienzo de una nueva era.
Una elección con lección
Quizá lo anteriormente comentado sea la lección más incómoda que nos deja este junio de 2026. Las encuestadoras tradicionales no han muerto y no se trata de desear su desaparición en ninguna circunstancia; mi análisis no va por allí. Pero insisto en que deberán reinventarse, ya que las circunstancias las han despojado del aura de oráculo que alguna vez tuvieron. Les toca por consiguiente hallar nuevas rutas para reparar su credibilidad y sus “divergencias” metodológicas. Vaticino que, paralelamente y de manera gradual, en su lugar florecerá una multitud de voces que también nos prometerán transparencia y una exactitud mayor que la de una industria del pronóstico que se creía consolidada. De estas, muchas probablemente serán regidas por un sesgo político o ideológico o simplemente calibrarán su metodología al cliente de paso. Independientemente de ello, reitero que el reto de la democracia peruana ya no será creerle a una casa encuestadora o al freelancer emergente, sino aprender a pensar por cuenta propia entre mil fuentes que compiten por nuestra atención y, lo más decisivo, por nuestra intención de voto.

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